Hay una escena que está en el origen de Ellas, historias breves y no tanto de mujeres como vos (Random House) y que, de algún modo, explica todo el libro. Un día, Viviana Rivero le preguntó a su hermana, voraz lectora, qué estaba leyendo. La respuesta la sorprendió: le dijo que el teléfono y las redes sociales le estaban sacando el tiempo y la energía de leer.
Rivero, escritora, un ícono de la novela histórica y del realismo romántico, lejos de sentirse vencida, asumió el desafío: pensar en una literatura diferente, relatos breves que pudieran leerse incluso en tiempos atravesados por la velocidad y la dispersión, que afecta a todos (lectores inlcuidos).
Según cuenta a OHLALÁ!, café de por medio en Buenos Aires, en un viaje que en breve la lleva a México, primero imaginó microrrelatos. Después entendió que necesitaban más espacio. Así llegaron cien historias de una a tres páginas que tienen un hilo común: mujeres contando sus experiencias, sus momentos dulces y amargos, sus dolores, sus intuiciones y también sus formas de volver a empezar.

La escritora cordobesa, autora de novelones como Secreto bien guardado y Apia de Roma, decidió esta vez correrse de la ficción tradicional para trabajar con historias reales y breves. “No quería que sean inventados, quería que sean reales, para que no me corrieran por ese lado”, dice. Quería, además, que aparecieran voces diferentes: “Una chica de 20 años, una mujer de 70. Quería que me cuenten todas ellas”.
La convocatoria empezó entre amigas y después se amplió a mujeres que conocía por su trabajo, a lectoras e influencers. La pregunta era sencilla: “¿Me contarías algunas cosas dulces que te deben pasar por ser mujer y algunas cosas amargas?”. Las respuestas comenzaron a llegar en cantidad. Algunas fueron audios, otras relatos escritos. Y de ese intercambio nació el libro.
Mujeres reales, historias diversas
En Ellas, Rivero reúne historias muy diferentes entre sí. Algunas son dramáticas; otras tienen humor. Hay relatos de abuso, de separaciones, de maternidad, de intuición y de vínculos. También hay historias que recuperan hitos protagonizados por mujeres a lo largo de la historia.
Una de las que más la impactó fue la de Annette, una joven alemana que, trabajando en una empresa, tuvo que atender a un jeque que llegaba para cerrar una operación millonaria. El hombre intentó “comprarla” y, al terminar la jornada, ella llegó a su casa y se puso a llorar. No solo por la situación, sino porque sintió que los hombres que estaban a su alrededor tampoco habían sabido defenderla como mujer.

“Me pareció interesante. Y al mismo tiempo tiene su peso en lo que ella sintió”, cuenta Rivero. El episodio condensa una de las preguntas que atraviesan el libro: qué significa ser mujer en diferentes contextos y cómo ciertas situaciones, incluso aquellas que desde afuera podrían parecer menores, pueden dejar una marca profunda.
También hay historias que exploran lo que Rivero llama intuición femenina. Una de ellas cuenta la historia de una mujer que conoce a un hombre que le gusta, pero que le resulta inquietantemente parecido a su padre. Después de investigar, ambos descubren que son hermanos biológicos.
“Ella decía: ‘No, con ese no’. A mí me gustaba, me decía, pero algo le decía que no”, relata la escritora.
Más allá de la anécdota, Rivero encuentra allí una forma de percepción que le interesa reivindicar: “La mujer intuye. Es algo más fino, una forma más fina de percibir determinadas cosas”.
“Las mujeres nos potenciamos cuando estamos juntas”
Uno de los grandes temas que aparecen en Ellas es la amistad entre mujeres. Para Rivero, escuchar esas historias también fue una manera de comprobar algo en lo que cree desde hace tiempo: la capacidad de las mujeres de sostenerse y potenciarse entre sí.
“Creo mucho en eso de que nos potenciamos cuando las mujeres estamos juntas”, dice.
Y encuentra una imagen que resume buena parte de su mirada: la mujer que atraviesa un duelo, una enfermedad, una separación o una crisis y, después, vuelve a construir. “No importa lo que haya pasado, la mujer vuelve a construir”, sostiene.
No necesariamente se trata de volver a enamorarse. Puede ser algo mucho más cotidiano: “Bueno, estoy mejor. Compro flores para el centro de la mesa. Voy a poner este cuadrito”.
Para Rivero, allí hay una forma de resistencia. Después del dolor, aparece la posibilidad de reconstruir una vida.
Una mirada feminista que viene de lejos

Aunque Ellas es su libro más explícitamente construido alrededor de las voces femeninas, Rivero sostiene que la mirada feminista está presente desde el comienzo de su obra.
“Yo siempre he sido bastante feminista”, afirma. Pero rápidamente aclara qué entiende por feminismo: “No nos dividamos. No tenemos que dividirnos. Lo que tenemos que pedir es libertad”. Y suma: “Igualdad de oportunidades con los varones también”.
La postura no es nueva en su literatura. Cuando publicó Secreto bien guardado, en 2010, su protagonista era una mujer fuerte que atravesaba distintas dificultades, volvía a empezar y fundaba una empresa naviera.
“En ese momento la novela histórica era una mujer virginal, sin experiencias de nada, con un hombre que lo sabía todo”, recuerda. Su protagonista iba en otra dirección. “Todas mis novelas han sido mujeres fuertes”, señala.
Por eso, para Rivero, Ellas no representa un quiebre respecto de lo que venía escribiendo. Es, en todo caso, una nueva forma de hablar el mismo idioma. “No cambié de idioma con este libro. Es el mismo idioma, solo que ahora es actual y todo es real”, explica.
Del romance rosa al amor real
Rivero también se resiste a que la etiqueta de novela romántica implique una mirada edulcorada sobre el amor. Sus historias tienen vínculos amorosos, pero no necesariamente finales perfectos ni decisiones tomadas exclusivamente por amor.
“El amor siempre es igual”, dice, aunque enseguida introduce un matiz: la manera en que las mujeres viven ese amor sí cambió.
Para ella, una mujer actual puede amar profundamente y, al mismo tiempo, decidir no abandonar su vida, su trabajo o su independencia. En su última novela, Secretos de sangre, la protagonista tiene un hijo, cría sola a su familia y tiene una librería. Cuando aparece un hombre exitoso en Nueva York, no está dispuesta a dejarlo todo para seguirlo.
“Creo que la mujer actual vive el amor, pero lo vive distinto”, sostiene. Por eso no reniega de la categoría de romántica, aunque sí de la idea de “novela rosa”. “Una lectora de hoy no quiere una novela rosa: quiere un amor real. Porque puede identificarlo con la vida que lleva”, dice.
En sus libros, además, el amor excede a la pareja. Está el amor por los hijos, por la vocación y por la tierra. “Creo que estas son facetas del amor. Son lo que mueve el mundo, lo que empuja el mundo, lo que te lleva a tomar grandes desafíos, a creer que todo va a estar bien”.
Las pioneras que la historia dejó afuera
La mirada sobre las mujeres también aparece cuando Rivero investiga para sus novelas históricas. Allí descubre una y otra vez historias que quedaron fuera de los relatos más conocidos.
Mientras investigaba el mundo antiguo para Apia de Roma, encontró información sobre mujeres que comerciaban, prestaban dinero y buscaban maneras de sortear las restricciones legales que tenían en aquella sociedad.
“Cuando descubro todo esto digo: ‘¿Por qué nunca me contaron?’”, recuerda. La pregunta se convirtió en una forma de mirar la historia: ¿por qué tantos relatos se concentran en los hombres que conquistaron territorios y dejan en segundo plano a las mujeres que, en paralelo, también estaban construyendo sus propios espacios?

“Las historias de Roma antes las escribían los hombres”, señala. Y agrega: “¿Cómo nunca me contaron lo del banco de las mujeres? ¿Cómo no me contaron de las primeras abogadas?”.
Ese gesto de recuperar a las pioneras también aparece en Ellas. Entre los cien relatos hay aproximadamente diez que Rivero considera “históricos”: historias reales de mujeres que se animaron a hacer algo que, hasta entonces, parecía reservado a los hombres.
La investigación, para ella, también tiene algo de su formación como abogada. Para escribir Apia de Roma, por ejemplo, leyó 32 libros. “Siempre creo que hay una veta de abogada cuando escribís novela histórica”, dice. “Investigar es como hacer un escrito legal: cuidado con esto porque se puede contradecir con esto; esto pasó antes; esto vino después”.
Literatura como una forma de militancia
La defensa de los derechos de las mujeres aparece también en su manera de pensar el rol de la literatura. Rivero recuerda una frase de Simone de Beauvoir que, aunque no reproduce de manera textual, resume así: hay que cuidar los derechos conquistados porque siempre pueden volver a ponerse en discusión.
“Yo a veces leía esa frase y decía: ‘Bueno, ya no. No nos vamos a volver atrás’. Pero ahora leía que en Estados Unidos están hablando de que, cuando hay una familia, vote solamente el hombre. Yo no podía creerlo. Hay que cuidarlo”, sostiene.
¿Puede la literatura colaborar en esa tarea? Para Rivero, sí. “Es como poner un granito de arena. En la playa cada granito tiene su valor. Es una especie de militancia también”, afirma.
Y cuenta una experiencia que la sorprendió: una editorial árabe quiso comprar los derechos de todos sus libros. Al principio se preguntó qué podían encontrar allí las mujeres de ese lugar, donde todavía existen importantes restricciones a sus derechos. La respuesta de la editorial fue contundente: “Justamente por eso. Porque son referentes”.
Para Rivero, contar mujeres fuertes también puede ser una forma de abrir posibilidades. Mostrar que hubo otras antes, que alguien se animó primero, que una mujer pudo hacer algo que parecía imposible, puede funcionar como una invitación a imaginar otros caminos.
“La escritura también nos recorre por el cuerpo”
Entre las historias de Ellas hay algunas especialmente difíciles, como la de una mujer que sufrió mutilación genital. Rivero trabajó a partir del testimonio de una modelo que había atravesado esa experiencia y decidió conservar en primera persona la descripción de lo sucedido.
“Me costó muchísimo porque tuve que escuchar y volver a escuchar a esa pobre chica explicar todo eso”, cuenta.
La dificultad no fue solo emocional. También fue física: “Escribir es poner el cuerpo”.
“Cuando estás escribiendo, sentís el cuchillo frío entre las piernas. Yo no viví eso, pero me costó mucho. Me dolía. Me afectó”, relata.
Esa experiencia reforzó una idea que atraviesa todo el libro: las historias no son solamente información. Pueden producir una reacción corporal, emocional, incluso cuando quien las lee o las escribe no las haya vivido en primera persona. “La escritura también nos recorre por el cuerpo”, dice Rivero.
En Ellas, entonces, la escritora que durante años construyó ficciones históricas protagonizadas por mujeres fuertes cambia el dispositivo, pero no la mirada. Ya no se trata solamente de imaginar a esas mujeres: ahora quiere escucharlas. Las escucha, casi asumiendo un rol de periodista, y con esa escucha, ese interés, compone un hecho artístico que nos devuelve al placer de la lectura.
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.
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