Las bajas temperaturas, el viento y la calefacción ponen a prueba la barrera cutánea. Una dermatóloga explica por qué el invierno no es momento para abandonar el skincare y comparte los hábitos que realmente ayudan a mantener la piel sana.
Con la llegada del invierno también cambian muchos de nuestros hábitos. Pasamos más tiempo en interiores, tomamos duchas más calientes, usamos agua a mayor temperatura para lavarnos la cara y, muchas veces, simplificamos la rutina de skincare porque creemos que la piel "descansa" al no estar tan expuesta al sol. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: el invierno es una de las estaciones en las que la piel más necesita cuidados.
La sequedad ambiental, el viento, los cambios bruscos de temperatura y la calefacción alteran la barrera cutánea, favoreciendo la deshidratación y la sensibilidad. El resultado suele ser una piel más tirante, opaca, con descamación o incluso con brotes de afecciones preexistentes.
"La tentación de abandonar algunos pasos de la rutina es muy común, pero bajar la guardia con la piel en invierno es el error que más veo en el consultorio", explica la dermatóloga Leisa Molinari, especialista en cáncer de piel y cirugía micrográfica de Mohs.
¿Por qué el frío afecta tanto a la piel?

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Aunque muchas personas asocian el daño cutáneo exclusivamente con el verano, el invierno también representa un desafío importante para la salud de la piel.
Según explica Molinari, las bajas temperaturas reducen la actividad de las glándulas sebáceas, encargadas de producir el sebo natural que funciona como una película protectora. Ese manto lipídico ayuda a retener el agua y protege frente a las agresiones del ambiente.
Cuando esa barrera se altera, la piel pierde agua con mayor facilidad y aparecen los signos clásicos de la temporada: tirantez, picazón, descamación, rojeces e irritación.
A esto se suma otro enemigo silencioso: la calefacción. Aunque brinda confort, también disminuye la humedad del ambiente y acelera la deshidratación de la piel. El contraste constante entre el frío exterior y los espacios calefaccionados tampoco ayuda, ya que genera un estrés adicional sobre la barrera cutánea.
La hidratación deja de ser un paso opcional
En invierno, la hidratación pasa a ocupar un rol central. No se trata solamente de que la piel luzca más luminosa, sino de mantener su capacidad para protegerse.
"Una piel deshidratada no solo se ve opaca y tirante, sino que también pierde su capacidad de defenderse frente a agentes externos, lo que puede desencadenar o agravar condiciones como la dermatitis, la psoriasis o la rosácea", explica la especialista.
Por eso, durante esta época del año suele ser conveniente reemplazar las texturas livianas del verano por fórmulas más nutritivas y con mayor capacidad para retener agua.
"La recomendación que doy siempre es elegir una crema más densa que la que se usa en verano, aplicarla inmediatamente después del baño y no olvidar las zonas que solemos descuidar, como las manos, las rodillas, los codos y los labios", aconseja Molinari.
Las manos merecen un capítulo aparte. Entre el lavado frecuente y la exposición al frío, suelen ser una de las primeras zonas en resecarse. Llevar una crema hidratante en la cartera y reaplicarla varias veces al día puede marcar una gran diferencia.
¿Las duchas calientes hacen mal?

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Después de un día de bajas temperaturas, pocas cosas resultan tan tentadoras como una ducha muy caliente. Sin embargo, para la piel no es la mejor opción.
El agua a temperaturas elevadas elimina parte de los aceites naturales que protegen la superficie cutánea y favorece la pérdida de hidratación.
"El agua caliente de la ducha, aunque resulte reconfortante, reseca aún más la piel. Lo ideal es bajar un poco la temperatura y limitar el tiempo de exposición", recomienda la dermatóloga.
Una buena estrategia consiste en finalizar la ducha, secar la piel con pequeños toques —sin frotar la toalla— y aplicar inmediatamente la crema hidratante para ayudar a retener la humedad.
El protector solar sigue siendo obligatorio
Quizás uno de los errores más frecuentes del invierno sea guardar el protector solar hasta el verano siguiente.
Sin embargo, los rayos UVA continúan presentes durante todo el año y son responsables de gran parte del envejecimiento prematuro, además del daño acumulativo que puede favorecer la aparición de lesiones cutáneas.
"Los rayos UVA están presentes durante todo el año, independientemente de la temperatura o de si hay nubes. Atraviesan los vidrios, llegan a la piel en el auto, en la oficina, en la casa. La radiación solar no descansa en invierno", enfatiza Molinari.
Por eso, recomienda utilizar un protector solar con FPS 30 o superior todos los días como último paso de la rutina de la mañana, incluso cuando el cielo está nublado o la mayor parte de la jornada transcurre en interiores.
Menos productos, mejores resultados
Las rutinas con muchos pasos pueden parecer atractivas en redes sociales, pero no siempre son las más efectivas.
Para Molinari, la clave está en construir una rutina sencilla que realmente pueda sostenerse todos los días.
Durante el invierno recomienda mantener cuatro pilares: una limpieza suave por la mañana y por la noche, una crema hidratante adecuada al tipo de piel, protector solar de uso diario e ingredientes activos que aporten beneficios específicos, como la vitamina C —por su acción antioxidante— o el ácido hialurónico, reconocido por su capacidad para atraer y retener agua.
"Si la piel es muy sensible o reactiva, menos es más: simplificar y ser constante siempre supera a las rutinas extensas e incumplidas", asegura.
También destaca la importancia de consultar con un dermatólogo antes de incorporar activos potentes o realizar tratamientos que no estén indicados para cada tipo de piel.
El mejor momento para algunos tratamientos
El invierno también ofrece una ventaja: la menor exposición al sol convierte a estos meses en una excelente oportunidad para realizar procedimientos dermatológicos que durante el verano requieren mayores cuidados.
Peelings químicos, tratamientos con láser o procedimientos destinados a mejorar manchas, cicatrices y signos de envejecimiento suelen indicarse con mayor frecuencia durante esta época del año porque disminuye el riesgo de hiperpigmentaciones y otras complicaciones asociadas a la radiación solar.
Por eso, julio y agosto suelen ser meses ideales para consultar con un especialista y planificar tratamientos personalizados.
Un hábito que también es salud
Más allá de la estética, cuidar la piel es una forma de prevenir enfermedades y preservar su correcto funcionamiento.
"El invierno no es una pausa en el cuidado de la piel, sino una oportunidad para consolidar hábitos, tratar lo que el verano dejó pendiente y preparar nuestra piel para cuando el calor regrese", concluye Molinari.
Y deja una reflexión que resume la importancia de sostener estos cuidados durante todo el año: "La piel tiene memoria, todo lo que hacemos —o dejamos de hacer— hoy se verá en los próximos años. Por eso, cuidarla no es una cuestión de vanidad, sino de salud".
Belén Sanagua Es periodista, locutora y Licenciada en Comunicación Audiovisual. Se desempeña como subeditora de la web editando moda y beauty aunque, además, escribe para otras secciones.













