Después de años de tratamientos de reproducción asistida, Paula Penalva logró quedar embarazada. La felicidad por la llegada de su hijo León se vio atravesada por el diagnóstico de una enfermedad congénita y, poco después de su nacimiento, por su muerte.
Paula es psicoanalista y especialista en psicología perinatal, y volcó su experiencia en el libro Nacemos para siempre. Duelo perinatal, infertilidad y maternidades diversas (Editorial Letra Viva). En vísperas del 15 de octubre, Día Internacional de Conmemoración del Duelo Gestacional y Perinatal, comparte con OHLALÁ! su historia en primera persona: el dolor de despedir a un hijo, el camino del duelo y la importancia de hablar de estas pérdidas que todavía suelen quedar silenciadas.
"¿Cómo darte un beso sabiendo que será el último?": el dolor de despedir a un hijo recién nacido
Por Paula Penalva

El nacimiento de un hijo suele estar rodeado de expectativas, ilusiones y preparativos. Pero ¿qué pasa cuando, durante el último trimestre del embarazo, te dicen que tu hijo tiene un 50% de probabilidades de morir al nacer? ¿Cómo se hace para esperar la vida mientras intentás prepararte para la posibilidad de la muerte? ¿Cómo se acepta la pérdida de un hijo que recién está empezando a vivir?
Cuando tu bebé está internado y su vida corre peligro, sentís que estás viviendo en una realidad paralela, muy distinta de la que imaginabas unos meses atrás. Para entrar a «la neo» —la terapia intensiva de recién nacidos— tocás timbre, esperás que te autoricen y te lavás las manos cada vez. Con la piel erizada, el corazón acelerado y buscando profesionales que puedan contarte las últimas noticias, entrás a ver a tu bebé, que permanece internado en estado grave. Le cantás, le hablás, le pedís que se recupere. Es un mundo dentro del mundo: el aroma a desinfectante, el sonido de las alarmas, el tiempo que parece detenerse y, al mismo tiempo, corre vertiginosamente.
Aquella noche, hacía horas que los médicos nos habían dicho que no había mucho más por hacer. Recorría los pasillos inquieta, desbordada por la adrenalina, incapaz de quedarme sentada. Hasta que me desplomé sobre la incubadora. Entendí que estaba sufriendo y, de corazón a corazón, le pedí que hiciera lo que fuera necesario para dejar de sufrir. Deseaba que se curara, pero si no podía, le prometí que lo iba a amar para siempre y que pronunciaría su nombre todos los días de mi vida. Cuando murió y me tocó despedirme de él, pensé: ¿cómo darte un beso sabiendo que será el último?
Después de años de tratamientos de reproducción asistida, por fin habíamos logrado un embarazo. Cuando nos dieron el diagnóstico de la enfermedad congénita de León, supe que nos esperaba un camino largo y difícil, pero nunca imaginé este desenlace.
La muerte de un hijo te parte al medio. El cuerpo, la mente y el alma quedan aturdidos y desorientados durante mucho tiempo, intentando comprender lo incomprensible. La identidad materna y paterna, todavía en construcción, queda atravesada por una ausencia que irrumpe cuando recién comenzaba a desplegarse. No solo perdemos a un hijo: también se derrumba una parte del futuro que habíamos imaginado con él.
El duelo es el proceso psíquico que transitamos para elaborar la pérdida de aquello que amamos y darle un lugar a esa ausencia. No se trata de que deje de doler ni de olvidar, sino de encontrar maneras de seguir viviendo con lo que pasó. Para mí, implica también darle existencia y presencia a mi hijo, construir recuerdos y sostener un lazo de amor que es para siempre. Un movimiento de espiral que va y viene, impredecible, en el que a veces podemos avanzar y otras necesitamos volver sobre lo vivido.
Aunque no me gusta la idea de sacar algo bueno de lo malo, reconozco que el proceso de duelo dejó en mí algunos aprendizajes. Aprendí a ponerme en pausa, a hacer lugar al dolor, a la ausencia y al temor para poder seguir viviendo y volver a confiar. A encontrar, creativamente, estrategias para no abandonar el deseo de vivir. Porque, aunque en los momentos más oscuros parezca imposible, la sonrisa vuelve. La vida encuentra maneras de abrirse paso, aun cuando ya no sea la vida que habíamos imaginado.
Como psicoanalista y especialista en psicología perinatal, mi experiencia también transformó mi manera de escuchar y acompañar el sufrimiento de otras personas. Me volvió más consciente de la importancia de respetar los tiempos, de no apresurar los procesos y de comprender que no hay una única manera de atravesar una pérdida.
En ese camino, el rol de la sociedad, las instituciones y los profesionales de la salud es fundamental. Sin embargo, no siempre encontramos palabras de apoyo. A veces, con la intención de consolar, se minimiza lo sucedido o se invita a mirar hacia adelante demasiado pronto. Cuando no se reconoce la existencia de estos bebés ni se valida el dolor de sus familias, corremos el riesgo de que la experiencia quede encerrada en el silencio, puertas adentro. El descrédito lastima; la falta de reconocimiento puede profundizar la soledad.
El duelo gestacional y perinatal tiene una especificidad: ocurre cuando se espera la vida, cuando ya hay un hijo amado, expectativas, proyectos y un futuro imaginado. No podemos evitar que estas muertes ocurran, pero sí podemos hacer mucho para acompañar a quienes las sufren. Cómo se comunica una noticia, cómo se acompaña una despedida, qué lugar se les da a las familias y qué apoyos encuentran después son cuestiones fundamentales. No hace falta tener las palabras perfectas para acompañar. A veces alcanza con estar, escuchar y reconocer el dolor del otro sin intentar apresurarlo.
Por eso me importa especialmente el 15 de octubre, Día Internacional de Conmemoración del Duelo Gestacional y Perinatal. Visibilizar estas muertes tempranas es combatir el tabú y abrir conversaciones que tantas veces quedan pendientes. Es permitir que las familias nombren a sus hijos, que puedan hablar de lo vivido y que la experiencia no quede coagulada en el silencio.
Por eso también escribí Nacemos para siempre. Duelo perinatal, infertilidad y maternidades diversas, publicado por Editorial Letra Viva. No solo para contar la vida y la muerte de León y recorrer mi propio duelo, sino también para echar luz sobre circunstancias que muchísimas mujeres atravesamos a lo largo de nuestra vida sexual y reproductiva. Escribir fue un bálsamo, una manera de elaborar el dolor y de asomarme nuevamente al mundo. Leer a otras mujeres, escuchar sus historias y escribir la mía me ayudó a salir del búnker del encierro del luto. En ese intercambio encontré algo fundamental: la posibilidad de reconocerme en otras y de sentir que, aun en una experiencia profundamente íntima, no estaba sola.
Desde que el libro se publicó, muchas mujeres me cuentan cómo mi historia acompaña las suyas, cómo encuentran en sus páginas recuerdos y vivencias que resuenan con las propias. Ese encuentro, ese abrazo entre historias, le da sentido a la decisión de haber compartido algo tan íntimo. Lo que alguna vez fue vivido en soledad puede encontrar palabras en la experiencia de otra persona. Leer, escuchar y escribir se vuelven así formas de tejer una trama común, sin borrar lo singular de cada historia.
Quizás la vida también se trate de esa narrativa que vamos tejiendo en el encuentro con otros, con las experiencias que nos atraviesan y con aquello que podemos contarnos sobre ellas. No siempre podemos cambiar lo que pasó, pero podemos construir espacios para que el dolor sea escuchado, acompañado y compartido.
Y podemos pronunciar sus nombres. Todos los días, toda la vida.
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