
Carga mental y maternidad: la desigualdad invisibilizada que todavía recae sobre las mujeres
Aunque los roles de género cambiaron, muchas mujeres siguen sosteniendo la llamada “carga mental”: la organización invisible del hogar, el cuidado y la logística cotidiana de la familia.
8 de marzo de 2026

Carga mental y maternidad: la desigualdad invisibilizada que todavía recae sobre las mujeres - Créditos: Getty
Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una fecha que recuerda la lucha histórica por la igualdad de derechos y la participación plena en la vida política y social. Pero también invita a preguntarnos qué significó durante tanto tiempo ser mujer y qué significa hoy.
Un reciente video viral protagonizado por Daniela Celis, modelo, influencer y exparticipante de Gran Hermano, y la periodista Ángeles Balbiani puso en evidencia un mandato social que todavía sigue muy presente —aunque muchas veces resulte invisible—. En una entrevista, la periodista se refirió al padre de las hijas de Daniela como “el niñero”, por haberse quedado al cuidado de las niñas mientras su madre estaba de viaje. Daniela respondió con una frase que invita a la reflexión porque deja al descubierto algo que todavía ocurre, incluso en el discurso de muchas mujeres: “Si yo me quedo acá, está bien, soy la madre, nadie me ve. En cambio, si se queda él es el niñero”.
La palabra “niñero” no es inocente. Sugiere que el padre está ocupando momentáneamente un lugar que no le pertenece, como si el cuidado de los hijos siguiera siendo, en esencia, responsabilidad de la madre. Algo similar ocurre con la reacción social frente a estas situaciones: cuando un padre queda a cargo de los hijos durante varios días suele despertar admiración. “¡Qué genio!”, “¡qué héroe!”. Cuando una madre hace exactamente lo mismo, la escena pasa completamente desapercibida.
Aunque los tiempos estén cambiando, muchas mujeres siguen siendo hoy las encargadas de recordar los turnos médicos de los chicos, las actividades del colegio, la lista del supermercado para que la comida de la semana esté resuelta o las viandas del día siguiente. Saber qué falta, qué hay que anticipar, qué no puede olvidarse. En otras palabras: sostener mentalmente la logística cotidiana de una familia.
No se trata solamente de cumplir con una serie de tareas, sino de visibilizar que, aun cuando las responsabilidades se comparten con las parejas, muchas veces son ellas quienes siguen organizando todo, todo el tiempo. Ellas recuerdan, anticipan y hasta planifican lo que todavía no ocurrió. Esa es la verdadera carga mental que pesa. Pero el nombre, por sí solo, no alcanza para dimensionar su impacto. Porque la carga mental no se ve: se experimenta como una presencia constante, una actividad de fondo que nunca se apaga del todo.
Muchas mujeres en el consultorio lo dicen de una manera muy honesta: “Si yo no lo pienso, no pasa”. Ese “pensar en todo” también implica renuncias: reuniones de trabajo que se posponen porque alguien tiene que resolver algo del cuidado, viajes de placer que se suspenden o incluso oportunidades laborales que se dejan pasar porque la organización familiar no encuentra otro sostén.
Durante mucho tiempo el cuidado fue pensado como un territorio femenino: la mujer como ama de casa. Y aunque muchas cosas cambiaron, esa lógica todavía persiste en pequeños gestos, en palabras aparentemente inofensivas y en la distribución silenciosa de responsabilidades.
Tal vez por eso algo empezó a cambiar en las últimas generaciones, donde cada vez más mujeres se permiten preguntarse por la maternidad: ¿quiero esto para mi vida tal como está planteado? Y no necesariamente porque no deseen hijos, sino porque aparece la sospecha de que, detrás de la idea romántica de la familia, puede esconderse una distribución profundamente desigual del cuidado.
Muchas crecimos viendo a nuestras madres y abuelas agotadas, sosteniendo solas la logística emocional y práctica de una casa, postergando proyectos personales y organizando la vida de todos mientras la propia quedaba en pausa. Mujeres que además se encargaban de limpiar, cocinar, acompañar las actividades escolares y extracurriculares y, en muchos casos, pelear por obtener la cuota alimentaria. Tal vez por eso ahora algunas se permiten dudar más que antes, no necesariamente de la maternidad en sí, sino del modo en que históricamente se organizó.
En un contexto en el que las mujeres estudian más, trabajan más y participan más activamente de la vida pública, la pregunta por el cuidado ya no puede quedar fuera de la conversación. Porque mientras la organización mental de la vida cotidiana siga recayendo mayoritariamente en ellas, algo de esa desigualdad seguirá funcionando en silencio.
Nombrarlo no implica buscar culpables individuales ni transformar la vida doméstica en una contabilidad de méritos. Implica, en cambio, hacer visible algo que durante mucho tiempo se naturalizó: todo ese cuidado invisible.
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