“¿Te ayudo?”, fue lo primero que me dijo Jonatan, hoy mi marido, cuando nos conocimos hace casi 17 años. Sí. Mucho tiempo. Hoy en el Día de los Enamorados y en esta primera columna para OHLALÁ! quería contarles que fue esa pregunta la que me permitió descubrir que estaba ante alguien empático y abierto hacia lo diferente y lo desconocido. Yo, mujer con discapacidad, aún con inseguridades propias de las tantas barreras que enfrenté a lo largo de mi vida, me vi sorprendida ante ese gesto tan humano.
Lo que siguió a eso fue una historia de aprendizaje mutuo, pero sobre todo de aceptación. Aceptación de otras formas, de otros cuerpos y modos de ser. Es que: ¿acaso no somos todos diferentes? ¿Por qué nos cuesta aceptar que no existe una única forma de amar y ser amados, sino tantas como personas en el mundo? Y, justamente por eso, hay distintas maneras de amar y ser amados y todas ellas igualmente válidas.
¿Alguna vez te preguntaste por qué te sigue llamando la atención ver una pareja donde ambos, o uno de ellos, tenga discapacidad? Asistimos en los últimos años a muchos avances en torno a la diversidad, pero los cuestionamientos y prejuicios persisten y se plasman en la mayoría de los ámbitos de la vida cotidiana. Y los modelos de pareja no son la excepción: están sujetos a estereotipos e imágenes que se relacionan con la “normalidad” o bien ciertas características de la corporalidad (el peso, la altura, la tonalidad de piel).
Las preguntas, los cuestionamientos son habituales y perpetúan ideales de “normalidad” que evalúan a las personas según estereotipos de belleza e imágenes fuertemente arraigadas. Se trata de una perspectiva superficial y vacía de valores que es reproducida por muchos medios de comunicación, por las redes sociales, y que enfatiza el ideal de persona “deseable”, la que cumple con determinadas condiciones y características corporales.
Por ejemplo, yo recibo preguntas como: “¿Tu pareja tiene discapacidad?”, o comentarios del tipo: “Qué lindo que alguien como vos tenga pareja”. No son preguntas livianas, porque pueden afectar mucho a quien la recibe. Ni qué hablar si se trata de adolescentes con discapacidad, que empiezan a creer que nunca podrán tener una pareja.
Sexualidad y discapacidad
Vinculado con esto subyace la idea de que las personas con discapacidad somos asexuadas, incapaces de sentir placer o ser deseadas y deseantes. En mi caso, con mi pareja muchas de las veces que quisimos ingresar a un albergue transitorio nos encontramos con grandes barreras y obstáculos. El tabú es muy fuerte a la hora de pensar la sexualidad en la discapacidad.
Por eso quise empezar mis columnas con esta reflexión, porque en los debates en torno a la diversidad y la inclusión hay poco lugar para ampliar el amor y las relaciones hacia todos los cuerpos y formas de ser en el mundo. Tengas o no una discapacidad te invito a que en este Día de los Enamorados podamos ampliar la mirada y abrir la mente para entender que el amor no entiende ni de condiciones ni de cuerpos. Se rige por el deseo, el placer, el regalo de abrazar a alguien que nos hace bien.










