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Usá menos palabras

¿Cuántas veces convertimos lo que hacemos en una historia para contarle al mundo nuestras propias proezas? Te proponemos disfrutar del silencio y aumentar tu atención plena.




"Enjoy the silence", cantan los ochentosos Depeche Mode, como si fuera tan fácil. Pero no lo es. Repasá por un segundo cuáles son nuestras reacciones más comunes frente a la falta de palabras: un intercambio en un ascensor con un vecino se vuelve "incómodo" y necesita del "qué clima loco, ¿no?" para sostenerse, una cita con alguien es "aburrida" si no se lleva adelante con una catarata variada e ininterrumpida de temas de conversación, y hasta una reunión de trabajo puede sentirse como "improductiva" sin ellas.
Incluso hasta el "me quedé muda" habla casi siempre de nuestra falta de reacción, como si la única manera de responder frente a lo que nos pasa, lo que vivimos o lo que sentimos fuera utilizando palabras.
El silencio muchas veces asusta, incomoda y nos provoca cierta sensación de vacío, y si huimos de esto con charlas evitativas, mantenemos el miedo a enfrentar esa sensación , y es ese mismo vacío –al que tanto le temíamos– el que se cuela en nuestro discurso. Hablamos pero no nos escuchamos.
Secretos de redacción: es más, entre nos, cuando empezamos a cranear esta nota, el disparador era: "- palabras, + acción", queríamos hacer una nota sobre cómo salir del enrosque y, en cambio, moverte, hacer, decidir… Y la sensación general fue: "¡qué agotamiento!". El hacer está OK, pero también es clave estar, habitar, registrar, saborear, amar, verbos de la quietud y el silencio. Por eso, nuestra propuesta es "menos palabras", y punto.

Un detox de palabras

Podríamos empezar ahora mismo y tomar esta nota como un primer acercamiento a esta experiencia. Es casi paradójico pedirte que dejes de leer estas palabras, pero quizá puedas poner en práctica lo que estamos proponiendo antes de saber cuáles son los beneficios concretos para tu bienestar.
Paul Goodman fue un sociólogo y escritor estadounidense que en su libro Speaking and Language identificó nueve tipos de silencio, casi como formas bien diferentes de estar en el mundo. Porque no es lo mismo ese silencio mudo de cuando estás medio dormida o apática que el silencio fértil de la conciencia en el que emergen imágenes y sensaciones, o que el silencio que acompaña una acción muy concentrada, o incluso ese otro, atento y receptivo, que se activa cuando realmente estás escuchando al otro.
¿Cómo podemos crear un silencio amoroso, terapéutico y poderoso? Probá alguno de estos ejercicios antes de seguir leyendo:
  • Creá tu "refugio de silencio" en tu casa: quizá puedas vaciar un pequeño espacio de tu casa y volver a llenarlo ejercitando el "menos" y dejando ahí solamente objetos que te lleven a conectarte con vos, con la quietud, etc. No es necesario que sea un ambiente, sino un rincón que vos acondiciones para predisponerte a ponerte en mute. Si no disponés de espacio o vivís con mucha gente, otra idea puede ser despertarte un rato antes que el resto (o, si te cuesta madrugar, acostarte un rato después) y vas a notar una gran diferencia: cuando tu casa se aquieta y se calla, también puede aquietarse tu mente. Observá tu cuerpo y registrá los cambios que se producen. Algunas preguntas que podés hacerte son: ¿qué sensaciones nuevas descubrís? ¿Ante qué momentos te ves en la necesidad de refugiarte ahí? ¿Qué cambios notás en tu cuerpo y tu mente después de un rato de silencio?
Qué construye: genera satisfacción y te conecta con el "cosechar" de tu propia vida. Por otra parte, te obliga a dejar de buscar, desconectándote del "¿qué me falta?", del consumismo, de la avidez. También esto nos permite salirnos de las decisiones chiquitas que agotan los recursos de nuestro cerebro y que nos anclan en el sistema emocional del peligro y la acción.
  • Armá pequeños stops: para matar las oportunidades de seguir enganchadas demasiado tiempo en la acción. Cuando termines de hacer algo (no importa qué), registrá un instante de silencio para volverte presente. Esto que estamos diciendo no es nada más ni nada menos que el principio fundamental del mindfulness, o sea, parar, mirar y registrar, antes de seguir con la acción. Probalo varias veces durante el día.
Qué construye: más atención plena. Acostumbradas a ir tan a mil, obligarnos a hacer pequeños "recreos" para registrar a conciencia lo que estamos haciendo –desde tomar un vaso de agua hasta salir de la ducha y poder observar cómo queda nuestro cuerpo después del estímulo del agua y la limpieza–. Esos actos de conciencia nos detienen del acelere del día.
  • Hablá menos, escuchá más: no es necesario que hagas un retiro de silencio (aunque si te pudieras regalar un momento así, no lo dudes), pero tal vez en los intercambios que tengas con otras personas en el día de hoy podés ejercitar conscientemente el hablar menos, quizá solo lo necesario. Y agudizá tu escucha. Prestá atención al lenguaje –y no solo el verbal– de los demás, porque ya sabemos bien que la comunicación también pasa por el cuerpo, los gestos e incluso los silencios.
Qué construye: soltar el poder, el control y la dependencia que te da la palabra. Pensá que, por lo general, siempre el que habla más tiene más poder. Y quienes escuchan, sin quererlo, ponen su mente al servicio de ellos. Es una especie de sometimiento normal y benigno, casi como decirle al otro "te regalo mi escucha". Y un entrenamiento genial para dejar de lado nuestro propio ego y poner nuestra conciencia al servicio de los otros.
  • Entrená tu poder de contemplación: cada tanto, hacé algunas caminatas silenciosas por la ciudad, sin auriculares, y enfocá tu atención en las sensaciones: el otoño y el invierno tienen imágenes muy sensibles –el caer de las hojas, su paleta de colores, el sonido del viento, la sensación de las gotas de la lluvia sobre la piel...–.
Qué construye: más conciencia de la complejidad y la multisensorialidad de las situaciones, que muchas veces simplificamos por el efecto de la repetición o la cotidianeidad. Damos tanto por sentado que, a veces, experiencias que pueden ser enormes las volvemos chiquitas. Contemplar, sin hablar y sin rodearte de otros estímulos simultáneos, te permite entrar a otra dimensión de las experiencias. Permitite recibir otras noticias del mundo.
  • Revisá tu propio "relato": ¿cuántas veces convertimos lo que hacemos en una historia para contarle al mundo nuestras propias proezas? Las redes sociales son una prueba muy contundente de este fenómeno de "editorializar" nuestra vida. A veces, hay que poner un cuidado extra en lo que estamos afirmando y diciendo de nosotras mismas, porque seguramente no sea lo único que te está pasando. ¿Qué le estás comunicando al mundo en tus redes? ¿Está en sintonía con lo que estás viviendo y sintiendo? ¿O estás "fabricando" alguna ilusión para excitar tu costado más narcisista? ¿Qué pasaría si decidieras "silenciar" tus redes durante un rato –ya sea para publicar lo tuyo o para consumir la vida de los otros?
Qué construye: menos "ruido" y menos tiempo dedicado a editar y embellecer lo que te pasa, con esa falsa sensación de estar "conservándolo" para siempre, y más tiempo y recursos para vivirlo y saborear la experiencia.

sssshhhhhhhhh...

Bajar el volumen de la vida cotidiana nos inspira a acallar nuestros propios "relatos". Los que construimos incluso sin darnos cuenta: fijate la cantidad de veces que no sabemos si un recuerdo es como lo vivimos o como lo fuimos contando. Entonces se nos abre a una nueva dimensión más real y menos adornada, más nuestra.
La palabra es una gran "dibujadora de realidades", que muchas veces achata y simplifica, nos encierra y nos deja con sabor a poco. Hay momentos asombrosos en los que las expresiones no llegan, no alcanzan, solo cabe una inhalación bien profunda y un suspiro. Incluso, el amor no puede ponerse en ningún término, ni siquiera son suficientes las metáforas ("te quiero hasta el cielo", ponele) y la poesía. Cuando estamos realmente conectadas con nosotras y los otros, la comunicación sucede de corazón a corazón, en otro plano, menos burdo: más complejo y profundo. Sin embargo, cada momento de nuestra vida podemos proponernos un silencio restaurador. Esto recién empieza, ahora te proponemos un viaje para habilitar ese apacible y sabio universo de la "nada" misma. Porque cuando aprendés a callar, es la vida la que empieza a expresarse.
Y como dicen los Depeche: enjoy...
Cerrá tus ojos, ahí donde estés.
Sentí tu respiración. Inhalá y exhalá.
Dejá que haya pensamientos, están OK, no los resistas.
Sé compasiva con vos misma, no te esfuerces, perdonate, no te exijas, solo estate ahí, con los ojos cerrados.

Big talkers vs. small talkers

El temperamento también influye a la hora de relacionarnos con las palabras. Por lo general, las personalidades extrovertidas hablan más por default, pero es porque "piensan" mientras hablan, y utilizan la mente y el feedback del otro para relacionar ideas y elaborar nuevos conceptos. Los vas a reconocer también porque son aquellos que suelen ser más hábiles en el armado de "narrativas" sobre sus propias vidas y que especialmente, en los momentos más difíciles o conflictivos, necesitan hablar, contar y expresar –una y mil veces– lo que les pasa, porque ellos encuentran en las palabras una manera para transitar y digerir mejor lo que les duele.
En cambio, los temperamentos más introvertidos –los tímidos o las personalidades más sensoriales– tienen una mente que se regodea más en el conectar sus propias sensaciones internamente, que prefiere ocultar detrás de un sutil y cuidado "manto de silencio" sus emociones más profundas. •
Y vos, ¿identificás a qué grupo pertenecés? Y entonces, ¿qué te dice tu silencio hoy? Leé también: Miss Stalker, ¿cuánto investigás antes de tu primera cita? y Vivo sin generar basura
Experta consultada: Lic. Inés Dates, nuestras psicóloga
Maquilló y peinó Denise Logusz para Estudio Sebastián Correa. Agradecemos a Vitamina y Las Pepas por su colaboración en esta nota.

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