Byung-Chul Han y la siesta: por qué parar puede ser un acto de resistencia frente a la obsesión por rendir

Una reflexión sobre la siesta, el descanso y el derecho a parar, inspirada en las ideas de Byung-Chul Han sobre la sociedad del rendimiento y nuestra obsesión por ser productivos.

Por Beta Suárez

28 de agosto de 2026, 17:36

oda a la siesta
Byung-Chul Han y la siesta: por qué parar puede ser un acto de resistencia frente a la obsesión por rendir - Getty

Crecí en San Pedro, un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde el día tenía mañana, siesta y tardecita. Eran tres momentos distintos, tres climas y tres maneras de habitar el tiempo.

Después de comer empezaban a bajar las persianas de las casas y de los negocios. El ruido cambiaba, no desaparecía, pero se volvía otro. Los autos pasaban menos. Las bicicletas y las motitos también. Hasta los perros parecían ladrar más despacio.

El pueblo entero hacía una pausa que nadie cuestionaba. Un territorio suspendido, un acuerdo tácito.

No importaba si dormías o no. Yo muchas veces no dormía. Leía. Miraba el ventilador. Escuchaba la radio bajita, tele no teníamos. O hacía eso que hoy sería imposible porque agarraría el celular: nada.

Durante un rato, nadie esperaba nada de nadie. Nadie te llamaba. Nadie tocaba timbre. Nadie organizaba reuniones. Nadie cuestionaba semejante pérdida de tiempo y nadie se quejaba porque no podía comprar pilas o medio kilo de pan.

Hace unas semanas me encontré con un posteo que se hizo viral de una cuenta de Instagram dedicada a difundir el pensamiento de Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano-alemán.

Si nunca escuchaste hablar de él, te hago la versión resumida: es uno de los filósofos más importantes de este tiempo y lleva años pensando cómo terminamos convirtiéndonos en nuestros propios jefes más crueles. Si antes alguien te explotaba, ahora nos explotamos solitos y encima creemos que fue idea nuestra.

La imagen del posteo de la cuenta @han.byungchul decía apenas cuatro palabras: “Más siesta y más fiesta”.

Después venía un texto hermoso que explicaba que, en una época en la que todo parece medirse por la productividad, la siesta puede ser un acto de resistencia y la fiesta, una manera de romper, aunque sea por unas horas, con esa obsesión por rendir.

Y yo no pude evitar volver mentalmente a San Pedro. Qué paradójico que algo que durante años fue presentado como una costumbre de vagos o de pueblos atrasados hoy pueda leerse como una forma bastante sofisticada de cuidar la cabeza.

Y yo, que soy una cuestionadora serial, sentí algo rarísimo: acuerdo.

Zafar del mandato

Igual, ojo. No quiero que ahora aparezca otro mandato.

Bastante tenemos, en esta época que convierte cualquier alivio en una tarea, con los diez mil tutoriales diarios que nos explican cómo vivir mejor.

Que hay que dormir ocho horas y meditar. Y tomar dos litros de agua. Que hay que agradecer, aunque sea por comparación. Que hay que exponerse al sol, pero no tanto. Que hay que entrenar fuerza porque, si no, la vejez hegemónica nos esquiva. Que hay que respirar con el diafragma. Que hay que comer treinta gramos de proteína por comida…

Si además ahora resulta que “hay que dormir la siesta”, yo me bajo.

Pero no. La gracia no está en la siesta, la gracia está en la idea. En aceptar que puede existir un rato del día que no tenga que justificarse, porque hasta el descanso lo defendemos con argumentos de productividad: “dormí veinte minutos porque después rendís más”, “meditá porque mejora el foco”, “andate de vacaciones porque volvés recargada”.

Harta.

¿Y qué tal si paráramos porque sí?

Ya sé. Suena casi revolucionario o muy básico, no estoy segura, pero por eso me gustó tanto esta idea. No la de dormir, me quedé con la de recuperar el derecho a un paréntesis.

Y vuelvo a ese posteo filosófico, porque una fiesta también es eso. Y no hablo solamente de bailar desaforada arriba de una mesa o volver con glitter hasta en lugares adonde no sabemos cómo llegó.

Una fiesta es ese rato en el que nadie te pregunta cuánto avanzaste, cuánto facturaste, cuántos mails respondiste o cuántos pasos hiciste hoy. Es un recreo. Un lugar donde el tiempo deja de ser un supervisor.

Y, curiosamente, una buena siesta puede sentirse bastante parecida.

No sé si hay algo más similar a volver de una fiesta que despertarte de una siesta realmente reparadora.

Abrís un ojo, no sabés muy bien qué día es, tenés la cara marcada por la almohada, el pelo negociando su independencia y durante unos segundos ni siquiera recordás quién sos.

Es maravilloso.

Volvés distinta. No porque seas una mejor versión de vos misma —esa expresión, a esta altura, me da un poco de urticaria—, simplemente porque volvés un poco menos cansada de ser vos.

Aprender del sueño medieval

Hay otra idea que me viene dando vueltas desde hace tiempo y que se conecta bastante con todo esto.

Durante años, escuchamos que lo normal era dormir ocho horas seguidas, que eso era “dormir bien”. Un bloque perfecto y sin interrupciones.

Pero mi anillo inteligente me cuenta las horas y me felicita cuando, a duras penas, paso las seis horas; se ve que está resignado.

Buscando respuestas, hace un tiempo leí que eso había sido un invento de una marca de colchones, un poco como el Papá Noel rojo de la gaseosa.

Me entusiasmó tanto la teoría que salí a buscar la fuente (repitamos juntos, las redes no son una fuente). Pero no la encontré.

O, mejor dicho, encontré algo más interesante.

No hay evidencia seria de que las ocho horas corridas hayan sido un invento publicitario. Lo que sí está muy documentado es que, antes de la Revolución Industrial y de la iluminación artificial, muchísima gente dormía de otra manera.

El historiador Roger Ekirch pasó años investigando diarios personales, expedientes judiciales, textos médicos, literatura y cartas antiguas. Y encontró cientos de referencias al primer sueño y al segundo sueño.

La gente se acostaba temprano, dormía unas horas, se despertaba en plena madrugada, permanecía despierta un rato y después volvía a dormir.

Encontré otra referencia: algunos a esas horas las llamaban “las horas de Dios”. No era insomnio, era parte del orden de la noche.

¿Y qué hacía esa gente despierta a las cuatro de la mañana?

Rezaba, leía, escribía, pensaba, conversaba, tenía sexo, lloraba, componía, interpretaba los sueños o simplemente... estaba.

Y yo, que durante años pensé que despertarme a las cuatro y media era culpa de las preocupaciones, del estrés o de la perimenopausia, descubrí que también podía sentirme un poquito medieval o renacentista.

Casi una reparación histórica.

Entonces, durante siglos, despertarse en mitad de la noche no era un problema que hubiera que resolver.

No estoy diciendo que cada vez que nos despertamos a la madrugada estemos protagonizando un experimento antropológico. A veces una se despierta porque tiene calor, porque le duele la espalda o porque decidió tomar mate a las ocho de la noche, no romanticemos la contractura.

Pero me gusta saber que el sueño humano no siempre fue esa línea recta que hoy sentimos que estamos obligadas a cumplir.

En el fondo, ese rato despiertos entre un sueño y otro era una especie de siesta invertida. Un intervalo de vigilia en medio del descanso. Otro paréntesis.

Es que este texto nunca fue sobre dormir, fue sobre parar.

Hay algo profundamente humano en los intervalos. La música sería insoportable sin silencios y los libros serían ilegibles sin puntos aparte. Las conversaciones más lindas suelen ocurrir en esas sobremesas donde nadie mira el reloj.

¿Por qué nuestra vida tendría que ser distinta?

Más siesta y más fiesta

Yo, que, si no fuera porque el resto del mundo insiste con empezar el día tan temprano, probablemente viviría bastante más de noche, no estoy haciendo una campaña a favor de la siesta.

Ni siquiera estoy diciendo que todos tengamos que dormir después de almorzar o que deberíamos hacerlo, con los privilegios del caso.

No vivo en un tupper y tengo clarísimo que no podés ir con el temita de la siesta al jefe de tu trabajo con el que, apenas, llegás a fin de mes o a la seño del nene a decirle que llegaron tarde porque se oponen a la productividad como forma de vida.

Otra vez, no es la siesta, es el concepto.

Es el derecho a desaparecer un rato, a no responder inmediatamente, a aburrirse, a quedarse mirando por la ventana, a no justificar cada minuto con un resultado.

Capaz por eso me conmovió tanto aquel posteo que decía “más siesta y más fiesta”. No porque haya que dormir más ni salir más, sino porque las dos cosas tienen algo en común: las dos suspenden la obligación de rendir.

Y en las dos, y me parece una imagen hermosa, perdemos un poco la compostura, nos despatarramos, y es ahí donde aparecen otras cuestiones.

En San Pedro nadie había leído a Byung-Chul Han y dudo que alguien hablara de la sociedad del rendimiento mientras bajaba la persiana después de almorzar.

Nadie decía “hagamos una pausa para resistir la lógica del capitalismo tardío”.

Y, sin embargo, todos parecían saber algo que nosotros olvidamos: que hay horas que no están para producir. No todo espacio vacío debe llenarse.

Un pueblo entero poniéndose de acuerdo, todos los días, para bajar un rato la persiana.

Hoy necesitamos filósofos que nos expliquen por qué es importante parar, estudios que demuestren que descansar mejora el rendimiento y aplicaciones que nos recuerden respirar, mirá si se nos olvida...

Quiero más siesta y más fiesta, pero no como una consigna para imprimir en una taza. Sino como un recordatorio para defender esos paréntesis en donde dejamos de ser empleados de nosotros mismos.

¿De dónde viene la palabra “siesta”?

La palabra “siesta” proviene del latín sexta, que era como se denominaba la sexta hora del día según el horario romano, que coincidía aproximadamente con el mediodía.

En la Antigua Roma, era el momento destinado al descanso después de las tareas de la mañana y, con el tiempo, el nombre terminó identificando directamente ese rato de sueño o reposo.

La RAE la define como el sueño o tiempo destinado a dormir o descansar después de comer.