
Cuidar la salud mental materna no debe ser una cuestión individual, sino una forma de cuidado colectivo
En el Día Internacional de la Salud Mental Materna buscamos sensibilizar sobre lo que podemos hacer todos quienes acompañamos a una familia recién nacida, en los tiempos sensibles perinatales.
6 de mayo de 2026 • 13:15

Cuidar la salud mental materna no debe ser una cuestión individual, sino una forma de cuidado vincular - Créditos: Getty
Hay algo del posparto que suele pasar bastante inadvertido: no siempre es fácil reconocer cuándo lo que se está viviendo es más que cansancio, más que adaptación, más que una sensibilidad aumentada. A veces hay malestar, pero no tiene nombre. O, mejor dicho, no encuentra un lugar donde poder decirse.
En el Día Internacional de la Salud Mental Materna, que se conmemora este miércoles 6, me interesa correr un poco el foco de los cuadros más conocidos y detenerme en ese punto más sutil —y, a la vez, más complejo—: las dificultades para reconocer y nombrar el malestar psíquico en el posparto.
Cuando hablamos de salud mental perinatal, no hablamos solo de depresión posparto. Hablamos de un período amplio (desde la búsqueda de embarazo hasta el primer año de vida del bebé) atravesado por transformaciones muy profundas. Cambia el cuerpo, cambia la regulación hormonal, cambian los vínculos, cambia la posición subjetiva. La maternidad no es solo un acontecimiento biológico: es una transición psíquica que, como toda transición, implica cierto grado de desorganización.
En ese movimiento, no todo malestar es patológico. Pero tampoco todo es “esperable”, en el sentido de que haya que tolerarlo sin más. El problema es que esa distinción muchas veces no está clara, ni para quien lo vive ni para el entorno. Entonces aparecen frases que buscan tranquilizar —“es normal”, “ya se te va a pasar”—, pero que, en algunos casos, terminan desdibujando la posibilidad de registrar que algo no está del todo bien.
En la clínica esto se ve con bastante frecuencia: mujeres que dicen “no sé qué me pasa”, “estoy rara”, “no soy yo”. No es falta de introspección. Es que están transitando un momento en el que la experiencia emocional todavía no terminó de armarse como algo decible. Y cuando no hay palabras, es muy difícil pedir ayuda.
Ahí es donde el malestar empieza a desplazarse. Aparece como irritabilidad, como llanto que no se entiende, como pensamientos que generan miedo y se silencian, como desconexión, como una sensación persistente de no poder descansar del todo. O incluso en formas más invisibles: mujeres que funcionan, que sostienen, que cuidan, pero a un costo interno muy alto.
A esto se suma una exigencia bastante instalada: no solo hay que maternar, hay que hacerlo con disfrute, con entrega, con presencia plena. Y cuando esa experiencia no coincide con ese ideal, aparece la culpa. Una culpa que muchas veces refuerza el silencio.
Por eso, hablar de salud mental materna también es hablar del entorno. No como un dato accesorio, sino como parte de la problemática y también del abordaje. Una madre reciente necesita algo más que información o consejos: necesita un otro disponible que pueda escuchar sin apurar, sin corregir, sin minimizar. Necesita sostén concreto, pero también un tipo de presencia que habilite a decir lo que no cierra, lo que incomoda, lo que angustia.
No todo es depresión posparto. También hay ansiedad intensa, pensamientos intrusivos, miedo constante, enojo, desconexión. Y hay señales que conviene no dejar pasar: cuando el malestar se sostiene en el tiempo o aumenta, cuando aparecen pensamientos que inquietan, cuando descansar no alcanza, cuando hay una sensación de extrañamiento de sí misma o una soledad que no se explica solo por la falta de compañía.
Pero, incluso antes de eso, hay algo más simple: si algo preocupa, eso ya es motivo de consulta. No hace falta esperar a que el cuadro sea claro o a que el malestar sea extremo. Poder decir “esto que me pasa no es solo cansancio” es, muchas veces, el primer gesto de cuidado.
Quizás uno de los desafíos más importantes en este campo no sea solo detectar a tiempo, sino habilitar el lenguaje. Que haya más palabras para nombrar la ambivalencia, el rechazo momentáneo, el miedo, la tristeza, la dificultad para vincularse. No para patologizar, sino para que la experiencia no quede aislada.
Cuidar la salud mental materna no debe ser una cuestión individual, sino una forma de cuidado vincular. Porque cuando una madre es escuchada, comprendida y sostenida, puede estar disponible también para sostener.
Una consulta a tiempo con los profesionales de la salud más cercanos (obstetra, pediatra, puericultora) puede ser la puerta de entrada a un abordaje de salud mental que lo cambie todo.
Y, tal vez, en una fecha como esta, la pregunta no sea solo cuánto sabemos sobre el tema, sino algo un poco más allá: cómo estamos acompañando, en profundidad, a las mujeres cuando nace un bebé.
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