Fuimos chicos en los 90 y hoy somos padres: ¿qué ganamos y qué perdimos en la crianza?

De los bolones y los juegos en la calle a las sillitas de auto y la ubicación en tiempo real. Qué cambió en la crianza en 30 años y por qué algunas libertades de nuestra infancia merecen una segunda oportunidad.

Por Julieta Puleo

17 de octubre de 2026, 15:50

chico con cinturon de seguridad
El uso del cinturón de seguridad con los chicos redujo el 60% la muerte de infancias en accidentes de tránsito. - Getty

Hay una generación de madres y padres que creció viajando sin cinturón, comiendo bolones, chupando Naranjú directo del plástico y saliendo a jugar con una única indicación: "Cuando se prendan las luces, volvés".

Hoy esa misma generación corta las uvas en cuatro, chequea el FPS del protector solar, y puede saber desde el celular dónde están sus hijos en tiempo real. Pasaron apenas treinta años. Pero, en términos de crianza, parecen tres siglos.

Empecemos por EL AUTO

Años 90: cinco chicos atrás. Sin sillita. Sin cinturón. Uno acostado mirando por la luneta. Otro haciendo “piecitos”. Y probablemente algún adulto fumando adelante.

Hoy: sistemas de retención infantil, sillita según peso y altura, booster, cinturón correctamente colocado y una voz adulta que antes de arrancar pregunta: "¿TODOS ABROCHADOS?"

Acá no hay mucho para romantizar. No es que antes éramos más valientes y ahora somos exagerados. Aprendimos. Hoy sabemos que los sistemas de retención infantil reducen considerablemente el riesgo de lesiones y muerte en siniestros viales. La Organización Mundial de la Salud señala que utilizarlos correctamente puede reducir al menos un 60% las muertes infantiles en accidentes de tránsito.

Punto para la actualidad.

Las golosinas

lipos caramelos
los bolones lipo típicos de los 90. - Archivo

Años 90: bolones.

¡BOLONES! Una esfera gigante de caramelo duro que podía durar horas dentro de la boca de un niño. También estaban las mielcitas, los Naranjú, los juguitos en polvo de colores imposibles y una cantidad bastante sorprendente de cosas que comíamos o chupábamos directamente de un plástico.

¿Ingredientes? Nadie preguntaba.

¿Cantidad de azúcar? Tampoco.

¿Colorantes? Mientras más llamativo el color, aparentemente mejor.

Hoy la escena puede ser bastante distinta. Cambió muchísimo lo que sabemos sobre alimentación infantil. No solamente conocemos mejor los riesgos de atragantamiento de determinados alimentos por su tamaño, forma o consistencia. También existe mucha más información sobre el consumo frecuente de azúcares libres y añadidos durante la infancia y su relación con diferentes problemas de salud. Organismos como la OMS recomiendan limitar su consumo. También sabemos mucho más sobre la importancia de los primeros años en la construcción de hábitos y preferencias alimentarias.

Y esto muestra otra diferencia entre generaciones: antes muchas decisiones se tomaban porque “siempre se hizo así”; hoy tenemos acceso a información que antes ni siquiera llegaba a una casa. No significa que un chico de 2026 jamás coma un caramelo. Significa que el adulto que se lo da probablemente sabe muchas más cosas sobre ese caramelo que el adulto que nos daba uno en 1996, porque elegían con otra información disponible.

¿Y el sol?

Años 90: playa al mediodía, protector eventualmente y, si el chico terminaba color tomate e insolado, aparecía la técnica del vaso de agua dado vuelta en la cabeza. Y a seguir.

Hoy salir a la playa con chicos puede requerir una logística cercana a una expedición científica: FPS alto. Gorro. Remera UV. Sombrilla. Agua. Reaplicación cada 2 horas. Evitar los horarios de mayor radiación solar. Y nuevamente: qué suerte que cambiamos. Hoy conocemos mucho más sobre los efectos acumulativos de la radiación ultravioleta y la importancia de proteger la piel desde la infancia.

Hace treinta años había situaciones completamente cotidianas que hoy nos resultarían impensables. Y no porque nuestros padres quisieran cuidarnos menos. El mundo era otro. En estas décadas avanzó la ciencia, cambiaron las recomendaciones médicas, se modificaron leyes, apareció una tecnología que transformó nuestra vida cotidiana y también cambiaron las familias, las escuelas, las ciudades y nuestra percepción sobre qué es peligroso y qué no.

Y todo eso inevitablemente transforma la manera de criar.

Porque la infancia no se vive igual en todas las épocas. Cada generación construye, a partir de la cultura y del conocimiento disponible, su propia idea sobre qué necesita un chico, cuánto puede hacer solo, cuánto debe supervisarlo un adulto, qué riesgos son aceptables y hasta qué significa “cuidarlo bien”. Por eso, cuando ponemos una infancia de 1995 al lado de una de 2026, algunas diferencias parecen enormes. Y quizás una de las más interesantes tenga que ver con la autonomía. En los 90 no había WhatsApp, GPS ni relojes inteligentes. No existía “mandame ubicación en tiempo real”. Muchas veces los chicos salían a jugar y el acuerdo era bastante más rudimentario: "Cuando se prendan las luces, volvés".

Hoy podemos comunicarnos con nuestros hijos, saber dónde están y acompañarlos incluso a la distancia. ¡Y qué bueno que podamos hacerlo! La tecnología nos dio herramientas de seguridad que nuestros padres ni siquiera hubieran imaginado.

Pero también aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿en esa posibilidad de saber, mirar, anticipar y acompañar cada vez más, habrá quedado menos espacio para que los chicos hagan algunas cosas por sí mismos? Y ahí aparece otro gran clásico generacional: el aburrimiento.

El aburrimiento merece un capítulo propio

chicos juegan afuera
Los pedagogos valoran el aburriento para despertar la creatividad y la autonomía. - Getty

Años 90: "Mamá, me aburro".

—Bueno.

Fin.

No aparecía necesariamente un adulto ofreciendo acuarelas, plaza, masa, una actividad educativa o, ahora, hasta una pantalla para resolver el problema. Antes, aburrirse era, en buena medida, un problema del niño. Hoy podemos convertirnos, casi sin darnos cuenta, en productores ejecutivos de la infancia: actividades, estímulos, talleres, planes, pantallas, salidas.

Y resulta que aquella parte de la infancia de antes que parecía simplemente falta de programación tenía algo interesante: mucho del juego pertenecía a los chicos y no a los adultos.

La Academia Americana de Pediatría lleva años destacando la importancia del juego libre y no estructurado para desarrollar creatividad, resolución de problemas, habilidades sociales y autorregulación. Porque cuando nadie venía inmediatamente a resolver el aburrimiento, había que inventar: una soga, un elástico, mirar bichitos bolita o cualquier cosa podían convertirse en un juego. Quizás, en nuestro intento de darles más, también les estamos dejando menos espacio para descubrir qué hacer por sí mismos.

Y eso sí es algo de aquella infancia que vale la pena recuperar.

Entonces...

Cinturón: nos quedamos con el de hoy.

Sistemas de retención infantil: hoy.

Fumar dentro del auto: gracias, nunca más.

Protección solar: hoy.

Más información sobre atragantamiento: hoy.

Más conocimiento sobre seguridad infantil: hoy, mil veces.

¿Bolón gigante para un niño pequeño? Gracias por participar, década del 90.

Pero hay otras cosas que quizás sí podamos mirar con un poquito de nostalgia.

Aburrirse. Inventar un juego sin que un adulto explique cómo se juega. Resolver pequeños problemas. Tener tiempos no organizados. Convertir una caja en cualquier cosa. Jugar con otros chicos sin que cada minuto tenga intervención adulta. Ir conquistando pequeñas autonomías a medida que crecemos.

No necesitamos recuperar los riesgos de aquella infancia para recuperar algo de su libertad. Avanzar no significa hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron nuestros padres. Significa poder reconocer todo aquello que el conocimiento, la ciencia y los cambios culturales nos permitieron hacer mejor, sin descartar automáticamente aquello que, sin saberlo, quizás hacíamos bastante bien. Porque muchas cosas cambiaron para mejor. Porque aprendimos, porque sabemos más, porque hoy podemos cuidar de riesgos que antes ni siquiera conocíamos.

Otras simplemente muestran algo bastante divertido: cada época tiene su propio manual de crianza y está convencida de que es el correcto. Hasta que pasan treinta años. Y los chicos de hoy se convierten en adultos, miran hacia atrás y dicen: ¿En serio nuestros padres hacían ESO?

Seguramente sí. Todavía no sabemos qué será.

Pero tranquilas: ellos nos lo van a recordar.

Julieta Puleo

Julieta Puleo Julieta Puleo lidera @AyMamucha, la comunidad en Instagram de más de 175.000 mujeres donde se aborda, con honestidad, la experiencia de maternar.