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"Estamos quemadas": el agotamiento silencioso de criar

Agotamiento parental: qué es el burnout en madres y padres, por qué ocurre y cómo reconocer los síntomas para atravesar la crianza con más apoyo y menos culpa.


Madre juega con sus dos hijos.

Agotamiento parental: qué es el burnout en madres y padres. - Créditos: Getty



Criar es uno de los trabajos de mayor responsabilidad que existen y, al mismo tiempo, uno de los menos reconocidos. Cada vez más madres y padres experimentan lo que hoy se conoce como agotamiento parental: un estado de estrés crónico que aparece cuando la exigencia de la crianza supera el sostén disponible.

Madres y padres: estamos quemados. No lo decimos desde la queja ni desde el arrepentimiento. Lo decimos desde la honestidad.

Criar es el trabajo de mayor responsabilidad que existe. Es el trabajo que más huella deja por sus resultados. Y también es, muchas veces, un trabajo inmenso, agotador y profundamente invisible.

No tiene horarios claros.
No tiene pausas.
No tiene reconocimiento social proporcional a lo que implica.

Maternar —o paternar— es, en muchos sentidos, el baile más hermoso que podemos elegir bailar. Pero también, el más costoso. En tiempo, en energía y en presencia mental.

Criar implica abrir la conciencia, cambiar prioridades, sostener emociones ajenas mientras todavía estamos aprendiendo a sostener las propias. Implica multiplicar energía, incluso cuando sentimos que ya tenemos el tanque vacío.

Y no: hablar de esto no significa que no amemos profundamente a nuestros hijos. Tampoco significa que estemos arrepentidas o arrepentidos de haberlos tenido.

 

El amor por los hijos es inmenso. Pero el cansancio también existe.

Durante mucho tiempo, muchas madres sentimos ese agotamiento en silencio. Como si admitirlo fuera una forma de fracaso. Como si el amor tuviera que ser suficiente para sostenerlo todo.

Hoy sabemos que lo que muchas familias viven tiene nombre. Se llama agotamiento parental.

Investigaciones recientes lo describen como un estado de estrés crónico que aparece cuando las demandas de la crianza superan los recursos emocionales, físicos y sociales disponibles para sostenerlas. Estudios publicados en Frontiers in Psychology estiman que entre el 5% y el 8% de madres y padres experimentan burnout parental severo, y un porcentaje mucho mayor presenta síntomas moderados de agotamiento.

Es, muchas veces, el resultado de intentar criar en contextos donde el apoyo es escaso, las exigencias son enormes y la responsabilidad recae casi por completo en las familias.

Durante décadas la maternidad fue presentada como un estado de plenitud constante. Una experiencia que debía vivirse con gratitud permanente, sin ambivalencias ni contradicciones.

 

Pero la vida real es mucho más compleja, ¿no?

Hay amor profundo y también hay cansancio.
Hay gratitud y también hay momentos de desborde.
Hay ternura y también hay días en los que todo pesa más de lo que imaginábamos.

Además, en la mayoría de los hogares, las tareas de cuidado siguen recayendo principalmente en las madres. Diversos estudios sobre carga mental doméstica muestran que nosotras continuamos asumiendo la mayor parte de la organización familiar: desde las tareas prácticas hasta la planificación emocional de la vida cotidiana.

Criar, entonces, no solo implica amar. Implica sostener. Y muchas veces sin red.

Hablar de esto no es desvalorizar la maternidad. Es humanizarla.

Porque cuando no se nombran estas experiencias, muchas mujeres terminan creyendo que lo que sienten es un problema individual. Que son las únicas que no pueden con todo. Que están haciendo algo mal. Y no, Mamuchas. 

No estamos solas.
No estamos fallando.

Estamos intentando criar en un mundo que muchas veces exige más de lo que acompaña. Un mundo donde las redes de apoyo se redujeron, las familias viven más aisladas y la crianza quedó concentrada en menos adultos.

Nombrar el agotamiento parental no busca desalentar ser MaPadres ni generar miedo. Busca abrir la conversación. Busca aliviar las culpas innecesarias. Porque no se puede transformar lo que no se nombra.

Tal vez el primer paso para cambiar algo sea justamente ese: animarnos a decir en voz alta lo que tantas madres sienten en silencio.

Que criar es hermoso, y también profundamente demandante.

Y que reconocerlo no nos hace peores madres. Nos hace más humanas.

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