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¿Cómo afectan al bebé las emociones de la madre durante el embarazo?

Se pensaba que las emociones y el bienestar psíquico de la madre sólo tenían efecto después del nacimiento, en la crianza. Hoy los estudios demuestran que altos niveles de ansiedad durante el embarazo se asocian a mayor riesgo de tener bebés con temperamento difícil.


Cómo afectan las emociones de la madre al bebé

Cómo afectan las emociones de la madre al bebé - Créditos: Getty



Nadie niega que fumar durante el embarazo está relacionado con el bajo peso al nacer y que beber alcohol puede causar defectos cardíacos o trastornos de las articulaciones.

Pero, ¿qué pasa con la salud mental de una madre? ¿Y cómo afectan al bebé esas emociones durante el embarazo? Hasta hace poco, los investigadores pensaban que las emociones y el bienestar psíquico de la madre sólo tenían efecto después del nacimiento, es decir, durante la crianza. Hoy los estudios demuestran lo contrario.

Herencia y entorno

Es bien sabido que los rasgos que nos hacen ser quienes somos provienen tanto de los genes que heredamos como del entorno al que estamos expuestos. Lo novedoso es que esos efectos del entorno comienzan incluso antes de nacer, en el vientre de la madre.

Una investigación del Hospital Nacional Infantil de Washington dio cuenta de que los fetos expuestos a dosis elevadas y continuadas al cortisol que produce la madre producto del estrés son más propensos a padecer trastornos cognitivos más adelante, como el déficit de atención, la hiperactividad, problemas de conducta y ansiedad.

Los altos niveles de cortisol entregan la información en términos biológicos de que el contexto es amenazante y que el niño debe entonces prepararse para eso. En un entorno amenazante es muy adaptativo ser reactivo. Eso concluyeron los estudios que indican que altos niveles de ansiedad durante el embarazo se asocian a mayor riesgo de tener bebés con temperamento difícil.

Conexión con la madre

Los investigadores descubrieron que los cerebros de las madres y sus bebés actúan juntos en una megared donde las ondas cerebrales se alinean, lo que permite una mayor conexión y empatía.

Pero ese nivel de conectividad varía, según el estado emocional de la madre. Cuando ellas expresan emociones más positivas su cerebro se conecta mucho más intensamente con el cerebro de su bebé.

Nuestras emociones cambian la forma en que nuestros cerebros comparten información con los demás. Las emociones positivas nos ayudan a comunicarnos de una manera mucho más eficiente.

Al contrario, la depresión puede tener un poderoso efecto negativo en la capacidad de los padres para establecer conexiones con su bebé. Por eso es que los bebés de madres más deprimidas tienen menos conexión en su cerebro entre la amígdala y la corteza prefrontal, lo que puede ser un signo temprano de un menor control cognitivo sobre las emociones.

De igual manera, los recién nacidos de madres que estuvieron deprimidas durante el embarazo tienen cuatro veces más probabilidades de tener bajo peso al nacer que los bebés nacidos de madres que no están deprimidas.

La placenta: canal de comunicación

Durante la gestación, madre e hijo están en un estado de simbiosis y de comunicación continua. El pequeño crece y se desarrolla en las entrañas de la mujer y está unido a ella por el cordón umbilical, a través del cual recibe la sangre con los nutrientes que necesita para desarrollarse.

La sangre de la madre contiene mensajes acerca de su estado anímico.

El niño percibe si está contenta, alegre, triste, enojada porque sus emociones se traducen en sustancias bioquímicas que llegan a través de la placenta: hormonas y neurotransmisores, como la oxitocina o el cortisol.

Es importante destacar que el bebé no siente depresión ni soledad, por ejemplo, porque son construcciones mentales complejas para las que no está maduro neurológicamente. Pero sí tiene sensaciones, como placer, saciedad, satisfacción, alarma, sobresalto. Todas esas sensaciones comienzan a modular el cerebro emocional del bebé.

No sentir culpa

Es importante no culpar a la madre. El embarazo es un momento de tremenda transición psicológica y no solo de cambios biológicos.

Tenemos que ser muy conscientes, por ejemplo, de que los niveles de estrés y depresión suelen ser dos veces más altos en las mujeres en situación de pobreza. Esto está influenciado por motivos enteramente sociales como el exceso de trabajo producto de contar con un trabajo fuera de casa y otro dentro de ella como ama de casa.

Lo que sí pueden hacer, tanto las madres como quienes la acompañan en el proceso, es cuidar el entorno en el que se desenvuelve procurando la mayor armonía posible para evitar situaciones estresantes o negativas.

Un estudio publicado en la Revista Chilena de Pediatría, realizada por las investigadoras de la Facultad de Psicología de Universidad del Desarrollo (UDD), detectó que las mujeres que reciben más apoyo, especialmente de sus parejas y de su propia madre, presentan menor estrés que las mamás que reportan estar menos apoyadas y destacó la importancia de contar con ayuda extra durante el embarazo.

En relación a la lactancia el trabajo determinó que las mamás que reportaron ansiedad en la gestación tenían mayor probabilidad de introducir fórmula temprano y de suspender la lactancia durante los primeros tres meses postparto.

¿Cómo manejarlo?

Cada persona tiene vulnerabilidades y fortalezas únicas, y cada situación es diferente. Pero la investigación confirma que, aunque es posible que no podamos controlar lo que nos sucede, tenemos cierto control sobre cómo reaccionamos. Y eso importa.

Una madre puede compensar un día estresante relajándose, realizando respiraciones, tratando de visualizar a su hijo y enviándole mensajes de ternura y amor.

La ciencia demostró que la acción deliberada y repetida puede modificar nuestros cerebros para mejor, a través de un fenómeno llamado neuroplasticidad. El mindfulness activa las regiones del cerebro más evolucionadas para que puedan controlar el disparo impulsivo de algunas de las estructuras más primitivas.

Esto es importante porque significa que podemos entrenar al cerebro para que sea menos reactivo ante estímulos depresivos y plantar así las semillas de la satisfacción, la serenidad y la alegría. Nos permite encontrar ese lugar de decisión personal entre el estímulo y la respuesta.

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