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El día que dejé de amamantar: cómo cambia el cuerpo después de la lactancia

Durante años mi cuerpo tuvo una función clara: alimentar. Cuando la lactancia terminó, apareció algo inesperado: volver a mirarme.


mamá amamantando

Cómo cambia el cuerpo después de la lactancia - Créditos: Getty



Dejé de dar la teta. Durante cuatro años —cinco si cuento el embarazo— mis tetas dejaron de ser algo que mirar en el espejo. Estaban ocupadas. Tenían una función clara. Eran parte de la maternidad.

Estaba tranquila con que se vieran distintas a siempre porque estaban siendo útiles. Porque estaban alimentando. Porque estaban sosteniendo.

Durante ese tiempo, casi no pensaba en ellas como parte de mi cuerpo. Eran otra cosa.

Pero, tres días después de darme cuenta de que habíamos cerrado el ciclo de la lactancia, volví a verme.

Volví a verme y me juzgué.

Las miré y pensé: “Qué mal que quedaron. Así no deberían ser”.

Después me bañé. Pensé un poco y solté.

Pero, antes de vestirme, me volví a mirar.

Me quedé un rato frente al espejo y empezaron a aparecer preguntas en mi cabeza:

¿Cómo son las tetas?
¿Cómo deberían ser unas tetas “bien”?
¿Cómo se espera que sean?
¿Cómo deberían ser las tetas de una mujer de 36 años?
¿Existe un modelo de teta ejemplar?
¿Dónde se supone que se aprende eso?

Ahí me di cuenta de algo incómodo: no sabía cómo eran las tetas reales.

Solo tenía en la cabeza imágenes.

Imágenes repetidas miles de veces.

En publicidades.
En redes.
En películas.

Imágenes tan fijas que terminan instalándose en la cabeza como una regla.

Entonces, corrí al sillón a escribir. En tetas.

Me senté a escribir sin parar, como si necesitara sacarme de encima todo ese ruido mental.

Me causaba entre gracia, pena y un poco de vergüenza pensar:
“Julieta, ¿qué hacemos pensando tanto en cómo deberían ser las tetas?”

Me reí. Y también lloré un poco.

Porque, de pronto, entendí algo: nos metieron tantas imágenes en la cabeza que muchas veces ya no sabemos mirar nuestros propios cuerpos.

Los juzgamos antes de verlos.

 

La maternidad transforma el cuerpo de maneras profundas. El embarazo lo estira, el puerperio lo desarma, la lactancia lo vuelve alimento. Durante meses —a veces años— el cuerpo deja de ser solo nuestro.

Pero lo curioso es que, cuando ese ciclo termina, aparece otra exigencia silenciosa: que ese mismo cuerpo vuelva a parecerse al de antes.

Como si nada hubiera pasado.

Como si gestar, criar y amamantar no dejaran huellas.

Mientras estaba frente al espejo, entendí algo simple: quizás el problema no era mi cuerpo.

Quizás el problema eran todas las imágenes que aprendí a usar para mirarlo.

Estoy cansada de todo lo que tenemos en la cabeza que no nos deja vernos de verdad.

Y, si alguna mujer quiere cambiar algo de su cuerpo porque así lo desea, está bien. También es válido.

Pero ojalá podamos tomar esas decisiones desde un lugar más honesto. Desde el deseo propio. No desde el ruido constante de lo que supuestamente deberíamos ser.

Porque, después de la maternidad, el cuerpo cambia. Cambia la piel, la forma. Cambia la historia que ese cuerpo cuenta.

Pero quizás lo que más necesitamos transformar no es el cuerpo, sino la manera en que aprendimos a mirarlo.

Esa noche me quedé un rato más frente al espejo. Esta vez no estaba buscando cómo deberían ser mis tetas… Solo estaba intentando verlas. De verdad.

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