Es jueves a la noche y la casa quedó en silencio. Tenés un regalo a medio envolver sobre la mesada de la cocina. Doblás el papel, peleás con la cinta y después cruzás hasta tu cuarto para esconder el paquete arriba del placard. Antes de apagar la luz pensás algo que probablemente no le digas a nadie: ojalá se acuerde de esto.
Probablemente no se acuerde. De estos años va a guardar mucho menos de lo que imaginás. Puede olvidar unas vacaciones enteras y conservar, en cambio, la sensación de haberse quedado dormido en el auto mientras alguien lo llevaba a casa. Puede no recordar qué recibió en un cumpleaños y guardar para siempre una mano que lo buscó entre mucha gente. Pero lo importante no es lo que tu hijo va a olvidar. La pregunta es qué queda de nosotras en nuestros hijos cuando ya no pueden recordar lo que hicimos por ellos.
Cuando un hijo encuentra exactamente eso que venía pidiendo desde hacía semanas, no recibe solamente un regalo. Vive también otra experiencia, menos visible. Alguien lo escuchó, se acordó de un comentario dicho al pasar, salió a buscar eso que tanto quería, esperó hasta que se durmiera y escondió un paquete en un placard. El regalo es el objeto; lo otro es más difícil de envolver. Ser querido también es descubrir que uno existe en la mente de otro incluso cuando no está ahí.
Y esa experiencia se suma a tantas otras que tampoco va a recordar: la noche en que tuvo miedo y te quedaste hasta que volvió a dormirse, la vez que le dijiste que no y no te fuiste de su enojo, aquella en que te equivocaste y le pediste perdón. Hay cuidados que se repiten tanto que dejan de ser escenas y se convierten en una certeza: cuando algo importa, hay alguien del otro lado. Quizás por eso muchas de las cosas que mejor hacen su trabajo en una infancia son justamente las que menos se recuerdan: cuando estuvieron lo suficiente, dejaron de sentirse extraordinarias y pasaron a sentirse esperables.
Tal vez por eso la pregunta no sea ¿se acordará?, sino qué queda cuando ya no se acuerda. Porque detrás de ese deseo hay otro, más difícil de admitir. Nadie pregunta solamente por un domingo. Queremos saber si todo ese amor, tantas veces expresado en cosas pequeñas que nadie vio, va a seguir ahí cuando un hijo ya no necesite que estemos para recibirlo.
Y quizás esa sea una de las partes más difíciles de criar: aceptar que algunas escenas que para vos van a ser inolvidables, para tu hijo un día van a pertenecer a una época que apenas pueda reconstruir. Pero olvidar no es lo mismo que perder. Hay experiencias que ya no se pueden contar y, sin embargo, siguen ahí, en la forma de confiar, de pedir ayuda, de dejarse querer.
El amor es lo único que sobrevive al olvido

El domingo el paquete va a bajar del placard y el papel va a durar dos segundos. Dentro de muchos años, quizás aparezca una foto de ese día y tu hijo pregunte: "¿Yo había pedido eso?". Vos te vas a reír porque sí, lo había pedido durante semanas. La foto va a conservar su cara y el regalo. Lo que no va a mostrar es lo que ese regalo estaba diciendo sin palabras: te escuché, me acordé de vos, lo que querés me importa. Que es, si lo pensás un momento, lo único que cualquiera de nosotras quiso escuchar toda la vida.
Muchos años después, puede que ese mismo hijo esté en otra cocina, con un regalo a medio envolver sobre la mesada. Habrá escuchado durante semanas a alguien que ama hablar de eso que quería, habrá salido a buscarlo, esperado a que se duerma y escondido el paquete para que no lo encuentre antes de tiempo. Y tal vez no recuerde este domingo que está por llegar, ni sepa que, muchos años antes, vos hiciste exactamente lo mismo por él. O quizás sí.
Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.
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