¿Se puede pensar la vida como una práctica relacionada con el lenguaje artístico que nos habita? Me gusta pensar las cosas en términos técnicos, compositivos, argumentativos y lingüísticos vinculados al arte.
Quizás porque encuentro allí mucho material emotivo.
¿Qué es una imagen latente? En fotografía analógica, se dice que la imagen latente es el alma de la foto antes de ser procesada químicamente. Una imagen que late, que está en movimiento dentro mío. La pienso, la imagino porque la saqué, pero todavía no está materializada. Hay en esa espera un deseo: que hayamos tomado todas las decisiones técnicas correctas para lograr que la imagen salga bien y que, por sobre todo, nos emocione.
¿Se puede pensar a los hijos en estos términos? ¿Son nuestros hijos imágenes latentes de nuestro deseo?
Si hay algo que me obsesiona en la vida es saber qué impacto tenemos los seres humanos en la vida de los otros. Más aún siendo madres. Más aún siendo madre de varones. ¿Qué puedo enseñarle para cambiar este presente cada vez más encerrado en sí mismo, más individualista, más cerca de las pantallas que de los demás?
Personalmente, no tengo ningún recuerdo vívido de que mis padres me hayan dicho alguna vez cómo debía ser con los otros. Quizás más adelante, en la adolescencia, cuando la independencia aparecía como una posibilidad revolucionaria, llegaron los primeros cuidados, las instrucciones y los pedidos.
No recuerdo que me hayan enseñado a ceder el asiento en el colectivo o a acompañar a una persona no vidente a cruzar la calle. Es más: mi mamá era bastante desconfiada en ese sentido. Siempre decía que algunas mujeres llevaban a sus hijos al banco para que las dejaran pasar primero. Jamás se me ocurriría pensar algo así.
Entonces, ¿dónde aprendí a ser empática con mi entorno?
Mi hijo presta atención a todos mis movimientos. Pregunta. Observa. Está atento a cómo soy con los demás. Sus ojos son el faro que me obliga a pensar que tengo que ser mejor persona. Que me vea. Que aprenda. Sin decir demasiado. Mostrándole de a poco, cuando es necesario.
Muchas veces me detengo a pensar en esa latencia. Criar un hijo es, de alguna manera, un ejercicio intangible, inconmensurable y, podría decir, imposible. No existe ninguna garantía de que todo lo bueno que puedo enseñarle vaya a ser fundante, ni de que todo lo malo vaya a resultar traumatizante.
En ese devenir incierto, en ese brillo punzante, una avanza de la mano con ese niño, apretando su mano cada vez que algo importante aparece.
—¡Mirá el cielo! Allá están esos pájaros azules.—¡Y esas flores! Qué raras, nunca las había visto.
El mundo es, para un niño y para una madre, una traducción permanente del presente. Un presente continuo y maravilloso. Podemos mover ese presente bajo nuestros pies y acercarlo a un futuro más sensible.
Quisiera escribir sobre la potencia de ser madre. Sobre esa tarea imposible que se presenta desde el deseo, pero que debe asumirse desde una realidad compleja. Aun así, en esa encrucijada, nuestros hijos e hijas nos empujan a pensarlos como seres sensibles.
¿De qué están hechos nuestros hijos? ¿Con qué materiales salvajes construyen un cuerpo? ¿Cómo podemos descifrar el camino que nos permita amarlos sin poseerlos? ¿Hasta dónde tenemos acceso para ayudar a construir sus corazones?
Porque después está el afuera. Y en ese afuera hay otros. Hay un mundo difícil, también bello, también amoroso y también terrible.
A veces siento que, como madre, soy un poco salvaje. Me refiero a que me siento muy cerca de mis instintos. Pienso que, si nadie me viera, sería capaz de morder a mi hijo para que entienda algo. Para ponerle un límite. Para que se comporte. Como si pudiera marcarlo igual que un animal marca a sus crías, para señalarle un borde más físico.
Y entonces me pregunto: ¿en qué clase de hombre se convertiría si en sus genes habitara también esta naturaleza?
El año pasado tuvimos que hacerle un estudio de deglución por una sospecha de reflujo. El examen consistía en observar cómo el alimento recorría su sistema digestivo. No era invasivo ni me preocupaba particularmente. Pero en un momento su papá me avisó que podía verse en una pantalla todo lo que ocurría dentro de su cuerpo.
¿Para qué ver eso?, pensé.
Mi hijo no tiene un adentro.
Mi hijo está vivo. Está vivo como una roca del bosque. Es macizo. No puede verse por dentro.
Si tiene sangre, es solo para ponerle curitas y consolarlo.
Si su corazón late, es para darle abrigo y amor para cuando se lo rompan. Porque un corazón late incluso cuando se rompe.
Mi hijo no tiene cuerpo. Tiene vida.
Vida como una forma de estar en el mundo. Como la roca. Como el mar.
Una vida en continuo movimiento.
Una vida para siempre.
Es un ramillete de flores salvajes al que no tengo más acceso que a su cuidado.
A veces ese cuidado es angustioso.
A veces es revelador.
¿Quién, entonces, querría saber de qué están hechos los hijos?
Lula Bauer Fotógrafa, escritora y docente. Actualmente cursa la carrera Artes de la escritura en la UNA. Coordina talleres de escritura y lectura orientados a las maternidades y feminismos.
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