Inteligencia artificial y desnudos falsos: por qué educar en el respeto es clave

La creación y difusión de desnudos falsos con IA entre adolescentes reabre el debate sobre la Educación Sexual Integral, la ciudadanía digital y la importancia de educar en el respeto y el consentimiento.

Por Georgina Sticco

8 de octubre de 2026, 21:17

protesta en colegio por desnudos falsos con IA
En un colegio, estudiantes y familias se manifestaron tras conocerse que imágenes de alumnas habrían sido modificadas con IA para simular desnudos y difundidas en redes sociales y sitios pornográficos. - Archivo LN

Esta semana, en un colegio de Lomas de Zamora, estudiantes y familias se manifestaron tras conocerse que imágenes de alumnas habrían sido modificadas con inteligencia artificial (IA) para simular desnudos y difundidas en redes sociales y sitios pornográficos.

Este no es un caso aislado ni exclusivo de la Argentina. Situaciones similares se vienen registrando en distintos establecimientos del país y también en otros lugares del mundo, como ocurrió en España.

En lo personal, el tema me toca muy de cerca porque tengo hijas adolescentes. Esto aumenta mi preocupación ante la posibilidad de que algo así pueda pasarles y la sensación de que protegerlas de estas situaciones está, en gran medida, fuera de mi control. Por eso, más que detenernos en el caso puntual, vale preguntarnos qué condiciones hicieron posible que esto ocurra.

¿Por qué ocurre y por qué hasta ahora entre varones?

La IA no crea la desigualdad ni las condiciones que hacen posibles estos comportamientos, pero sí es una herramienta que permite ir más allá y amplificar acciones que antes requerían mucho más esfuerzo.

Entre las condiciones preexistentes, tenemos que reconocer que persisten representaciones que convierten el cuerpo de las mujeres en objeto de observación, consumo o intercambio entre otras personas. Lamentablemente, muchas de estas prácticas funcionan como demostraciones de poder de los varones sobre las mujeres: “Podemos hacer algo con tu imagen sin que puedas impedirlo”. El objetivo puede ser sexual, pero también disciplinador: avergonzar, intimidar, silenciar o bajar el estatus de una mujer dentro de un grupo.

Además, en grupos exclusivamente masculinos pueden operar dinámicas de aprobación, competencia y pertenencia. Compartir o producir este material puede ser una forma de ganar estatus frente a los pares. En ese contexto, la risa o el silencio normalizan la agresión, aun cuando no todos los integrantes del grupo la hayan iniciado. Así, se refuerzan mandatos de masculinidad basados en la dominación y la transgresión de límites.

Esto no describe a los varones como conjunto, sino ciertas formas de socialización masculina y dinámicas entre pares que pueden cuestionarse, trabajarse y prevenirse. En esa tarea, los varones son una parte imprescindible de la solución.

Primera raíz: la Educación Sexual Integral (ESI)

La Ley 26.150 de Educación Sexual Integral (ESI) cumple 20 años. Uno de sus objetivos es procurar la igualdad de trato y de oportunidades entre varones y mujeres. A lo largo de su trayectoria educativa, los estudiantes deberían apropiarse de conceptos como el respeto, el consentimiento, la igualdad, la equidad, los estereotipos, los sesgos y las violencias.

Todo vínculo humano debe basarse en la libertad, el acuerdo, la escucha y la posibilidad de decir que no o cambiar de opinión, sin presiones ni represalias. Esa idea, trabajada de forma sostenida, es una herramienta de prevención.

Lamentablemente, en estas dos décadas la ESI ha sido una ley muy discutida, con resistencias a su implementación y un fuerte desfinanciamiento. Cuando la ESI llega de manera parcial o intermitente, quedan vacíos que las escuelas y las familias no siempre pueden cubrir.

Segunda raíz: la ciudadanía digital

Por otro lado, en el ámbito digital también nos encontramos con una falta de conciencia sobre la ciudadanía digital: qué significa respetar a otra persona y cómo se traduce ese respeto en los entornos digitales, dónde termina mi libertad y empieza la de la otra persona.

Esta carencia aparece desde el primer día. Les damos un celular o una computadora a niños y niñas sin enseñarles a cuidarse y a cuidar a los demás. No les explicamos por qué está mal compartir las contraseñas ni por qué está mal pedirle la contraseña a otra persona. La ciudadanía se construye de a poco, y estamos salteándonos ese paso.

Enseñamos a programar, a usar herramientas de oficina y hasta a utilizar inteligencia artificial. ¿Enseñamos, en cambio, a respetar? Cuando el respeto no se educa ni a través de la ESI ni mediante la formación en ciudadanía digital, caemos en otro vacío, en el que todo termina dependiendo del criterio de cada adolescente.

Una invitación a conversar y a actuar

Mirar las raíces no significa minimizar lo ocurrido, sino ampliar la respuesta. Las víctimas necesitan contención, escucha y reparación. Quienes agredieron, también adolescentes, necesitan afrontar las consecuencias de sus actos y participar de acciones que les permitan comprender el daño causado. Y las comunidades educativas, las familias y los medios debemos sostener una educación continua que ponga en el centro el respeto, el consentimiento y el cuidado de las demás personas, también en los entornos digitales.

Porque la tecnología avanza rápido, pero los acuerdos sobre cómo nos tratamos se construyen en las aulas, en las casas y en las conversaciones que elegimos no postergar.