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Verano inclusivo, el derecho a disfrutar: la mirada de Dani Aza

En esta temporada de verano, Dani Aza nos invita a reflexionar sobre la necesidad de derribar barreras y prejuicios en torno a las personas con discapacidad y construir un verano del cual todas las personas sean parte.


Verano inclusivo, el derecho a disfrutar: la mirada de Dani Aza

Verano inclusivo, el derecho a disfrutar: la mirada de Dani Aza - Créditos: Gentileza Dani Aza



“Llegar al verano”, dicen. Yo también crecí pensando que el verano era solo para algunos: esas personas con un cuerpo ideal, alineadas a los parámetros de belleza establecidos. Me costaba mostrar mis cicatrices, mis dificultades, porque no parecía encajar en un mundo reservado para unos pocos. Por mucho tiempo creí que yo era el “problema”, que yo tenía algo mal, algo para corregir. Estaba equivocada. Nadie está mal.

Te invito a preguntarte: ¿a cuántas personas con discapacidad se puede ver en la playa? ¿Y en las publicidades de bronceadores? ¿En el bar tomando una cerveza? Sin embargo, no vernos no significa que no existamos.

A pesar de que existe un movimiento creciente por playas, balnearios y espacios más accesibles, en la práctica los entornos siguen fallando: desde piletas sin accesos adecuados hasta alojamientos turísticos que no contemplan necesidades diversas. Esto no es un detalle menor: es una barrera real que decide quién puede disfrutar del verano con libertad y quién no.

La verdadera inclusión implica redefinir lo que significa ser visto, valorado y celebrado en todas nuestras formas. Implica que quienes se encuentran en el ámbito de la publicidad, en la planificación de destinos y hasta en el entretenimiento y el ocio integren activamente nuestras propias experiencias, tan válidas como las de cualquier otra persona.

 

Las personas con discapacidad, especialmente las mujeres atravesadas por estereotipos de género, no debemos pedir permiso para disfrutar del verano. La visibilidad y la representación a través de la publicidad o de los discursos periodísticos resultan fundamentales y claves para naturalizar los cuerpos con discapacidad, los cuales se han mantenido fuera de los cánones y estereotipos de belleza fuertemente instaurados a partir de una premisa que entiende a las personas con discapacidad como seres fallados, aislados y deficientes.

Para que las personas con discapacidad también lleguemos al verano, necesitamos algo clave: entornos que lo hagan posible. Espacios pensados y diseñados para que todas las personas podamos participar, movernos y elegir en libertad. Pero también un cambio sociocultural y de perspectiva que nos incorpore como colectivo en las narrativas y discursos, abandonando prejuicios históricamente instalados. 

Porque, finalmente, disfrutar del verano no es un privilegio: es un derecho.

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