Julia Kornberg saluda y, enseguida, aparece su hijo en cámara. Estamos hablando por videollamada y durante unos segundos la entrevista se mezcla con la vida cotidiana: hay algunos intercambios en inglés, a pedido de su mamá el pequeño saluda, cruzan unas palabras entre ellos y después se va con su papá. Julia ahora sí está para la conversación para hablar de literatura, de familias, del ser joven en este tiempo incierto y, sobre todo, de esa sensación de no saber muy bien hacia dónde ir que atraviesa su novela.
Julia vive en Nueva York desde 2017 y acaba de publicar en Anagrama una nueva versión de Atomizado Berlín, una novela que había salido originalmente en 2021, en la editorial de La Plata Club Hem, y que después fue traducida al inglés.
La historia presenta a los hermanos Goldstein, una familia de clase alta que crece en el Nordelta de comienzos de los 2000, rodeada de privilegios, pero, también, de un fuerte abandono afectivo. Cada uno busca su propia forma de escapar de una vida que parece estar resuelta de antemano; la misma que los agobia. El viaje los lleva de Buenos Aires a una Europa en crisis y a un futuro cercano atravesado por guerras, catástrofes climáticas y el derrumbe de las certezas.
En la charla con OHLALÁ!, Kornberg habla de su propia decisión de irse del país, del origen de los Goldstein, del privilegio como una posible trampa y de una generación que, según dice, creció sin una idea clara de futuro. También reflexiona sobre la literatura y su desafío de competir con la velocidad de las pantallas.

-¿Cuánto hace que vivís afuera? ¿Por qué te fuiste?
-Desde 2017. No sé muy bien por qué me fui, en realidad. Yo estaba estudiando Letras en Puan, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y medio como un poco por ganas de experimentar otra cosa, un poco lo que Mariano Siskind llama "deseo del mundo", como ganas de ver otra forma de estudiar la literatura.
Conocí una chica en Buenos Aires que tenía, no sé, 10 años más que yo, o sea, tenía mi edad ahora, y había estudiado en esta facultad que se llama Sarah Lawrence College, que daba cursos de literatura en inglés. Yo tomé varios, me interesaba quizás otro encare a los estudios académicos.
Yo dije en ese momento: "Me gusta cómo piensa ella". Realmente pienso ahora en mi yo de 20 años y digo: "Qué poca noción de lo difícil y arduo que es mudarse sola al extranjero sin amigos, sin familia, sin nada". Y apliqué solamente a la universidad a la que había ido esta chica, que se llama Sarah Lawrence, y dije: "Bueno, si me dan una beca lo suficientemente generosa como para que yo me pueda ir sin poner en bancarrota a mis padres, me voy". Me dieron una beca, por suerte, muy buena, y me fui.
Sin pensarlo y sin tener como estos grandes momentos dramáticos que uno tiene cuando se va al exterior. Yo en ese momento no entendía del todo lo que estaba haciendo.
Sí siempre había tenido ganas de formarme afuera, de vivir en el exterior, me parecía interesante y creo que también estaba un poco harta de vivir con mis padres y me daba cuenta de que no me podía ir a vivir sola porque no tenía un trabajo que me permitiera eso. Daba clases y tenía changas, pero no tenía un trabajo real.
Y dije: "Bueno, pero si no me puedo ir a vivir sola, puedo irme afuera y solucionar las dos cosas". Y entonces me fui. Al principio eran dos años, después entré al doctorado, entonces me quedé a terminar el doctorado y ahora me casé, tuve un hijo y estoy como medio instalada acá ya, en Nueva York.

-Julia, tu novela, Atomizado Berlín, ya había sido publicada antes: ¿cómo fue esto de reeditarla y por qué?
-La novela salió en 2021 con una editorial muy chiquita de La Plata, muy buena, que se llama Club Hem. Después, en 2024, se publicó en inglés con una editorial de acá de Estados Unidos que se llama Astra.
Yo hice la traducción con un amigo que se llama Jack Rockwell y un poco la novela cambió en traducción. Mi editora me dijo: "Bueno, tomemos esto como tu debut" y trabajemos en la prosa, trabajemos en la narrativa y hagamos una novela que es la misma novela, pero un poco nueva.
Entonces, como que ese producto terminó de prepararse en 2024 y después, cuando la novela había mutado un poco y había quizás madurado más el texto, se publicó en castellano de nuevo, en Anagrama.
-¿Recordás cuál fue la génesis de la novela? ¿Por qué empezaste a escribirla? Porque es un universo que no sé si tiene que ver con vos, pero esta idea de una familia de clase alta, los jóvenes que quieren irse a Europa, y plantear después un futuro casi distópico. ¿En qué momento surge eso y cómo fue esa idea de llevar la historia tan lejos, tan lejos de Argentina?
-La novela viene de muchos lugares, en realidad. No tiene nada que ver conmigo, ojalá yo tuviera la vida que tienen los Goldstein (se ríe). Pero me parece que jugar un poco con la clase alta sí tiene que ver con una experiencia que yo tuve muy de cerca, que es que mis padres son psicólogos y el consultorio que ellos tenían lo tenían en mi casa. Entonces, el primer piso estaba dedicado a sus pacientes y el segundo y el tercero eran nuestro hogar.
Y, en general, trataban con personas más bien de la clase de los Goldstein. Entonces, si bien yo bo me crié en Nordelta, me crié en Colegiales, en una familia de profesionales, nada que ver con su mundo, sí siempre sentí que tenía como un acceso a eso, literalmente a la psicología de las clases altas, ¿no? Y por otro lado, como fui a un colegio donde había de todo, había gente como yo y gente que era como, bueno, el sobrino de equis político o gobernador, entonces también siento que mi experiencia de vida sí tuvo que ver con, medio como siglo XIX, ¿viste? Jane Austen, que tenés a los personajes de las hermanas Bennet, que son como re clasemedieras, que se juntan con gente de una superclase alta...
Yo siento que tuve un poco esa experiencia y me divertía... Yo siempre pensé en la literatura desde un lado muy político; no sentía que pudiera escribir, por ejemplo, sobre las clases trabajadoras, a las cuales no tenía un acceso por mi experiencia, no, nunca tuve. Y me parecía que era más divertido y también un poco más desafiante escribir sobre las clases altas.
Y burlarse y al mismo tiempo ser empático, porque uno... O sea, yo empecé a pensar como que quizás es una sátira y al final me quedó un poco una sátira y un poco también como que te terminás amigando con estos personajes, no es que los denosté ni me burlé de ellos todo el tiempo. Y ese ejercicio me gustó.
Después, la cuestión de la voz surgió un poco como un rechazo a la literatura del yo, como con ganas de jugar con esta cuestión testimonial que se estaba trabajando mucho, pero desde justamente algo totalmente contrario a lo mío. Y yo estaba en ese momento viajando en Europa y en Israel y empecé a escribir las partes del futuro.
Como que empecé con el capítulo de Gaza en Tel Aviv, desde un lado como muy crítico de lo que yo ya veía que estaba pasando y que explotó y que se volvió mucho más terrible en la medida en la que fueron pasando los años. Y después escribí todos los capítulos de Europa así, de viaje, en hostels, en cafés, en trenes, y cuando volví a Buenos Aires ese verano del 2016/2017 escribí los capítulos que pasan en América del Sur, en Argentina y en Uruguay.
Entonces fue como medio un ejercicio a la inversa, ¿no? De empezar por el futuro y después tratar de reconstruir cómo era el pasado generacional de esta familia. El tema de la distopía, que ni siquiera sé si es una distopía o una exageración de nuestro presente, nació naturalmente. Hay gente que me decía que yo había predicho en la novela cosas del futuro y como que yo siento que no predije nada, todas las catástrofes que pasan en el futuro imaginado de Atomizado Berlín, en alguna forma ya están contenidas en ese 2001 que casi no se narra, pero que está muy presente, que es medio como el fantasma de la novela.
-Pensando en los hermanos Goldstein, en esa hermandad entrañable también, que nacieron en Nordelta, en un universo de privilegio, pero que eso no es garantía de felicidad ni mucho menos. ¿Te interesó plantearlo así para pensar esa contradicción?
-Sí, total, total. Me parece que en el caso de los Goldstein también es medio una maldición ser tan privilegiado, ¿no?
Una de las cosas que me interesaba, en esto que me preguntabas del génesis, era narrar una familia mediocre, como de cierta mediocridad, y a pesar de que Nina y Jeremías sí tienen como pequeñas vidas artísticas después en Europa, a mí me da la sensación de que estos mismos personajes, con su misma inteligencia y su misma curiosidad de intereses, podrían haber tenido un destino mucho más afortunado de haber tenido menos dinero, ¿no? Y de haber tenido que realmente trabajar para la vida que ellos querían.
Y sin embargo, como no es su caso, como tienen tantos privilegios, creo que quizás hay algo del espíritu que se te apelmaza y que, salvo que tengas una, no sé, quizás Victoria Ocampo y tengas un montón de dinero, pero también una libido muy alta y con muchas ganas de producir, es muy difícil salir de eso.
Creo que realmente para ellos es un problema más que una fuente de solución y que creo que sus padres están muy desdibujados en la novela, por lo menos eso yo lo imaginé en su momento. Creen que el dinero suple la presencia paternal. Como que si el tener plata y suficientes empleadas domésticas y niñeras, supliera la tarea de criar a sus hijos. Y los jóvenes sufren mucho de ese abandono paternal y maternal y es lo que les causa esto de tener que tratar de encontrar su lugar en el mundo ellos solos.
-En la novela mencionás, ¿a dónde huir? Como que los personajes tienen la posibilidad de irse, el dinero para irse, pero no es como que no pueden escapar de sí mismos. ¿Esa idea de la huida estuvo presente en vos?
-Sí, sí. Bueno, yo lo encaré mucho también desde el tema judío. Desde una diáspora y de la idea de que uno siempre, como que las generaciones judías siempre van cambiando de lugar. Mis abuelos vivían en el campo de Entre Ríos y yo ahora vivo en Nueva York; es muy bizarro eso.
Creo que los Goldstein tienen esto que vos captaste muy bien, que es como hay una suerte de meseta del espíritu en la juventud ahora, que ellos sufren y que yo creo que ellos se van afuera buscando una experiencia y un encuentro con Europa, la política, la historia que les devuelva esa forma como de aferrarse a la vida, ¿no? De tener como algo más que estar en Nordelta, no sé, ahora sería mirando TikTok. Y ellos huyen buscando eso, buscando como una experiencia vital, me parece. No sé si pueden encontrarlo o no, eso me lo dirás vos.
-Me quedé pensando en lo generacional y lo que mencionabas de Victoria Ocampo: tenían otra red, ¿no? Estaba Borges, Bioy, estaban en un contexto de creación, de mucha potencia de ideas, de pensar el mundo. Ahora te da la sensación de que ellos se van, pero porque sienten incomodidad frente al privilegio, y no saben muy bien qué hacer con sus vidas. También hay como una especie de crítica o de frivolidad, incluso cuando Nina descubre que puede ser artista y medio que hay una broma ahí...
-Sí, completamente. Bueno, es muy cierto que el Buenos Aires de Victoria Ocampo, de Borges y de Bioy era otro y quizás solamente en ese momento estar en Buenos Aires era suficiente para ser parte de un mundo cultural y artístico súper interesante.
Ahora también hay un montón de cosas que pasan en Buenos Aires, pero yo creo que quizás ellos en Buenos Aires estaban muy marcados por las vidas de sus padres y por el mundo que se les había sido dado. Hay algo de estar en el extranjero para cierto tipo de personaje, que me parece que los Goldstein son eso, que simplemente te justifica la existencia, que vos podés estar, como Nina, haciendo arte. No sabemos si el arte de Nina es bueno, yo arriesgaría a decir que no. Como muy de la autorreferencialidad, un poco frívolo. Nina no es que tiene como un deseo de ser artista desde el primer momento de su vida, le sucede porque se da cuenta de que es una forma de justificar su existencia.
Y Jeremías también, los dos a su modo como que terminan haciendo en Europa, casi resignados, te diría. Yo lo contrasto mucho con mi experiencia, que es mucho más precaria que la de ellos. Uno tiene que laburar si quiere ser escritor, artista, músico y a ellos como que les va pasando, les va pasando y ellos aceptan ese destino de manera casi pasiva.
Al mismo tiempo tienen un vínculo como de espectadores, ¿no? De esas tragedias que van sucediendo en Europa, ellos están alrededor, pero no están en el centro, que es un poco lo que les pasaba en Argentina con el 2001.
-Sí, me parece que hay como una mirada irónica también sobre ese idealismo político de los jóvenes que se transmite en la novela, porque hay un compromiso y no...
-Sí, sí. Y perdoná el lenguaje, pero sin los huevos para hacerlo. Como siempre comprometidos a medias y eso es muy una experiencia que les pasa a los jóvenes ricos, los chicos ricos que tienen tristeza. Como que se meten porque sienten que eso les da como cierto paraguas de aceptación social, pero que no tienen que hacer nada a fondo. Y, en última instancia, por eso terminan teniendo vidas que, siempre, si bien ellos están buscando todo el tiempo algo más, quizás se quedan como con sabor a poco.
-Pensaba la idea de futuro: yo soy mucho más grande que vos, tengo casi 50 años y tenía una idea de futuro que no la veo en las generaciones de hoy. ¿Qué pensás vos en relación a la idea de futuro de los jóvenes de tu edad o de los protagonistas de tu novela?
-Sí, mirá, me arriesgaría a decir que no hay una idea de futuro y que por eso es un problema que a mí me interesa y me obsesiona tanto. (Se queda en silencio unos segundos) Lo estoy pensando, ¿eh? Porque me parece súper interesante y súper importante. Las generaciones anteriores tenían una idea de futuro y tenían también una idea muy clara de presente. Ahora siento que estamos como medio descolocados y medio desconectados de lo que pasa alrededor nuestro y que me parece que eso también se condice con una falta de idea de futuro.
Creo que es difícil para ellos y por eso están tan a la deriva, como que el futuro es un lugar tan incierto...
Yo como que siempre trato de escribir desde lugares de cierta idealización y tratando de imaginar un futuro un poco más luminoso, pero cuando voy a la página a tratar de imaginar un futuro luminoso, me salen estas cosas que son todo lo contrario (se ríe).
-La tuya es una novela muy de este tiempo. ¿Qué imaginás o qué te gustaría que les pase a los jóvenes que te lean?
-especto de esto del futuro que hablábamos creo que en mi generación tenemos este gran peso, que es "vamos a vivir peor", o sea, ya estamos viviendo peor que nuestros padres y al mismo tiempo tenemos un montón de cosas solucionadas. Un poco por el ascenso social de nuestros padres, pero también por una cuestión de que el mundo es mucho menos escabroso en este momento. En el sentido de que yo no crecí en una dictadura, siempre hubo libertad de expresión, nunca tuve miedo de que me desaparecieran en la calle, eso está buenísimo.
Pero por otro lado hay una sensación de eso como lo que dice Fukuyama de que el fin de la historia sucedió en 1989 y después de eso como que entramos en una vorágine de declive neoliberal.
A una persona joven, no sé si me interesa tanto que se sienta representada, pero me gustaría que algo de la prosa y del espíritu de la novela, si no le llega, al menos la entretenga. Lo de sentirse como un poco contenido.
Me parece que un gran desafío hoy para los que escribimos es tratar de negociar calidad literaria con la posibilidad de entretener y de que un libro a alguien le guste y lo enganche y que lo pueda terminar. Y en ese sentido, ya que alguien lea el libro y que no lo abandone a las 15 páginas, para mí sería una victoria.
-Claro, porque aparte se lee mucho menos y todo mucho más fragmentario y muchas veces con la interferencia del teléfono...
-Total, total. Bueno, y en ese sentido, como para mí es una victoria que alguien lea un libro porque el libro es este momento de como tanto salto cognitivo de estar en el celular y de un lenguaje de internet que es exagerado y poco cuidado y es tan déspota, quizás los tiempos de la literatura son demandantes y justamente por eso son enriquecedores, incluso si no te gusta el libro o si te parece que ese mundo no es interesante ya estar leyendo un libro, estar sentado, viendo más de 140 caracteres concatenados, me parece una victoria.
-Por último, ¿por qué Nina tenía que terminar en Berlín?
-Esto no lo dice el libro, pero tiene que ver con que los Goldstein son judíos alemanes y ella va a Berlín en ese sentido buscando como otra utopía posible en la Berlín de la que se fueron sus abuelos o bisabuelos y obviamente no la encuentra. También Berlín a mí me interesaba porque tiene todo esto, hablando de utopías y distopías, tiene como un imaginario utópico vinculado a lo que pasa después de la caída del muro, de esta Berlín donde podías ser artista, donde podías vivir con muy poca plata, donde podías en última instancia nunca abandonar tus deseos de juventud: podías tener hijos, podías casarte, pero siempre ibas a ser como un poco joven. Y yo creo que Nina va buscando eso.
Y ahora que lo pienso también tiene esto que te decía de Fukuyama: la idea de que si el mundo, la historia, medio se terminó después de la caída del muro, lo que viene después es esta atomización de la experiencia que ellos sufren.
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.






