

Julie Bergadá
En un viaje con amigas, volvíamos de Naples muy divertidas con el auto alquilado, los cambios automáticos , y hasta sacando las manos (y alguna que otra pierna) por las ventanillas. Por supuesto que apareció un policía a detenernos y pedirnos los papeles. Yo tenía un registro de conducir con una foto tan, tan fea que daba risa. No es coquetería de mujer. Lo juro. Y si no, vean: se la di al agente mientras le decía: Ok, I ll give it to you, but please don t laugh (se la doy, pero por favor no se ría). La tomó circunspecto, serio, mientras esperábamos mudas, preguntándonos si terminaríamos como en las películas norteamericanas con un oficial leyéndonos los derechos y explicándonos que todo lo que dijéramos podía ser usado en nuestra contra. Pero no. Bastó que viera mi cara en la foto para que se le escapara una risita por el costado de la boca. Fue un gesto cómplice y liberador. Mujer al fin, la coquetería nos salvó.
Fotógrafa especializada en viajes, paisajes y naturaleza
Fotógrafa especializada en viajes, paisajes y naturaleza
Angeles Novillo
Almada Viajando por Sumatra conocí unos alemanes que venían de participar como voluntarios en el Centro de Rehabilitación para Orangutanes Bohorok. Sus historias me fascinaban y me propuse participar yo también. Las oficinas eran militares. Con total descaro me presenté como voluntaria confirmada. La reacción fue negativa, ellos no habían recibido ninguna información al respecto. Unas pocas palabras, mezcla de indignación y desilusión junto con alguna lágrima me abrieron las puertas de un mundo del que participé por ocho días, antes de que todo cambiara por el sonido de ametralladoras de los guerrilleros de la Banda Ache.
Hizo 36.812 km por Africa, tuvo un restaurante en Tailandia y escribe; www.angelesnovillo.blogspot.com
Hizo 36.812 km por Africa, tuvo un restaurante en Tailandia y escribe; www.angelesnovillo.blogspot.com
Sabrina Bini
Puerto Pirámides, por el azul del mar, el ocre de los acantilados o el silencio del viento, ocupa un lugar especial en mi corazón. Las últimas diez veces estuve allí por trabajo, llevando grupos de turistas, pero en noviembre me escapé cinco días sola atraída por su vida marina y por las reinas entre todos sus habitantes: las ballenas. Y en la playa pude ver que una ballena levantaba las aletas y daba una vuelta. La miré, la contemplé desde la costa y en un momento ya no entendía si yo la seguía a ella o ella me acompañaba a mí. Me metí en el agua helada, la vi a unos 50 metros, me acerqué más... El espectáculo continuó así todo el día y los siguientes, y yo no podía dejar de admirarlo. No sé si esto tiene que ver con el hecho de ser viajante mujer o si le pasaría lo mismo a cualquier otro. Pero sí pienso que las mujeres somos especiales, que escuchamos el entorno y así todo se vuelve sencillamente milagroso y pacífico...
Italiana, hace cuatro años vive en la Argentina, es licenciada en Derecho Internacional y consultora en turismo sustentable; www.360responsibletourism.com
Italiana, hace cuatro años vive en la Argentina, es licenciada en Derecho Internacional y consultora en turismo sustentable; www.360responsibletourism.com
Ana Schlimovich
En India, la soledad es un tesoro difícil de obtener. Y el hecho de ser mujer no parece ayudar demasiado, menos cuando se trata de tomar un baño en el río o en el mar. Primero hay que adaptarse a la costumbre de bañarse con ropa, el bikini es una prenda inútil y hasta una ofensa, pero eso es irrelevante si lo comparamos con el problema de querer disfrutar el baño sola o con otras mujeres. Cuando una llega a un lugar está desolado, piensa: ¡Por fin! Pero a los diez minutos ya se distinguen algunas cabecitas a lo lejos, 5 minutos más y el grupo de muchachos se acomoda con disimulo a unos 15 metros, al ratito se acercan otro tramo y se quedan observando fijamente sin recaudos, y al momento siguiente, una queda rodeada y es cuando hay que armar el bolsito y abandonar el sitio. Si bien son sólo jóvenes curiosos que probablemente no hagan ningún mal, la situación es tan incómoda como imposible de evitar. Salvo que una esté acompañada de un hombre, claro.
Fotógrafa de viajes y diseñadora de indumentaria
Fotógrafa de viajes y diseñadora de indumentaria
Narda Lepes
En un viaje por el sur de Marruecos, donde no están tan acostumbrados a tratar con turistas, como en Marrakech o Rabat, traté de vestirme de la manera más discreta posible. Pollera larga, saquito para estar más tapada a pesar del calor, pero de todas maneras me sentía mirada permanentemente, al borde de la incomodidad. Me preguntaba qué pasaba, porque no era la ropa, sino otra cosa lo que les chocaba. Hasta que me di cuenta de que el problema era el pelo. Tengo el cabello largo, con rulos, y lo llevaba siempre suelto. Cuando decidí atármelo, dejaron de mirarme. Allí todas las mujeres, tanto árabes como bereberes, llevan la cabeza cubierta. Cuando estuve en el desierto hasta usé pañuelo, mucho más cómodo contra el sol, el clima seco y las miradas. En estos lugares de costumbres diferentes si uno no decodifica qué pasa se asusta y eso es aún peor. Cuando te agarran, por ejemplo en los mercados, lo mejor es no hacer demasiado contacto visual, responder con humor y seguir tu camino, para evitar que se enojen.
Chef, conduce el programa 180° con Narda Lepes, en el gourmet.com
Chef, conduce el programa 180° con Narda Lepes, en el gourmet.com
Astrid Perkins
Viajé sola a Chicago por trabajo con un gigantesco stand portátil de 45 kilos, además de muchísimo material gráfico y regalos. Mi equipaje se conformaba de cinco bultos de tamaño considerable y bastante peso. Cargué todo en un carrito y me dirigí en busca de una van hacia el hotel. Me costaba mucho maniobrar con todo eso, mientras en la empresa de vans me miraban cuatro grandotes inmóviles. Entonces grité: "En la Argentina por lo menos todavía quedan caballeros y alguno me ayudaría!" Fue milagroso: inmediatamente dos de ellos se hicieron cargo de mi equipaje. En otro viaje, sola y como mochilera por Europa, administré mal el dinero y me quedé casi en cero. No tenía tarjeta de crédito así que debía llegar de Austria a París para que una amiga me prestara unos dólares. En 48 horas había consumido sólo un chocolate y una banana. En el tren de regreso un chico austríaco se sentó frente a mí. Cruzamos cuatro o cinco palabras: ¿Adónde vas? ¿De dónde sos? Nada más. Pero en una parada se bajó del tren y compró un sándwich y una gaseosa para cada uno. No le confesé el enorme alivio que fue para el hambre que tenía. Unas paradas más adelante se bajó y nunca más volví a verlo
Es directora de la organización Destino Argentina
Es directora de la organización Destino Argentina
Andrea Ventura
Viajar sola por algunos países árabes requiere ciertas consideraciones. No porque sean sitios peligrosos, sino porque las costumbres son diferentes. De paseo por la Medina, el gran mercado de la capital tunecina, entré en un pequeño local atraída por una hermosa tetera plateada. El vendedor me invitó a salir a la noche ofreciéndose como guía, me propuso subir a un altillo con buena vista de la ciudad y hasta rompió con la distancia prudencial entre dos personas que no se conocen agarrándome del brazo. Insistió más de la cuenta, hasta el punto de impedirme salir del negocio. Me fui corriendo, muy asustada, y sin la tetera. Lo mejor si no se piensa comprar es no engancharse en charlas para evitar situaciones incómodas.
Subeditora del suplemento de Turismo de LA NACION
Subeditora del suplemento de Turismo de LA NACION
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