La periodista y escritora Mara Laudonia acaba de publicar Pequeña Fuegia. Un puente entre dos mundos, un libro infantil que recupera la historia de Yokcushlu, conocida como Fuegia Basket, una niña del pueblo yámana que, en el siglo XIX, fue llevada a Inglaterra a bordo del HMS Beagle junto al capitán Robert FitzRoy y el joven naturalista Charles Darwin para educarla según la mirada europea.
El libro propone acercar un episodio poco conocido de la historia de estos pueblos originarios desde la mirada de la infancia, en particular, de una niña de 9 años.
A través de la experiencia de Fuegia, invita a reflexionar sobre la identidad, el hogar, la diversidad cultural y el encuentro entre mundos distintos. En esta entrevista con OHLALÁ!, la autora cuenta cómo descubrió a este personaje, por qué decidió convertirlo en protagonista de un libro para chicos y qué aprendizajes espera que deje su historia.
—¿Cómo conociste la historia de Fuegia Basket?
—La conocí porque hace casi nueve años empecé a viajar con frecuencia a Ushuaia. Es una ciudad que me parece mágica y me atrapó desde la primera vez que la visité. Como soy periodista, cada vez que llego a un lugar me gusta investigar su historia. Empecé a leer libros sobre Ushuaia y encontré pequeños fragmentos sobre Fuegia Basket. No era la protagonista de esos relatos: aparecía vinculada a otros personajes de la época.
Me sorprendió descubrir una historia tan potente y, al mismo tiempo, tan poco conocida. Pensé que quizás fuera más difundida en Ushuaia, pero incluso allí advertí que muchas personas no la conocían en profundidad. Desde el primer momento sentí que era un personaje fascinante.
—¿En qué momento sentiste que esa historia debía convertirse en un libro para chicos?
—La historia me cautivó tanto que un día intenté contársela a mi hija, que hoy tiene casi ocho años. Le hablé de una niña de nueve años que había sido llevada a otro continente y luego regresó a su tierra. Mientras se la contaba, me di cuenta de que allí había una historia profundamente ligada a la infancia, al hogar, a la identidad, a los viajes y al encuentro entre culturas.
Ahí empezó a tomar forma el proyecto. Sentí que era una historia que podía acercarles a los chicos un episodio muy importante de nuestra historia desde una mirada con la que pudieran identificarse.

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—¿Por qué elegiste contarla desde la infancia de Yokcushlu, antes de convertirse en Fuegia Basket?
—Justamente por esa cuestión de la identidad. Me interesaba ponerme en el lugar de una chica de nueve años que es llevada a un mundo completamente distinto, donde intentan educarla según otras costumbres y otra forma de entender la vida.
Hay que recordar el contexto histórico. Robert FitzRoy viajaba en una expedición científica y decidió llevar a Inglaterra a cuatro fueguinos con la intención de enseñarles inglés, transmitirles las costumbres británicas y luego devolverlos a Tierra del Fuego para que actuaran como intermediarios entre los ingleses y los pueblos originarios. Ese proyecto respondía a una mirada claramente colonizadora, propia del siglo XIX.
Entonces me pregunté qué podía pasar por la cabeza de una nena de esa edad. ¿Cómo habría vivido semejante experiencia? ¿Qué habría sentido? También pensé inevitablemente en mi propia hija y en cómo atravesaría una situación así. Desde ese lugar nació la decisión de narrar la historia desde la infancia de Yokcushlu.
—El libro lleva como subtítulo Un puente entre dos mundos. ¿Qué representa esa idea?
—Tiene varios significados. Por un lado, refleja ese objetivo que tenían los ingleses de convertirla en un puente entre dos culturas. Hoy esa mirada colonizadora resulta impensable, pero lo cierto es que Fuegia terminó aprendiendo varios idiomas. Además del inglés, incorporó español y portugués durante los largos viajes que hicieron, con escalas en Brasil y Uruguay.
Era muy buena para los idiomas. De hecho, Charles Darwin lo menciona en sus escritos. Esa capacidad la convirtió en una verdadera interlocutora entre distintos mundos.
Durante mucho tiempo se creyó que aquel proyecto había fracasado porque, una vez que regresó a Tierra del Fuego, los ingleses perdieron contacto con ella. Sin embargo, años después volvieron a encontrarla ya anciana y comprobaron que había sobrevivido. La reconocieron, entre otras cosas, porque todavía recordaba palabras en inglés.
Además, su vida fue extraordinaria porque convivió en el mismo barco con dos figuras fundamentales del siglo XIX: Robert FitzRoy y Charles Darwin. Mientras FitzRoy representaba una mirada profundamente ligada a la religión, Darwin comenzaba a desarrollar una visión científica del mundo que más tarde daría origen a la teoría de la evolución. Los debates entre ambos marcaron una época y Fuegia estuvo allí, siendo testigo de ese momento histórico.
También conoció dos mundos completamente diferentes: pasó de los confines de Tierra del Fuego a una Londres que atravesaba la Revolución Industrial. Ese contraste tan enorme también explica el sentido del subtítulo.
Y hay un dato fascinante: el propio Darwin escribió que aquel viaje fue decisivo para empezar a construir las ideas que muchos años después desembocarían en El origen de las especies.
—¿Cómo fue el proceso de investigación para reconstruir una vida de la que existen tan pocos registros?
—Fue un trabajo apasionante. Como periodista ya estaba acostumbrada a investigar porque antes había escrito libros de política y economía. En este caso, un libro me llevaba a otro y, a medida que avanzaba, también empecé a recorrer museos y archivos para ir armando ese rompecabezas.
La historia de Fuegia está profundamente conectada con los orígenes de Tierra del Fuego, de Ushuaia y también con el comienzo de la relación entre la Argentina e Inglaterra. Todo estaba relacionado.
Me interesó especialmente trabajar con fuentes primarias. Investigué mucho los escritos de Charles Darwin a través del Darwin Project, una iniciativa de la Universidad de Cambridge que reúne toda su documentación. Allí encontré cartas que Darwin le enviaba a su esposa mientras recorría América del Sur y en las que describía sus observaciones sobre estos territorios y sus habitantes.
También consulté los libros escritos por Robert FitzRoy, que más tarde sería considerado el padre de la meteorología moderna. Tanto él como Darwin narraron estos hechos desde perspectivas muy distintas, y esa diferencia de miradas resultó muy enriquecedora.
Otra fuente fundamental fue el libro de Lucas Bridges, hijo de Thomas Bridges, el misionero anglicano que años más tarde se estableció en Ushuaia. Lucas nació en Tierra del Fuego y reconstruyó, a partir de las memorias de su padre, el encuentro que tuvo con Fuegia cuando ella ya era una mujer mayor. Allí aparece un relato muy valioso: Fuegia le contó que había conocido a la reina Adelaida y recordó parte de la experiencia que había vivido durante su estadía en Inglaterra.

Mara junto a su hija, su primera lectora. - Prensa
—¿Qué otras fuentes fueron importantes durante la investigación?
—Uno de los libros más valiosos fue el de Lucas Bridges. No es un libro dedicado exclusivamente a Fuegia, sino una obra enorme sobre los orígenes de Tierra del Fuego. Tiene un enorme valor antropológico porque describe cómo vivían los pueblos originarios y cómo fueron los primeros contactos con los colonos europeos.
Bridges convivió tanto con los yámanas —el pueblo al que pertenecía Fuegia, conocidos como los "canoeros" por su vínculo con el mar— como con los onas o selk'nam, que habitaban el interior de la isla y se dedicaban principalmente a la caza del guanaco. Su testimonio resulta extraordinario porque retrata con mucho detalle cómo vivían, qué comían, cuáles eran sus costumbres y cómo se organizaban.
Además, aporta una mirada muy interesante porque cuestiona algunas afirmaciones de Charles Darwin. Por ejemplo, Darwin llegó a sugerir que estos pueblos practicaban el canibalismo. Bridges, que convivió durante años con ellos, desmiente esa idea y propone otra explicación para los restos humanos que a veces se encontraban en las hogueras. Su hipótesis es que, durante los inviernos más duros, el suelo congelado impedía realizar enterramientos y que la cremación podía haber sido una forma de despedir a sus muertos.
Todo eso me permitió comprender mucho mejor el universo en el que había vivido Fuegia. A través de su historia fui descubriendo otras historias: la de los pueblos originarios, la de los primeros asentamientos europeos en Tierra del Fuego, la relación entre la Argentina e Inglaterra e, incluso, el contexto histórico de las Islas Malvinas. Todo empezó a conectarse.
—¿Hubo algo que te sorprendiera especialmente durante la investigación?
—Toda la historia me sorprendió, pero hubo un dato que me llamó especialmente la atención: Robert FitzRoy pagó de su propio bolsillo la educación de los cuatro fueguinos que llevó a Inglaterra. Eso demuestra que realmente estaba convencido de que les estaba haciendo un bien. Fue una iniciativa personal, nacida de su propia mirada sobre el mundo y de la idea de que debía educarlos según los valores occidentales.
—¿Qué desafíos encontraste al combinar el rigor histórico con un relato pensado para las infancias?
—Fue uno de los mayores desafíos del libro. Quería contar una historia compleja, pero hacerlo de una manera que los chicos pudieran comprender sin perder el rigor histórico. El relato está adaptado para ellos, pero los hechos son reales y la historia de Fuegia se mantiene fiel a lo que ocurrió.
Además, me interesaba que el libro despertara preguntas. La primera vez que se lo conté a mi hija enseguida empezó a preguntarme: "¿Por qué le cambiaron el nombre?", "¿Por qué se la llevaron?", "¿Pudo volver con su familia?". Ahí entendí que la historia tenía una enorme capacidad para generar empatía.
También quería transmitir una idea que me parece muy valiosa para los chicos: uno puede conocer otros lugares, aprender otros idiomas y entrar en contacto con culturas diferentes sin perder quién es. La identidad no desaparece por viajar o por descubrir otros mundos.
En ese sentido, el libro también habla del hogar. Y el hogar no es solamente una casa. Es mucho más que eso: son las personas, los afectos, el lugar donde uno siente que pertenece. Ese concepto atraviesa toda la historia de Fuegia y me parecía importante compartirlo con los lectores más chicos.
—¿Por qué pensás que la historia de Fuegia quedó durante tanto tiempo fuera del relato más conocido?
—Creo que la atención estuvo puesta, sobre todo, en Jemmy Button. Tal vez porque era hombre o porque Darwin escribió mucho más sobre él y parecía haber desarrollado un vínculo más cercano.
Las novelas y los relatos posteriores también recuperaron principalmente su historia. Fuegia aparecía apenas mencionada, como un personaje secundario.
A mí me interesó justamente rescatarla. Era una niña de apenas nueve años, mientras que los otros tres fueguinos eran adolescentes o jóvenes cercanos a los veinte. Me conmovía pensar qué podía haber sentido una chica de esa edad al atravesar una experiencia semejante. Intenté ponerme en su lugar y contar la historia desde esa mirada.
—El libro incluye una guía para pensar y conversar después de la lectura. ¿Por qué decidiste incorporarla?
—Porque me parecía importante que algunos de los temas que atraviesan el libro —la identidad, el hogar y la diversidad cultural— pudieran seguir trabajándose una vez terminada la lectura.
También incorporamos un apartado dirigido a los adultos, donde se cuenta la historia real de Fuegia. Muchas familias y docentes probablemente nunca hayan oído hablar de ella, así que ese material puede servir como punto de partida para seguir investigando.
Varias personas que leyeron el cuento me dijeron que se quedaron con ganas de saber más sobre Fuegia y sobre la historia de Tierra del Fuego. Eso me pone muy contenta porque significa que el libro despierta curiosidad tanto en chicos como en grandes.
—¿Hay alguna escena del libro que sea tu favorita?
—Hay muchas, pero hay una que me emociona especialmente. Es cuando Fuegia está regresando a Tierra del Fuego, en el barco junto a FitzRoy y Darwin. Mira hacia adelante mientras se acerca al canal Beagle, que el pueblo yámana llamaba Onashaga.
Esa imagen resume todo el sentido del libro. Después de haber conocido otro mundo, otra cultura y otra forma de vivir, ella elige volver. Elige su tierra y su identidad.
Hay otro episodio real que también me marcó mucho. Años después, cuando vuelven a encontrarla, le ofrecen una silla para sentarse, como había aprendido a hacerlo en Inglaterra. Pero ella decide sentarse en cuclillas, como lo hacían los yámanas.
Ese gesto, que puede parecer pequeño, dice muchísimo. Habla de una persona que conoció dos mundos y que, aun así, eligió quién quería ser. Para mí, esa es la gran enseñanza de Fuegia: la posibilidad de abrirse a otras culturas sin renunciar a la propia identidad. Creo que esa escena resume, mejor que ninguna otra, el corazón del libro.
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.














