Carta a mi hija: el día que me bloqueó

Ninguna madre llora por una red social. Llora cuando descubre que hay partes de la vida de su hija en las que ya no entra.

Por Agustina Taquini

4 de junio de 2026, 19:10

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Sobre el crecimiento, los silencios y los cambios en la adolescencia: una madre escribe lo que siente cuando su hija empieza a necesitar más espacio. - Getty

Son las doce y media de la noche de un domingo. No buscás nada en particular. Solo entrás a ver su última historia, ese gesto chiquito que hacés sin pensar, como cuando pasás por el cuarto de tu hija dormida y le acomodás la sábana aunque no haga falta. Pero esta vez la historia no está.

Lo intentás de nuevo. No es que no subió nada. Es que ya no podés verla.

Tu hija te bloqueó.

Y por más que parezca un asunto de redes, lo que se rompe esa noche no tiene mucho que ver con una aplicación. Viene de mucho antes que cualquier teléfono.

Duele sentir que alguien que fue parte de cada momento de tu vida ahora necesita espacios donde vos ya no entrás.

Si una madre pudiera poner en palabras todo lo que siente en ese momento, tal vez escribiría algo así.

Hija:

Te escribo desde el otro lado de la puerta de tu cuarto. Esa que antes quedaba abierta casi todo el día y que ahora está cerrada, con una música que no llego a reconocer y una luz que se escapa por debajo para avisarme que estás ahí, despierta, viviendo cosas que ya no siempre me contás.

A veces pienso en cómo era antes. Corrías a buscarme para contarme tu mundo. Un dibujo recién hecho, una piedra encontrada en la plaza, una anécdota eterna sobre algo del cole. Todo era importante. Y yo tenía el privilegio de enterarme primero. Me buscabas para jugar, para cocinar juntas, para que te ayudara a elegir qué ponerte. Te gustaba quedarte cerca de mí mientras me arreglaba y participar de cualquier cosa con tal de estar juntas.

Y ahora ese mundo se volvió mucho más grande. Tiene amigas, secretos, canciones que no conozco, palabras y códigos que no entiendo, conversaciones que ya no pasan por mí.

Y aunque me emociona verte crecer, también voy a decir algo que a veces las mamás callamos porque sentimos que no deberíamos decirlo.

Hay días en los que te extraño incluso cuando estás en casa.

Extraño algunas versiones tuyas que ya quedaron atrás. No porque quiera recuperarlas, sino porque fui muy feliz mientras existieron.

Sé que es parte de la vida. Sé que crecer implica separarse un poco. Y aunque a veces me cueste, también sé que no podría ser de otra manera.

Durante mucho tiempo confundí distancia con pérdida. Pero un día entendí algo. No estabas cerrándome la puerta a mí.

Estabas intentando abrir la tuya.

Estabas haciendo el trabajo enorme y valiente de descubrir quién sos cuando mamá no está mirando. Y eso, aunque duela, es exactamente lo que tenés que hacer.

Porque nadie encuentra su propia voz mientras sigue hablando con las palabras de otra persona. Quizás crecer sea justamente eso: animarse a buscar las propias.

Por eso intento recordar algo importante: ya no necesito ser el centro de tu mundo. Lo que espero seguir siendo es tu lugar seguro. Ese lugar al que podés volver cuando quieras.

Quiero que sepas que no necesito saberlo todo para amarte. No necesito ver todas tus historias. No necesito tener acceso a cada conversación. No necesito entrar en cada rincón de tu vida.

Hay algo que me gustaría que nunca olvides.

Que cuando la vida te pase, con todo lo que trae, lo difícil y lo grandioso, lo que duele y lo que se celebra, nunca dudes de que acá hay un lugar para vos.

Porque mi puerta sigue abierta.

Siempre.

Y no porque esté esperando que vuelvas a ser la chiquita que fuiste. Sino porque estoy aprendiendo a conocer a la mujer en la que te estás convirtiendo. Y es un privilegio acompañarte mientras lo hacés.

Te amo.

Mamá.

Si llegaste hasta acá y sentiste que esta carta también podrías haberla escrito vos, quiero decirte algo.

Lo que sentís no significa que estés haciendo algo mal. Habla de un momento que atraviesan muchas madres. La adolescencia de una hija también abre una etapa nueva en la maternidad. Un tiempo lleno de orgullo, pero también de pequeños duelos silenciosos de los que casi nadie habla. Porque crecer no solo les pasa a ellas. También les pasa a sus madres.

Una de las cosas más difíciles de la maternidad es aceptar que la cercanía cambia de forma. Que un día dejás de enterarte primero.

Eso cuesta. Y es normal que cueste.

Pero que cueste no significa que la estés perdiendo. Solo vale la pena prestar un poco más de atención si notás que esa distancia ya no es solo con vos. Si la ves más apagada de lo habitual, si dejó de interesarse por cosas que antes disfrutaba o si algo en su manera de estar te preocupa de forma persistente. En esos casos, conversar con un profesional puede ser una forma de cuidado. Pero la mayor parte del tiempo, lo que parece alejamiento es simplemente una hija haciendo espacio para crecer.

Y quizás esta sea una de las verdades más difíciles de aceptar: pasaste años enseñándole a tu hija a tener voz propia.

El día que esa voz empieza a decir "dejame sola un rato", duele.

Pero también es la prueba de que te escuchó.

Y quizás en este momento haya algo más para descubrir. Porque a veces no extrañás solamente a tu hija más chica. También extrañás una versión tuya. La mamá que parecía indispensable. La que, sin darse cuenta, también empieza a reordenarse cuando su hija crece.

Porque mientras tu hija empieza a llenar su vida de amigas, proyectos, planes y sueños propios, también empezás a preguntarte qué lugares quedaron vacíos en la tuya mientras estabas ocupada acompañándola en sus primeros años.

Quizás sea momento de volver a llamar a esa amiga con la que siempre decís que te tenés que juntar. De recuperar algo que te daba placer y fue quedando en pausa sin que te dieras cuenta. De abrir un espacio propio, aunque sea chiquito, dentro de días que casi siempre están ocupados por otros.

Porque criar también es aprender a abrir la mano de a poco. Y cuando una hija empieza a mirar más el mundo y un poco menos a su madre, a veces no es un final: es un movimiento que invita a volver a habitarse.

 

Agustina Taquini

Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.