Siete cuarenta y cinco de la mañana. La puerta del departamento abierta, el ascensor esperando. Un chiquito de seis años sostiene su campera, como si no fuera suya: no se la va a poner. Afuera, ocho grados.
Su madre conoce la coreografía de memoria: el forcejeo, el llanto, la negociación que termina igual que siempre. Todavía quedan quince cuadras hasta el colegio, y a las nueve la esperan en la oficina. Mira a su hijo. Mira la campera. Y hace algo que no hizo en seis inviernos: "OK, no te la pongas. Vamos".
Baja en el ascensor con una sensación nueva, imposible de ubicar. No sabe si acaba de rendirse o de acertar. Lo que tampoco sabe, todavía, es que esa duda tiene nombre, millones de vistas y madres de medio mundo discutiéndola en internet.
Se llama FAFO: una sigla en inglés que podría traducirse como "hacé lo que quieras y conocé las consecuencias", y es la tendencia de crianza del momento. La idea es simple. ¿No quiere abrigo? Va a tener frío. Después de años de validar cada emoción, muchos padres se corrieron al extremo opuesto: que la vida dé las lecciones.
A muchas madres, este método les produce una incomodidad difícil de nombrar. ¿Esto es firmeza o es daño? ¿Esto a un hijo lo fortalece o lo lastima?
Esa incomodidad tiene nombre. Debajo de todo lo que el método predica hay una frase que nadie dice en voz alta: no criar también puede convertirse en un estilo de crianza.
¿Cómo puede el no criar pasar por crianza? Porque hace tiempo se pegaron dos palabras que no son lo mismo. La crianza respetuosa se elige: es una manera de tratar a un hijo. El apego no se elige: un bebé nace buscando a alguien.
En algún momento, apego se volvió sinónimo de estar pegoteados: brazos todo el día, presencia permanente, una madre de guardia. Y es exactamente al revés. El apego incluye lo que el pegoteo no tiene: límites, roles distintos y separaciones. Uno cuida y otro es cuidado, no son pares, y esa diferencia no es autoritarismo: es lo que a un hijo lo ordena y lo calma. No hace falta una madre presente todo el tiempo. Hace falta una madre que exista siempre. La que está, se ve. La que existe, se lleva adentro y acompaña incluso cuando no está.
El apego no es una técnica ni una moda. Es una certeza que se construye a fuego lento, en miles de escenas chiquitas: hay alguien. Alguien que sabe más, que decide por él cuando todavía no puede, y a quien le importa lo que le pasa. Y ese alguien hace algo más que estar: descifra. Capta la señal, entiende qué necesita su hijo de verdad, que casi nunca coincide con lo que grita, y responde a eso. Ningún manual enseña a hacerlo. Se aprende mirando a un solo chico: el propio.
Lo que el FAFO propone es justo lo contrario: que esa figura se retire y tome cada pedido al pie de la letra. Si dice que no quiere campera, que tenga frío. Si dice que se quiere ir, que se vaya. Como si lo que un chico dice y lo que un chico pide fueran siempre la misma cosa. Ni entre adultos ocurre eso: casi nadie pide, con palabras exactas, lo que necesita. Un chiquito que grita "me voy de casa" quizás no esté pidiendo la puerta abierta. Quizás esté preguntando si hay alguien dispuesto a retenerlo. Criar es, en gran parte, descifrar: encontrar la necesidad dentro del pedido que llegó envuelto en otra cosa.
¿Y por qué una propuesta así encuentra tantas madres dispuestas a escucharla? No porque sean crueles. Muchas veces es lo contrario: son madres que se dieron cuenta de que algo no les estaba funcionando y salieron a buscar otra manera de maternar. Lo que merece mirarse es desde dónde salen a buscar. Porque muchas llegan exigidas por un ideal imposible: el de la madre que valida perfecto, que se agacha a la altura de los ojos, que nunca levanta la voz, que hace todo lo que dicen los expertos. Ese ideal no fabrica mejores madres. Fabrica madres que a las once de la noche dudan de sí mismas. Las que releen cómo le contestaron, las que se duermen preguntándose si el llanto de hoy deja marca. Esa mujer está leyendo esto.
Y cuando esa duda duele demasiado, el extremo opuesto empieza a parecer un descanso. Si no puedo criarlo perfecto, mejor no involucrarme. Si estar me sale mal, quizás sea mejor no estar. El péndulo no se mueve por convicción: lo empuja un ideal que no perdona. Por eso el método no seduce por sus resultados. Seduce por el alivio que le promete a la madre exigida.
Entonces, ¿importa la campera? No. Y hasta es cierto que, con frío, un chico quizás aprenda que conviene llevarla. Nadie discute eso. Es lo de menos. Lo que importa es lo otro que la escena enseña mientras nadie mira. Porque un hijo no aprende solo de lo que sus padres le dicen: aprende de lo que hacen, de lo que responden, del modo en que le presentan el mundo. Y una escena repetida le va enseñando, sin palabras, qué puede esperar cuando necesite: si va a haber alguien, o no.
¿Eso fabrica el hijo independiente y autónomo que el método promete? Lo que suele fabricar es otra cosa, que en el consultorio se ve seguido: ese mismo chico, veinte años después. Un adulto al que le cuesta creer que alguien se queda. Que confunde necesitar con molestar. Que ama con un ojo en la puerta. O que prefiere no amar, para no volver a averiguar si hay alguien del otro lado.
Porque de la infancia un hijo no se lleva recuerdos. Se lleva un mapa. El mapa que va a usar, sin saber que lo usa, el día que consuele a alguien que llora. El que le va a marcar la paciencia, o la dureza, con la que se hable a sí mismo cuando algo le salga mal. El que va a decidir si pide ayuda o si aprende a arreglarse sin pedirla. Y una noche de invierno, dentro de treinta años, cuando entre en puntas de pie a taparle los hombros a un hijo dormido, ese gesto también va a estar en el mapa. Aunque él ya no sepa quién lo dibujó.
Lo dibujó ella. Con cada respuesta, con cada regreso, sin darse cuenta. Ese mapa no es una condena: se sigue dibujando toda la vida. Pero los primeros trazos marcan por dónde se empieza.
Volvé por última vez a la escena de las siete cuarenta y cinco. La leíste entera desde el mismo lugar: el de la madre. La que espera en la puerta con la campera en la mano, la que baja en el ascensor sin saber si se rindió o acertó.
Pero en esa escena hay otro lugar, y también fue tuyo. Vos también tuviste seis años. También hubo inviernos, mañanas apuradas camino al colegio, una mano grande que te abrochaba el abrigo hasta arriba, aunque protestaras. O que alguna mañana no llegó a abrocharlo. Alguien respondió como pudo, con abrigo de más, con abrigo de menos, con lo que tenía, con lo que sabía.
De esas mañanas no te llevaste recuerdos. Te llevaste un mapa. La vida después le fue agregando trazos: algún amor, alguna pérdida, quizás una terapia. Pero los primeros no los hiciste vos. Y con ese mapa, el que heredaste y el que pudiste corregir, hoy criás, elegís, querés. El mismo con el que estás leyendo esta nota.
Por eso la pregunta final no es qué vas a hacer mañana con la campera. Es otra, más antigua: ¿quién te enseñó a vos qué se hace con el frío?
Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.














