El ancho de la cadera, el diámetro de los brazos, la silueta de la panza. Para cada rincón del cuerpo, una crítica. Para cada rincón del cuerpo, un producto. Para cada rincón del cuerpo, una consigna. La búsqueda consiste en reducir centímetros, ser femenina, ser a medida, ser la receta a la que siempre le queda algún condimento por agregar. Un círculo vicioso en el que nunca somos el sabor suficiente. Vimos a la colina convertirse en montaña, cada vez es más difícil llegar a la cima. Aumentan los productos y servicios para corregirnos, aumenta la cumbre.
Entre tanta opinión sobre el cuerpo ajeno, el riesgo queda en segundo plano. El extremo se volvió rutina y la rutina, requisito. Convivimos con expectativas corporales que no elegimos y pagamos por satisfacerlas. La industria de la belleza:
Ahoga, aturde, arrastra consume a quien consume tiempo, plata, energía, recursos, salud aire, vida. Nos quieren muertas antes que sencillas.
Con Silvina Luna nunca nos vimos, pero nada nos separa.
El costo de la belleza en primera persona.
Deseo que a su voz, la escuchen nuevas generaciones.










