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¿Cómo reconfigurar la relación con los padres cuando nuestros hermanos se fueron a vivir lejos?

Ahora sos el único sostén presencial de tus viejos y sentís que todo recae en vos


Ilustración: Ariel Escalante

Ilustración: Ariel Escalante



“Me voy a vivir lejos”, tiró un día tu única hermana y, de golpe, todo se transformó. Cóctel explosivo de sentimientos y las mil preguntas por dentro. Pero, claro, mientras vos procesabas la data, miraste a un costado y los viste a ellos: tus papás, entendiendo que una de sus hijas se mudaba a unos cuántos kilómetros. Y ahí sí, explosión. ¿Qué hago? ¿Me tengo que hacer cargo de todo? A veces, sin pedirlo, te sentiste hija única. Seguro más de una vez deseaste los beneficios de ser la única y tener todo para vos. Pero ahora que te llegó, no sabés si va a estar tan buena la aventura. Todo lo divertido viene con una linda responsabilidad atrás: ser la reina absoluta también significa usar una corona pesada. ¿Qué onda? ¿Ahora “soy sola”?

El tablero de las dudas

Cuando hay un cambio en la familia, se reconfiguran los roles. Desde que nacemos nos acomodamos a un personaje y a “deberes y derechos” que tenemos ocupando determinado rol. La madre tiene uno, el padre otro, cada hijo el suyo (el mayor, el menor...). Pero cuando se modifica el sistema familiar, se reparte todo de nuevo. Ya no podés recostarte en la zona de confort en la que estuviste siempre, sino que adquirís otro rol. Pero esto, lejos de llenarnos de miedo, puede ser tomado como una experiencia nueva, un desafío que se nos presenta para empujarnos a crecer.
Cuando uno de los personajes familiares se desplaza, se mueven las piezas del tablero y quizás aparecés en un casillero en el que quizá no hayas estado nunca. De golpe, no sabés ni cómo se juega, pero ya estás ahí. La situación un poco te empuja a encontrarte con vos, con lo que significás en tu grupo familiar, observar tus fortalezas y debilidades y ponerte a armar de nuevo el rompecabezas de tu propia vida. El sacudón es fuerte y no impacta solo en el que se va, sino también en quienes se quedan.
El “me voy” de algún hijo y/o hermano suele ser un shock que noquea todas las estructuras. Los miedos se ponen la camiseta y empiezan a jugar como titulares. Lo primero que una piensa (más allá de la felicidad que siempre aparece por el progreso de quien amamos) es cómo será el futuro de quien se va, nos preguntamos mil cosas: si va estar bien, si va a necesitar algo, si va a poder resolver las situaciones que se le presenten estando lejos... Y en medio de la montaña de sentimientos, una de las cosas que seguro más nos preocupan es qué les va a pasar a nuestros padres con la idea de que un hijo se vaya lejos. Porque una, en su rol de hija, tiende a hacerse cargo del duelo de sus papás, de sus miedos, de sus preocupaciones, y hasta de enojos que pueden aparecer. Porque, más allá del amor, hay muchas familias que, frente a esta decisión, se pelean y dejan de hablar.

Somos los mismos... ¿o no?

Después de procesar la información, aparece la famosa presión. Es lógico que, al principio, aparezca esa sensación. Porque el minuto a minuto nos lleva a sentirnos así: cayó una noticia, tuvimos que readaptarnos, cambiaron los roles y quizás hasta haya un periodo de duelo. Pero después de eso nos reinventamos, de a poco. Es importante que tengamos presente que el hecho de que alguno haya tomado la decisión de vivir lejos no quiere decir que va a desaparecer. La familia no se reduce, los integrantes siempre van a ser los mismos, aunque algunas de las partes no estén presentes en el día a día. Que estén en otra ciudad o país no significa que hay que dejar de contarles cosas, todo lo contrario. Mandarles mensajes seguido y pedirles que colaboren en algunas cosas (por ejemplo, que saquen un turno médico online) es una manera de hacerlos sentir partícipes, útiles y de demostrarles que siguen teniendo su espacio y rol en el núcleo familiar donde cada uno, según su realidad, se ocupa de lo que puede. Tengamos presente que los que quedan acá también pueden tomarse “licencia” y correrse un poco de las obligaciones. La rutina propia puede ahogarnos y debemos saber dar un paso al costado y pedir ayuda, aunque esa soga venga de miles de kilómetros de distancia. No está mal que, de vez en cuando, se ocupe otro.

Padre, madre, tutor y encargado

Muchas veces escuchamos que, a medida que crecemos, nos convertirnos en padres de nuestros padres. Mientras ellos disfrutan del camino realizado, nosotros los seguimos de cerca y empezamos a ser su mano útil en bastantes cosas (la tecnología a la cabeza). Esto se da porque tenemos un gen latino (un poco italiano) que hace que seamos muy familiares y vivamos muchas cosas como un mandato. Es probable que se pongan más dependientes o surjan ciertas necesidades, pero hay que saber mantener algunos límites y entender cuándo es necesario ayudarlos o cuándo estamos cubriendo o haciéndonos cargo de cosas que no deberíamos. Muchas veces ni siquiera somos conscientes de que ellos pueden seguir haciendo un montón de cosas y resolviendo sus conflictos solos. Es clave ir midiéndose y tener la agudeza de entender si es necesario o no, si podés o no, porque quizá tu propia realidad necesite que te ocupes de vos y no que estés poniendo la energía y el foco en otros. Dale prioridad a tu crecimiento, a tus proyectos.

¿Quién es tu nueva red?

La siguiente etapa que puede pasarte es el megaconocido duelo (que puede llevar semanas, meses o años, depende de cada una, del vínculo que tenías con ese hermano y de cómo lo puedas transitar) y después viene el “¿y ahora cómo nos acomodamos?”. Porque ese sistema que funcionaba automáticamente cambia, se modifica el engranaje y una puede pensar: “¡Uy! Soy el único sostén de mis viejos, yo quedo a cargo de todo”. Sentís que vas a tener que atajar todos los frentes: desde sus angustias por el desarraigo hasta cosas cotidianas, como acompañarlos al médico. Es lógico y hasta normal que eso sea lo primero que se nos instala en la cabeza, pero debemos saber que tampoco todo es tan así. Pensemos en cuánto se “borraron” las distancias en los últimos años (si no lo teníamos claro, el covid nos lo puso enfrente de la cara). Hoy, gracias a las tecnologías, estamos muy conectados, muy cerca, sin importar la cantidad de kilómetros que nos separan. En el peor de los escenarios, el hijo que quedó acá va a tener que resolver las primeras horas, lo más urgente, pero después (más rápido de lo que una piensa) alguien nos va a asistir y no aparece como única opción tu hermana/o, también te vas a encontrar armando tu propia red, distinta a la de base: siempre hay cerca una tía, amigos de nuestros papás, vecinos... Es momento de empezar a observar con quiénes más contamos. Porque la familia base la tenemos preseteada, pero podemos abrir la ronda y hacerle lugar a una tía copada, a una vecina buena onda y, por ejemplo, dejarles copias de llaves por si las necesitamos. La “nueva” red la construís vos, depositás confianza, elegís buenas personas y armas ahí un vínculo de ida y vuelta. Ya sabés que contás con ellas. Solo no estás, eso seguro.

Nuevos puntos de encuentro

Casi sin notarlo, te encontrás yendo varias veces al aeropuerto: llega uno, se va el otro, viajás vos... La rutina se moldea al nuevo mapa. Te acostumbrás a estar lejos de tus padres cuando ellos se van de visita y te hacés cargo, tal vez, de regar sus plantas y chequear que la casa esté en orden por unas semanas (a veces, meses). Es otra de las reconfiguraciones que se dan, pero este tipo de vivencias están buenísimas para madurar, para aprender. Lejos de ser un problema, son situaciones que te fortalecen. La primera luz roja es “¿cómo voy a hacer?, ¡Qué estrés, qué fiaca!”. Pero si te sobreponés a eso y le sacás lo positivo, te chocás con lo bueno y divertido de todo esto: te ayuda a crecer, a madurar.
Una vez que pasamos todas las etapas lógicas, está bueno empezar a soltar, lograr entender que cada ser tiene su propio camino y elecciones de vida. Podemos cuidar al otro, acompañarlo, pero por elección, nunca por obligación. Tenemos que sacarnos de encima tanto mandato, porque, realmente, no le hace bien a nadie. Cada uno tiene que asumir sus responsabilidades y, en la medida en que podamos ayudarnos, ¡genial! Y si no podemos, no hay que sentir culpas o pensar que somos “malas hijas”. Busquemos esa red que nos acompañe, siempre hay amistades, parientes o vecinos dispuestos a darnos una mano para no sentir que cargamos con todo. Todo lo contrario: ayudemos a alivianar la mochila.
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