
¿Cuánto pesan los ideales de belleza en Argentina hoy?
En una cultura atravesada por la dieta, el control y las redes sociales, los ideales de belleza siguen moldeando la relación con el cuerpo. Una mirada sobre los mandatos, el feminismo y el impacto subjetivo de la comparación constante.
21 de enero de 2026 • 15:44

¿Cuánto pesan los ideales de belleza en Argentina hoy? - Créditos: Getty
En Argentina, el cuerpo es un tema permanente de conversación. Tenemos una de las tasas más altas de trastornos de la conducta alimentaria del mundo, luego de Japón y, aun sin llegar a un diagnóstico, muchísimas personas viven un vínculo tenso, restrictivo o angustiante con la comida y, sobre todo, con su cuerpo.
Se habla de él todo el año, se lo mide, corrige y compara; hay dietas, métodos, rutinas, suplementos, planes y consejos. En verano, todo esto se potencia porque el cuerpo está mucho más visible, aparece la piel expuesta y, con eso, se activa con más fuerza la mirada y la comparación.
Es que, en una cultura como la nuestra, que está tan atravesada por la dieta, el control y la autoexigencia, sumado al uso de redes sociales que intensifican el malestar mostrando todo el tiempo qué comer, qué evitar, cómo entrenar y cómo verse mejor, la mirada se vuelve muy hostil y, sobre todo, muy central.
Muchas veces creemos que lo que incomoda es la mirada del otro, pero en realidad es la propia mirada la que más nos condiciona. Una forma de mirarse que se aprende y se construye a partir de frases escuchadas, gestos recibidos, con lo que se dijo y con lo que no se dijo sobre cómo “debería” ser un cuerpo. No es tanto que los otros miren, sino que uno se mira como si los otros estuvieran mirando.
En los últimos años, el feminismo vino a cuestionar los estándares de belleza y los discursos instalados desde hace décadas. Vino a denunciar la violencia simbólica que hay detrás de ciertas imágenes y a mostrar que nada de eso es natural ni inocente. Y, si bien fue fundamental que lo cuestione, no porque algo sea cuestionado significa que deje de operar.
Los ideales no desaparecieron: se transformaron. Muchas veces llegan en forma de aparente elección en vez de una orden extrema, porque es algo que tenemos internalizado. El mandato se vuelve más sutil y más difícil de reconocer, y por eso también resulta más difícil de desarmar: ya no se trata solo de una presión del afuera, sino de algo que se vuelve propio. El problema pasó a ser cómo distinguir cuándo se obedece un mandato y cuándo se responde a un real deseo de estar bien.
El problema de los mandatos, aunque vengan envueltos en discursos más amables, es que siguen diciendo cómo deberíamos estar, sentirnos y hasta qué sería correcto desear. Incluso en la lógica feminista, que celebro, la cual propone “aceptar los cuerpos como son”, aparece otro “deber ser” que se impone. Y, en esta lógica de extremos que habitamos, se pierde algo importante: no todos los vínculos con el cuerpo son iguales, que no todo deseo de cambio es un rechazo al sistema y que no toda incomodidad o comodidad están “mal”. A veces alguien quiere cambiar porque simplemente lo desea hacer, y eso también merece ser escuchado sin ser juzgado.
A esto se suma la escena permanente de las redes sociales. Y acá el efecto subjetivo es real: comparación, sensación de falta, impresión de no estar a la altura. Por eso, el problema no es el cuerpo. El problema es la mirada que se posa sobre él, la propia.
Tal vez no se trate de amar el cuerpo todo el tiempo ni de aceptarlo forzadamente, sino de lograr corrernos un poco de la escena donde el cuerpo está siempre siendo evaluado. Que el cuerpo vuelva a ser un lugar donde vivir y no solo algo para mostrar. Que pueda ser experiencia antes que imagen, presencia antes que vitrina. Y que el verano y la mirada, tanto interna como externa, comiencen a pesar un poco menos.
SEGUIR LEYENDO


El silencio digital: el fenómeno que crece en el mundo de las redes sociales
por Agustina Kupsch

Hay verano en los pequeños placeres
por Agustina Vissani

Año Nuevo: el peso de "tener que juntarse"
por Ornella Benedetti

El verdadero brillo: cuando la abundancia está en escucharnos
por Denise Muchnik









