Beta moms: cómo es la generación que está cambiando la manera de maternar

Se basan en la idea de que la perfección es perjudicial para el desarrollo del niño. Sin esa mochila, estas mamás se salvan del agotamiento crónico y les regalan a sus hijos el derecho a tener una infancia real y libre de ansiedades adultas.

Por Nathalie Jarast

16 de octubre de 2026, 17:55

Ilustración beta mom
Se guían por principios que alivian la carga mental de la maternidad moderna: rechazan la culpa competitiva; priorizan el autocuidado, entienden que para cuidar bien, primero deben estar bien ellas. - Ilustraciones de Juliana Vido

“No llegué con la vianda del cole, comió fideos con manteca y está vivo”. “El cuarto es un desastre, pero jugaron dos horas solas sin que yo mediara nada”. Estas son algunas de las frases que hace no tanto hubiéramos dicho con culpa y que hoy circulan en redes como pequeñas victorias. Algo está cambiando en la forma en que las mujeres se permiten maternar.

Nos pasa a todas: nos quejamos del estilo de crianza de nuestra propia madre (demasiado ausente, demasiado exigente, demasiado poco presente en lo emocional) y, sin darnos cuenta, terminamos exigiéndonos ser la mamá perfecta que ella (según nosotras) no fue. Compensamos una generación con la sobreactuación de la siguiente. El resultado: agendas saturadas, culpa constante, la sensación de que nunca es suficiente, de que somos “malas madres”.

mama e hija frente a frente
Las beta moms abrazan el desorden controlado, tienen confianza en su instinto, evitan la sobreinformación y prefieren resolver los problemas con sentido común y practicidad a medida que se presentan. - Getty

Ahí aparece la beta mom, no como el regreso a la despreocupación de otras épocas ni como una nueva exigencia (esta vez, la de “soltar bien”), sino como una tercera vía: la que se anima a decir que confiar en el propio instinto también es una forma válida (y sana) de criar.

Chau a la mamá helicóptero

Como pasa con casi todas las tendencias que hoy bautiza TikTok, el fenómeno no nació de la nada: le puso nombre a algo que muchas mujeres ya sentían. Una nota de Wall Street Journal instaló el término: se terminó la era de la tiger mom, la madre hipercompetitiva. En su lugar, empieza a aparecer la beta mom: la que no necesita ganarle a nadie, la que confía en su propio criterio antes que en el último estudio viral.

Desde el psicoanálisis, Verónica Buchanan, autora de El tabú de la maternidad y nuestra experta para esta nota, enmarca el fenómeno en una tendencia más amplia: “Hay un movimiento que busca recuperar de algún modo la dimensión de la experiencia en la vida. Dentro del campo de la maternidad, a una oleada que nos arrastró a los límites de la sobreexigencia, el control y la eficiencia, se le ha contrapuesto ahora otra que pretende recuperar la espontaneidad de lo vivido”, explica. Y agrega: “La intensidad del movimiento de las madres como CEO de crianza termina revelando su falta de sentido, su fractura, en el sufrimiento de las madres y también de los hijos”.

La beta mom se define, entonces, en contraposición a la madre helicóptero: la que sobrevuela cada movimiento de sus hijos, la que sobreprotege y controla en exceso.

La evidencia, además, no la favorece: la crianza helicóptero se asocia a mayor ansiedad infantil y menor autonomía a largo plazo. Es, literalmente, el modelo del que la beta mom quiere despegarse.

mujer haciendo postura de yoga con su hijo y un perro
Las beta moms se animan a romper mandatos y se bajan del podio de la perfección. - Getty

Quemar los manuales

Para entender por qué hoy hace falta un movimiento que nos autorice a soltar, hay que volver un poco atrás. La crianza intensiva, esa que mide, planifica y estimula cada minuto de la infancia, se instaló con fuerza en los años 90, de la mano de una economía del conocimiento que estableció el miedo a que el hijo “se quedara atrás” si no arrancaba antes que los demás.

Ese miedo, con la llegada de las redes, mutó en comparación permanente: ya no alcanzaba con hacerlo bien, había que hacerlo visiblemente bien, con la estética y el ritmo que dictaban las momfluencers.

Como respuesta, alrededor de 2010 explotó la crianza respetuosa o gentle parenting, que buscaba correrse del autoritarismo, pero terminó generando su propio mandato: el de la madre siempre calma, siempre presente, siempre regulada emocionalmente (una exigencia distinta, pero exigencia al fin).

Manifiesto beta

Detrás de esa performance hay una carga real, y medible: la llamada carga mental, ese trabajo invisible de organizar, anticipar y recordar todo lo que la crianza necesita (turnos, cumpleaños, ropa que ya no entra, la mochila del día siguiente), que en la mayoría de los hogares sigue recayendo sobre las madres.

Eve Rodsky lo documentó en Fair Play: no es que las mujeres hagan más tareas, es que sostienen la gestión invisible de todas ellas. Esa carga, acumulada, es uno de los motores reales del hartazgo que hoy encuentra alivio en el discurso beta mom. El burnout que dejó ese ideal imposible de sostener es el terreno donde hoy germina esta tercera vía que no vuelve al autoritarismo ni exige perfección emocional: solo pide presencia.

Quienes se identifican con este movimiento suelen guiarse por una serie de principios no escritos que alivian la carga mental de la maternidad moderna: rechazan la culpa competitiva; priorizan el autocuidado, entienden que para cuidar bien, primero deben estar bien ellas; no sacrifican su identidad ni su carrera ni tiempo de descanso en pos de la “maternidad sacrificada”; abrazan el desorden controlado; tienen confianza en su instinto y la simplicidad, evitan la sobreinformación y prefieren resolver los problemas con sentido común y practicidad a medida que se presentan.

En definitiva, las beta moms proponen una democra-tización y humanización de la crianza. Al bajarse del podio de la perfección, se salvan a sí mismas del agotamiento crónico y les regalan a sus hijos el derecho a tener una infancia real y libre de ansiedades adultas.

"Suficientemente buena"

Así, regresa un concepto que propuso el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott hace más de setenta años: “la madre lo suficientemente buena”. Plantea que un hijo no necesita una madre perfecta, sino una madre presente, falible, capaz de frustrarlo un poco sin desaparecer. Su teoría revolucionó la psicología infantil al declarar que la perfección, además, es perjudicial para el desarrollo del niño. Esta idea es el pilar teórico clave que inspiró el movimiento actual de las beta.

Buchanan invita a ir un poco más profundo: más allá de las maternidades alfa o beta, la verdadera pregunta es por qué hoy necesitamos discursos que nos den un protocolo de cómo hacer y cómo vivir. Por qué tenemos tanta desconfianza y dificultad para orientarnos por nuestras propias huellas o experiencias.

Y ahí aparecen los benditos mandatos. Ninguna madre cría en el vacío: siempre hay una generación anterior de fondo, aunque sea para tomarla como modelo o como advertencia. Buchanan lo explica claramente así: el deseo materno es también un deseo de separación (del hijo y de la madre).

Algunas mujeres se identifican y delegan en la propia madre su maternidad. Otras rechazan y objetan, precisan oponerse a todo lo que venga de ella. Lo importante, dice, no es elegir un bando, sino que ella propone encontrar en el análisis cómo, en la herencia de un rasgo materno, se produce una separación y una relación posible con nosotras y nuestros hijos.

Ese conflicto, lejos de ser un problema a evitar, es constitutivo y atravesarlo es parte central del crecimiento y descubrimiento de una mujer. “Es mejor no evitarlo. A veces se cree que los conflictos son un problema, pero son un motor que nos lleva más allá de los mandatos e ideales”, sostiene la psicoanalista.

¿Todo beta, nada de alfa?

Ningún enfoque funciona bien llevado al extremo y este no es la excepción. Buchanan marca un límite clave, sobre todo respecto de la crianza respetuosa con la que la beta mom a veces se confunde: “La crianza respetuosa es muy importante y es una pena que pierda valor. Yo creo que el problema está en el sutil desplazamiento del respeto a la responsabilidad. Respetar a un niño no es delegar en él (en sus gustos, elecciones y tiempos) la responsabilidad de la crianza para vivir en una realidad compartida con otros”.

Y aclara algo importante para no leer el fenómeno como una moda que se opone a todo lo anterior: “No creo que lo que ahora se llama mamás beta se oponga a la crianza respetuosa. Habla más de bajar el umbral de exigencia de la madre con los efectos que esto tiene en los hijos, claro, pero esto puede enmarcarse dentro de una crianza respetuosa”.

La clave, entonces, no es elegir entre ser alfa o ser beta, sino encontrar el propio equilibrio entre la flexibilidad y el liderazgo que la crianza (cualquier crianza) necesita. Soltar el control no es soltar la presencia. Y ahí, en ese punto medio, es donde una madre suficientemente buena (ni al palo ni ausente) encuentra su propio ritmo.

3 mandatos que la beta mom se anima a romper

  1. Que la casa esté siempre impecable y la vianda sea siempre casera.
  2. Que cada minuto de ocio de los chicos tenga que ser “productivo” o estimulante.
  3. Que una madre regulada nunca se enoje, nunca grite, nunca se equivoque.
Nathalie Jarast

Nathalie Jarast Es periodista, licenciada en Letras y magíster en Gestión de Contenidos. Desde hace más de diez años escribe en diversos medios como La Nación, Brando, Maleva. Actualmente, es editora en Revista Ohlalá y asesora en comunicación de sellos literarios.