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Día del Amigo: ¿cómo es la amistad después de los 30?

Hacerte amigas y amigos en la adultez tiene un encanto especial: son vínculos más elegidos, a los que nos unen nuestras pasiones, nuestros valores o un entorno compartido. ¿Qué le traen ellos a nuestra vida?




Las mamis del cole, los compañeros y compañeras de un posgrado, las que se sientan cerca en un laburo nuevo. La cantidad de espacios y situaciones de la vida que pueden llevarte a hacerte amigos de más grande son muchas y, de hecho, las relaciones que nos hacemos en una etapa de la vida más cerca de la madurez tienen características propias.

¿Cómo se delinean esos vínculos? ¿Qué cosas nos unen a estas nuevas personas que de a poco se van ganando un espacio en nuestra vida? ¿Cómo se diferencian de los vínculos que arrastramos de la infancia o la adolescencia? ¿Qué vienen a traernos, a aportarnos, a mostrarnos?

¿Qué nos acerca?

Es difícil deslindar lo que nos acerca a gente nueva del momento que estamos atravesando. La vida es movimiento y las relaciones se tejen alrededor de nuevas necesidades. Por poner un ejemplo, sabemos que la maternidad, sobre todo en sus primeros años, es un camino bastante solitario que, afortunadamente, en el último tiempo se empezó a llenar de tribus: mujeres que se acompañan y que tejen lazos intensos y necesarios. Y no solamente la etapa de puerperio, también la primera infancia es un caldo de cultivo ideal: muchas veces, en lugar de dejar a nuestro hijo de 3 años en la casa de alguien que no conocemos del todo, termina siendo un planazo esa charla súper íntima que se dio con una mami a la que, de golpe, le estamos contando mucho de nuestra vida.

Más allá de los hijos, los 30 es la década en que muchas pueden plasmar sus intereses. Con esos compañeros del taller de crónica, de cine o de las clases de canto o de yoga ya hay una base en común, y no sería raro que se convirtieran en tu nuevo grupo de personas favoritas.

La inminente soltería es otro de los grandes momentos que suelen marcar un antes y un después, sobre todo luego de relaciones largas, y este tipo de escenarios suelen impulsarnos, entre otras cosas, a la aventura de forjar nuevas relaciones. Ya sea en una primera instancia solo como compañeras de salidas, recitales o cenas, lo cierto es que, si te separás y todas tus amigas están en family plan, es muy probable que termines saliendo con gente que no veías desde hacía mucho o que acabas de conocer. Y la asiduidad con la que estos encuentros se vayan dando también va a darle forma al nivel de solidez del vínculo que se forme.

Ojo, los rasgos de la personalidad de cada una también juegan un rol clave. ¿O no tenés una amiga que no se abre más que con los amigos de la primaria y otra que por cada taller o actividad pega un grupo nuevo?

Los amigos en la adultez, testigos de nuestro crecimiento.

Los amigos en la adultez, testigos de nuestro crecimiento. - Créditos: Getty Images

¿Cómo se dan estos nuevos vínculos?

Está claro: durante la adolescencia y la infancia, tanto la primaria como la secundaria y la facultad nos suelen “juntar” con gente de manera fija y obligada, con la que pasamos una cantidad de tiempo muy grande. Pasamos por etapas de la vida muy significativas en las que lo grupal nos constituye desde lo identitario. En la adolescencia y a los 20, la amistad cumple –entre otras tantas– una función bien importante: vemos en el otro una proyección de nosotras mismas, el grupo elegido nos reafirma quiénes somos, en una etapa en la que por ahí eso no está tan claro.

En la madurez, o pasados los 30, estamos paradas en otro lado a la hora de relacionarnos. No solo estamos más formadas, más “direccionadas”, más “armadas”, también sabemos más lo que necesitamos, y los vínculos son realmente elegidos. Si bien pueden unirnos muchos intereses en común, no necesitamos que los amigos se nos parezcan tanto: podemos reconocer al otro como tal. Su mirada del mundo puede incluso complementarse con la nuestra, enriqueciendo nuestro universo sin que tambaleen nuestras creencias, que atesoramos como un capital.

Bancarnos ser pasajeras

Otra de las características de los lazos en esta etapa: no necesitamos sellar el vínculo con un best friend forever (BFF). Como las circunstancias nos llevaron hacia estas personas, también nuevas circunstancias pueden alejarnos nuevamente. Y no pasa nada. Incluso, el hecho de que estos lazos se articulen en muchos casos con proyectos y la capacidad para descubrir nuevas facetas de una misma puede llevarlos a estar más basados en tareas y acciones. ¿El riesgo? Que las amistades pueden volverse más circunstanciales y pasajeras. ¿Si las mamis van a ser tus amigas para toda la vida? Puede ser. O no. Y tampoco parece ser lo más importante en este momento.

Un vínculo que requiere trabajo

Ser un buen amigo es un trabajo psíquico importante. “No somos amigos espontáneamente”, afirma nuestro experto, y lo ejemplifica de manera muy clara: cuando somos chicas y decimos que el nene que recién conocemos es nuestro amigo, estamos diciendo que es “otro yo”. Según cuenta, esto se expresa en definiciones básicas de la amistad, como la de Aristóteles (que dice que el amigo es un doble de nosotros) o la de Atahualpa (que el amigo es uno mismo con otro cuero). Entonces, concluye: “Estas definiciones no le hacen justicia a la amistad: a lo que tiene de extraño, de diferente, de ejercicio de tolerancia y aprendizaje frente a la alteridad”.

En definitiva y yendo a un plano más psicoanalítico, abstracto y hasta ontológico, ¿qué es un amigo? “Un amigo es un portador de los propios procesos psíquicos, al que elegí para mentirme menos, pero a veces mi impulso a engañarme se desplaza y le miento a mi amigo”, afirma nuestro experto. Y concluye con una idea hermosa, que nos hace sentir identificadas: así como una pareja se sostiene desde el deseo, la fuente ontológica de la amistad es el amor a la verdad, a lo auténtico.

Experto Consultado: Luciano Lutereau. Psicoanalista y doctor en Filosofía y Psicología. @lucianolutereau.

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