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Límites: lo que la tarta nos dejó

En esta nueva columna, Josefina de Cabo nos ayuda a plantearnos interrogantes acerca de cómo encaramos ciertos momentos con nuestras infancias. Los límites sanos, una materia para explorar.


Comida familiar: lo que aprendí sobre los límites.

Comida familiar: lo que aprendí sobre los límites. - Créditos: Getty



Veníamos de un día complicado: que no revolees cosas, que la tarta sí, que la tarta no, que no tires las sillas cuando te enojás, y a las ocho de la noche todo eso combustionó. En un rapto de rebeldía y furia me miró, estiró sus manos hacia el plato y lo empujó de la mesa. La tarta cayó con un ruido asqueroso al piso y él quedó parado, del otro lado de la mesa mirándome con cara de: “¿Y ahora qué vas a hacer?”.

Sabía que tenía un microsegundo para decidir cómo actuar y mejor ni les cuento cómo terminó la escena (les recomiendo volver a la columna anterior de Mamá Monstruo), porque claramente decidí mal. Sólo contarles que hubo gritos, llantos y gente que se fue a dormir sin comer (gente adulta, no se preocupen).

Cuando me acosté no fue fácil dormirme, no podía sacame de la cabeza la situación acontecida: mi reacción, el desafío, la posterior discusión con el padre de la criatura, etcétera. Cómo un simple empujoncito a un plato desata un tsunami de situaciones encadenadas que, si no se atajan a tiempo, explotan por los aires.

Tendría que haberme tomado tres segundos para respirar hondo y actuar de la mejor manera posible, no tendría que haber reaccionado ante el desafío. Me tengo que acordar que es chiquito, que está buscando su manera de habitar este mundo y que si se equivoca y le grito no aprende nada. Me tengo que acordar que soy su mamá, tengo que acompañarlo no moldearlo. Y así seguí hasta entrada la madrugada.

Todos estos pensamientos me llevaron a reflexionar sobre los límites. ¿Dónde estaba el límite en esa situación? ¿Era previo al empujón o posterior? Me respondí a mí misma que el desafío sólo se evita construyendo límites sanos. Entonces sí, previo. Hay que anticiparse. 

Construir de a poco los bordes que tenemos -todos- que respetar para vivir en sociedad, dejando que cada uno explore hasta dónde sí y hasta dónde no, explicando, dialogando, poniendo el cuerpo.

Y mientras escribía el párrafo anterior pensaba que no sólo aplica esta idea a la educación/crianza de los hijos, sino a todo: a la pareja, los amigos, uno mismo. Qué difícil poner(se) límites sanos y amorosos para luego poder evitar situaciones de desborde, ¿no? ¿Será que aprenderemos algún día?

Siguiendo con la situación platoenelpiso, tal vez también respetar que al pibe no le gusta la tarta, no la quería, era obvio que iba a ser un lío, ¿para qué insistir si en la heladera había puré de la noche anterior que podía comer perfectamente? ¿Por qué no ampliar un poquito el borde para que la convivencia -y la crianza- fluya mejor?

Y todo esto queda hermoso en esta columna en la pantalla, la pregunta es cómo bajarlo a la realidad, ¿no? La verdad es que no tengo la menor idea (¿Qué? ¿Esperabas una respuesta?), pero lo que sí sé es que todos los días sigo intentando y pensando y aprendiendo y mejorando y equivocándome porque al final de eso se trata existir, ¿no?

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