Durante mucho tiempo, la maternidad fue un territorio donde parecía permitirse una sola narrativa: la de la plenitud. La del “es el mejor momento de tu vida”. La de la mujer realizada y agradecida.
Todo lo que quedaba fuera de ese relato se vivía, muchas veces, en soledad. Si estabas agotada, callabas. Si sentías ambivalencia, aparecía la culpa. Si extrañabas quién habías sido antes de tener hijos, podías llegar a preguntarte si había algo malo en vos.
Por eso fue tan importante que empezáramos a hablar. Del puerperio. De la salud mental perinatal. De la depresión posparto. De la carga mental. Del trabajo invisible. De la culpa. De la soledad.
Nombrar lo que existía fue un acto profundamente reparador.
Pero últimamente me hago una pregunta: como suele pasar cuando intentamos equilibrar una injusticia histórica, ¿no estaremos corriendo el riesgo de irnos al extremo contrario?
Escucho cada vez más a mujeres embarazadas o que están pensando en buscar un hijo decir que, cuando miran alrededor, pareciera que solo hay lugar para contar lo difícil.
Las redes sociales se llenan de videos donde criar aparece como una sucesión infinita de agotamiento, renuncias, noches sin dormir, parejas en crisis, falta de tiempo y frustración.
Y claro que todo eso existe. Necesitábamos decirlo y todavía necesitamos hacerlo.
Pero también existe otra cosa. Existe esa risa inesperada que te desarma. El olor de un bebé dormido sobre tu pecho. Una mano chiquita buscando la tuya. La primera vez que escuchás una idea de tu hijo y pensás: “¿En qué momento se convirtió en esta persona?”.
Y existe algo todavía más difícil de explicar: descubrir una versión tuya que quizás jamás hubieras conocido de otra manera.
Existe la ternura. El juego. El orgullo. Una forma distinta de amar.
Reconocer esa belleza no implica negar lo desafiante. Como contar lo difícil tampoco debería obligarnos a borrar lo maravilloso.
Y creo que ahí aparece uno de nuestros grandes problemas: nos cuesta sostener dos verdades al mismo tiempo.
Vivimos en una época donde todo parece empujarnos a elegir un bando.
O romantizás o demonizás.
O sos una madre agradecida o sos una madre agotada.
O decís que tener hijos fue lo mejor que te pasó o hablás de todo lo que perdiste al convertirte en madre.
Pero la vida no funciona en extremos. La maternidad tampoco.
Una misma mujer puede llorar de cansancio a las tres de la mañana y sentir una felicidad inmensa cuando su hijo la abraza cinco minutos después.
Puede extrañar desesperadamente su libertad y no imaginar su vida sin ese hijo.
Puede necesitar estar sola y, unas horas después, extrañarlo.
Puede sentir que perdió partes de sí misma y descubrir otras que no sabía que existían.
No son contradicciones que tengamos que resolver. Son experiencias que pueden convivir.
Durante años necesitamos decirles a las mujeres que podían estar agotadas, frustradas, ambivalentes, extrañar su vida anterior y seguir siendo buenas madres.
Quizás ahora también necesitemos recordar algo más: podemos disfrutar profundamente de maternar sin que eso signifique romantizar la maternidad.
Porque tal vez el mayor desafío de esta generación no sea solamente seguir rompiendo silencios —que todavía hace falta—, sino empezar a construir relatos más completos.
Relatos donde entren el cansancio y la ternura.
La pérdida de identidad y el descubrimiento de una nueva.
La frustración y el orgullo.
El duelo y la alegría.
Porque una conversación verdaderamente honesta sobre maternidad no debería obligarnos a elegir entre dos versiones opuestas.
Debería permitirnos contar algo bastante más humano: que muchas veces son verdad las dos al mismo tiempo.
Julieta Puleo Julieta Puleo lidera @AyMamucha, la comunidad en Instagram de más de 175.000 mujeres donde se aborda, con honestidad, la experiencia de maternar.





