Cómo impactan las vacaciones de invierno en la salud de quienes cuidan

Hay un cortisol que no distingue entre un lunes de trabajo y un sábado sin escuela. Qué pasa en el cuerpo cuando el estrés se sostiene y por qué cuidar a quienes cuidan también es cuidar a toda la familia.

Por Laura Maffei

20 de julio de 2026, 15:19

familia de vacaciones en casa

Cómo impactan las vacaciones de invierno en la salud de quienes cuidan - Getty

Todos los años, cuando llega julio, aparecen recomendaciones para "disfrutar las vacaciones de invierno": planes para hacer con los chicos, actividades, salidas y recetas para el frío. Pero para muchas madres, padres y cuidadores, este receso no siempre significa descanso.

La escuela se detiene, pero el trabajo sigue. También las tareas de la casa, las preocupaciones laborales o económicas y un nuevo desafío: organizar quién cuida a los chicos, sostener rutinas, acompañarlos y llegar al final del día con algo de energía. Especialmente cuando se trata de niños de hasta 12 años.

El cortisol no sabe que es feriado

Desde la endocrinología sabemos que el estrés es una respuesta natural del organismo que nos ayuda a adaptarnos a los desafíos cotidianos. Es un mecanismo poderoso que nos mantiene activos y alertas. El problema no es sentir estrés, sino que esa señal de alarma permanezca encendida durante demasiado tiempo. Eso es justamente lo que puede ocurrir en los adultos que atraviesan las vacaciones con chicos a cargo y sin una red de contención.

Cuando el cortisol permanece elevado de manera sostenida, el organismo empieza a manifestar señales que muchas veces se interpretan como un "cansancio normal". Aparecen irritabilidad, dificultad para dormir aunque el cuerpo esté agotado, menor tolerancia a la frustración, dolores musculares, alteraciones digestivas y una sensación constante de que la energía nunca alcanza. No se trata de falta de voluntad ni de "estar bajoneado": es una desregulación hormonal con causas, consecuencias y, sobre todo, posibilidades de abordaje.

El termostato emocional de la familia

La investigación en psiconeuroendocrinología muestra cada vez con mayor claridad que los niños son altamente permeables al estado emocional de los adultos que los rodean.

Según investigaciones de la Dra. Sonia Lupien, fundadora del Centre d'Études sur le Stress Humain de la Université de Montréal, los niveles de cortisol durante la infancia pueden verse influenciados por factores del entorno familiar, como el nivel socioeconómico y el estado depresivo materno. No hace falta que los adultos expresen lo que sienten en palabras: el tono de voz, la tensión corporal, la velocidad de los movimientos y la calidad de la atención son señales que los chicos decodifican con una precisión que muchas veces subestimamos.

Dicho de otro modo, el estado hormonal del adulto que cuida funciona, en gran medida, como el termostato emocional de toda la familia. Un padre o una madre con el cortisol elevado, aun con la mejor intención, no puede ofrecer la misma calidad de presencia que alguien cuyo sistema nervioso logró salir del estado de alerta. No porque no quiera, sino porque, cuando el organismo percibe amenaza, prioriza la supervivencia antes que la conexión.

Las señales que el cuerpo manda y solemos ignorar

Reconocer las señales de estrés en el propio cuerpo es el primer paso para intervenir. Un corazón acelerado sin causa aparente, tensión persistente en los hombros, ansiedad incluso en momentos de calma o una irritabilidad que sorprende al propio adulto son algunas de las alertas más frecuentes. Detectarlas a tiempo puede ayudar a evitar que el estrés se cronifique y derive en cuadros más complejos.

El sueño también es un indicador clave. Durante el invierno disminuyen las horas de luz y eso puede alterar el ritmo circadiano, afectar la producción de melatonina y desajustar el reloj biológico. Si a eso se suma una semana con rutinas desorganizadas —horarios cambiados, menos actividad física y una alimentación más irregular—, el sistema hormonal recibe señales contradictorias y puede responder con mayor fatiga, irritabilidad y menor capacidad para disfrutar.

Cuidar a quien cuida también es cuidar a la familia

La propuesta, desde mi especialidad, no es sumar una tarea más a la lista de obligaciones, sino comprender que cuidar el bienestar del adulto es una condición necesaria para que las vacaciones también sean disfrutables para toda la familia.

Algunas estrategias pueden hacer una diferencia:

  • Mantener horarios de sueño relativamente estables, incluso durante el receso, ya que la regularidad del ritmo circadiano es uno de los principales reguladores del cortisol.
  • Sostener alguna forma de actividad física. El movimiento es una de las herramientas más eficaces para metabolizar el cortisol circulante.
  • Buscar momentos reales de desconexión del trabajo y de las pantallas. El sistema nervioso necesita períodos de baja activación para recuperar el equilibrio.

Para madres, padres o cuidadores que además continúan trabajando durante las vacaciones, puede ser útil organizar turnos de cuidado con la pareja u otros integrantes de la familia, cuando sea posible, para que cada adulto disponga de un momento propio a lo largo del día. Ese espacio puede consistir en una caminata, unos minutos de respiración consciente, una práctica breve de mindfulness o simplemente una pausa para descansar. No se trata de desaparecer de la dinámica familiar, sino de generar pequeñas pausas reales que permitan bajar el nivel de activación.

También conviene recordar algo que solemos olvidar: no todo tiene que estar planificado. La improvisación, el tiempo sin estructura y hasta el aburrimiento compartido con los hijos tienen un valor biológico. Cuando el cerebro entra en un estado de descanso activo —sin agenda ni notificaciones constantes— aumenta la producción de oxitocina, una hormona vinculada al bienestar, la confianza y el vínculo con los demás. Esa es la que permite que un adulto esté realmente presente y no solo físicamente disponible.

Julio como oportunidad de reset

El estrés va a estar presente estas vacaciones porque forma parte de nuestra naturaleza. La diferencia está en cómo aprendemos a gestionarlo.

Entender que el organismo del adulto que cuida también necesita cuidado —que tiene límites, necesita descanso y responde biológicamente a las exigencias cotidianas— puede ser uno de los aprendizajes más valiosos que deje este invierno.

Porque los chicos no necesitan actividades perfectas ni agendas repletas de propuestas. Necesitan adultos presentes. Y para poder estar presentes, primero hay que haber podido descansar.