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El desesperado testimonio de Alejandra Bielous, una madre que lucha por proteger a su hija tras la violencia de género

El relato de Alejandra Bielous, una madre que denuncia violencia de género y cuenta la lucha que atraviesa para proteger a su hija Emma y garantizar que su voz sea escuchada.


Alejandra, junto a su hija Emma

Alejandra junto a su hija Emma - Créditos: Gentileza de Alejandra Bielous



El relato de Alejandra Bielous es el testimonio de una madre que atraviesa uno de los caminos más dolorosos que puede enfrentar una mujer: reconstruir su vida después de haber sido víctima de violencia de género mientras intenta, al mismo tiempo, proteger la infancia de su hija. 

Entre decisiones difíciles, una mudanza a Misiones, incertidumbre y un sistema que muchas veces no escucha, Alejandra lucha por ofrecerle a Emma algo que considera esencial: una vida segura, con amor y dignidad. En esta nota, ella misma cuenta en primera persona el recorrido que están atravesando.

Soy Alejandra Bielous (43), mamá de Emma (9) y actualmente estamos viviendo una historia que, como tantas otras mujeres, nunca nos imaginamos tener que transitar y mucho menos contar. Pero creo que capaz vos, que me estás leyendo, podés encontrar en estas palabras un mensaje que te ayude a despertar, reaccionar y levantar la voz para decir BASTA.

Soy víctima de violencia de género desde hace muchos años y, hasta hace poco, creía que la violencia solo eran los actos de maltrato que recibía tu piel, cuando se marca, se rompe o se desgarra. Pero, para mi sorpresa, dos años después de separarme del papá de mi hija y habiendo transitado una relación de casi diez años, me doy cuenta de que no solo fui víctima de violencia… lo sigo siendo, aunque esa persona ya no sea mi pareja.

Lo curioso es que este acto de iluminación llega de la mano de una serie que recomiendo mucho, “Las cosas por limpiar”, y de años de terapia. 

Creí que el círculo se cortaba conmigo, pero lamentablemente mi hija, en octubre de 2025, me demostró que ella también era víctima de manipulaciones, destrato y descalificaciones.

Emma, durante el año pasado, presentó muchos síntomas físicos y, más allá de que una como madre puede analizar factores creyendo conocer los orígenes de estas dolencias, no me quedé con eso y acudí a profesionales de diferentes áreas, solo para constatar que no existía una cuestión orgánica en el cuerpito de Emma. Pero sí existían muchas emociones que comenzaban a abrirse camino para ser escuchadas, solo que aún estaba carente de herramientas de comunicación y seguridad.

Mi hija tuvo reflujo, ansiedad y autolesiones (se pellizcaba y también lo hacía conmigo estando dormida o despierta). Se encerraba en el baño para llorar y decirse a sí misma palabras descalificantes; se golpeaba el cuerpo. Tenía una angustia profunda que no le permitía relacionarse de forma constante con sus pares, entre otras cosas. Todo esto que les menciono está certificado y presentado ante la Justicia mediante el informe de su psicóloga y el informe del gabinete psicopedagógico del colegio al cual asistía.

Comenzó terapia y, en ese refugio privado alejado de nuestras miradas, pudo al fin encontrar su voz. Todos estos trastornos comenzaron a disiparse casi por completo. Un día tuvo el coraje de decir: “Yo quiero irme a vivir con vos a Misiones”. Fue en ese momento que la culpa de madre se hizo presente, porque como mujer e individuo había elegido, hace dos años, iniciar un proyecto a distancia en búsqueda de un mejor bienestar económico para ambas. Buenos Aires no me estaba permitiendo mantenerme de pie y, desde mi separación con su padre, fuimos nosotras quienes nos adaptamos a una vida de escasez. Mi hija no recibe dinero (una cuota alimentaria que se había acordado de palabra) desde hace 6 meses. 

Durante dos años de ir y venir haciendo Buenos Aires–Misiones, nunca se me ocurrió trasladar a Emma sin su consentimiento. Quería que ella lo eligiera o, por lo contrario, seguiría en movimiento si ella elegía vivir en CABA. Ella eligió y tratamos de que su padre accediera a audiencias con su psicóloga para acordar este sistema para Emma, con visitas de su padre a Misiones y un esquema que le hiciera bien a ella. Él dilató los tiempos y nunca se presentó. 

Por eso, cuando hoy me llegan denuncias alegando que me escapé en la noche como un ladrón o que le privo a Emma el contacto con su padre, no puedo entender —o mejor dicho, me cuesta— que algunas personas tengan la habilidad de olvidar, fingir demencia y agredir.

En Oberá, Misiones, tenemos nuestro hogar y en Buenos Aires vivíamos en el depósito de un vivero que trataba de mantenerse en pie en medio de una crisis económica importante. Ese depósito, con amor, se volvió nuestro hogar. Al principio me bañaba con agua fría y a Emma la higienizaba en una gran palangana calentando agua con una pava eléctrica, mientras que su padre se quedó cómodamente viviendo en lo que una vez supo ser nuestra casa.

Y si bien hoy lo leo y siento orgullo de estar de pie con tantas cosas vividas, créanme que, para hacer esos escenarios más amorosos y alegres para una niña que en ese entonces tenía casi cuatro años, las payasadas estaban a la orden del día. Con risas y cantos maquillamos las carencias que nunca nos merecimos vivir.

En octubre, Emma fue retirada del colegio con mentiras. Me bloquean la ubicación, no responden mis mensajes y algunas llamadas son contestadas con risas y palabras sarcásticas. Lógicamente me cortaban cuando pedía la ubicación de mi hija. Con el correr de las horas logro ubicar a Emma.

Sin entrar en detalles legales, solo les menciono lo que me respondieron en la Justicia: “Los actos cometidos por el progenitor no fueron actos violentos, solo desacuerdos parentales”. Qué irónico todo, porque Emma desde ese día no solo decidió no volver a vivir con su padre por miedo y desconfianza: está atravesando hace tiempo un gran decaimiento psicológico y físico. Además, su padre bloqueó su tratamiento terapéutico, lo que dejó a Emma sin su espacio privado para tratar todos estos temas.

Emma nuevamente comenzó a tener terrores nocturnos y pesadillas. Los ataques de ansiedad volvieron, los pellizcos y la falta de seguridad eran tan evidentes que a veces caminaba mirando por encima del hombro para ver si alguien la perseguía.

Así fue desde el 23 de octubre de 2025 hasta el 5 de febrero, cuando llegamos a Misiones. Ni bien bajamos del avión, su comentario fue: “Acá me siento segura”. Y tomándome de la mano le vi una sonrisa que hacía tiempo no veía.

En nuestro hogar misionero comenzó a encontrar tranquilidad, hasta que vio en mí ese gesto de miedo que lógicamente no podés disimular. Ese miedo tenía como origen los nuevos comunicados del Juzgado 85 de CABA, en los cuales se mencionaban multas de $200.000 diarios si yo no volvía a Buenos Aires.

Y si bien muchos de ustedes pueden creer que me escapé con mi hija y cometí un error, quiero decirles que están en su derecho. Pero me gustaría contarles que en Buenos Aires, desde el 23 de octubre, nunca nadie escuchó a Emma. Desarmamos nuestra casa-vivero y quedamos en situación de calle, hospedándonos en la casa de amigas como Lilo, Tati y Sandra (quiero mencionarlas porque gracias a ellas no viví en una plaza, como sí les pasa a muchas mujeres).

Casi sin ingresos económicos en CABA y, tras perder mi proyecto en Misiones por no poder volver a trabajar (una decisión mía, porque la ley no me limitaba a mí; en síntesis me decía: “vos andá, tu hija no puede”). Pero claramente me quedé tomada de su mano pensando que, con el correr de los meses y presentando todo lo que se presentó, la Justicia la escucharía. Tampoco sucedió.

Entonces sí: decidí enfrentar a un sistema que me acusaba sin siquiera escucharme, que no leía mis pruebas o bien las desestimaba. Hoy, desde este lado de la vereda, les confirmo que el primer femicida es el sistema.

¿Por qué? Porque denunciás y te maltratan con dudas, destrato y minimizaciones. Te caratulan por un lado con riesgo medio (ODV), pero el juzgado te dice que eso no fue violencia. Nunca nos ayudaron con una perimetral o botón antipánico. Por meses convivimos con los agresores e incluso generamos voluntariamente momentos de revinculación entre Emma y su papá, pero nadie nos protegía. Siempre se hablaba del derecho del progenitor y nunca se mencionaba a Emma.

Hoy, por ser una madre que priorizó a su hija, recibo del Juzgado Civil 85 de CABA —a cargo del juez Diego Coria— un último comunicado donde no solo me presionan con multas diarias de $600.000 por incumplimiento a la restitución de Emma a Buenos Aires: también obligan a Emma a vivir con su padre, me exponen a una pericia psiquiátrica solo a mí y suman un posible inicio de causa penal.

Nunca aceptaron nuestra apelación, donde se explicaba nuestra situación de vivienda en Buenos Aires y mucho menos mi necesidad de trabajo en mi centro de vida: Oberá, Misiones.

En Misiones nos presentamos de forma voluntaria junto a mi representante, la Dra. Micaela Pereira, quien posee jurisdicción en Oberá, ante el juzgado de familia ubicado en el Palacio de Justicia de la ciudad, cuyo juez subrogante es actualmente el Sr. Amarilla en reemplazo del juez Moreira. Nuevamente encontramos ese destrato, pero aun así tomaron la denuncia para, tras unos días, declararse incompetentes.

Nuevamente solicitábamos en esa denuncia una protección para Emma, después de que el colegio nos informara que el padre había comunicado que el 2 de marzo la retiraría, ya que no era su voluntad que Emma viviera en Misiones ni cursara en esa institución. De esto también se dio informe para obtener una perimetral que le permitiera a Emma arrancar las clases segura, pero no sucedió.

Así que Emma fue valiente y, conociendo algunos detalles del riesgo, me dijo: “A mi papá no me va a prohibir conocer a mis nuevos profesores y amigos”. Sí, una valiente. Y yo, una mujer que se sentó frente al colegio durante cuatro horas rogando no vivir otra situación traumática para mi hija.

En definitiva, el juzgado de Misiones nos dejó desprovistas de ayuda y protección, mientras el juzgado de CABA nos presiona a volver sin evaluar la exposición que Emma viviría ante toda esta situación.

¿Cuál es mi pedido? Que Emma sea escuchada por un gabinete interdisciplinario o profesionales capacitados que puedan recepcionar su necesidad, porque ese es su derecho como niña. Que la escucha se genere en un espacio no traumático, y hoy Buenos Aires lo es.

Y si bien vivimos actos de violencia, no es mi derecho limitar el derecho de otro. No deseo que Emma deje de ver a su padre, pero solicito que la revinculación sea segura para ella y que no se pierdan de vista los antecedentes que existen.

Ojalá la vida de Emma y su infancia no sean truncadas por adultos que ven nuestros legajos al ritmo que se scrollea una historia en Instagram. Somos personas con derechos y necesitamos que esta niña, al igual que tantos otros menores que hoy atraviesan momentos muy difíciles, sea escuchada y protegida.

Ellos son nuestro futuro y debemos dejarlos crecer sin deformarlos con nuestros propios miedos o limitaciones.

El sistema debe proteger y contener; si no lo hace, es tan culpable como los agresores.

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