Muchos habrán visto la serie sobre la vida de Moria Casán, en Netflix. Son varios los temas por los que atraviesa el relato: la violencia sexual en la infancia por parte de un familiar, su singular modo de transitar la maternidad, las adicciones, el vínculo con sus padres, los celos extremos, la posición de hija de Sofía Gala, los métodos de atención de la salud mental de la época, el tránsito por la adolescencia, la mirada de los padres sobre la sexualidad adolescente, el sentido del éxito para el personaje y las concepciones de época acerca de la sexualidad dentro de distintos contextos políticos de la Argentina, entre otros.
Me voy a detener estrictamente en el tratamiento que hace el personaje de la violencia sexual que sufrió la protagonista en la infancia. La serie insiste en resaltar «El secreto», donde dice: «Acá, ningún trauma» y «Mi abuelo abusaba de mí, era una rutina muy sucia, pero erotizante. ¿Sería algo normal? ¿Les pasaría a otras nenas también? Lo vivía con una mezcla de asco, placer y secreto».
Para quienes fueron víctimas de este tipo de violencia es importante no compararse. Cada persona tramita de forma distinta lo que le ocurrió en su infancia. No lo hace como quiere, sino como puede. Las afirmaciones que hace el personaje están lejos de ser verdades absolutas y mucho menos fórmulas dignas de generalizar, sino que dan cuenta de la forma que el personaje encontró para sobrevivir cada vez que fue violentada a lo largo de su vida.
La angustia, la tristeza, el enojo, la bronca, el asco y la impotencia son, como mínimo, sentimientos esperables después de la violencia sexual padecida en la infancia.
Sentimientos que el personaje parece negar; es decir, no puede transitarlos y los desaloja.
Esta negación del sufrimiento, en el sentido del funcionamiento psíquico del término, aparece con claridad cuando el personaje cuenta que estuvo toda una noche hamacándose para que se le pasaran los celos insoportables que sentía por la relación entre sus padres, deseantes y sexuados. Decide no sufrir nunca más e intenta sostener esa decisión a lo largo de su vida.
Entonces, el recuerdo del abuso sexual en la infancia no tendría un tratamiento diferente en su relato: lo minimiza. De ahí su «no hay trauma». De hecho, la negación se quiebra en algún momento de su maternidad y aparece de forma violenta, con enojo, ante la desilusión y la adicción de su hija.
Minimizar un recuerdo obedece, así, a varios motivos, pero no debe interpretarse como sinónimo de minimizar las consecuencias de la violencia sexual contra las infancias.
Acerca de las reacciones fisiológicas ante la estimulación de un adulto cercano y querido en la infancia, eso que el personaje llama «erotizante» es algo que algunas veces, aunque muy pocas, escuchamos en los consultorios. En la vida adulta, puede dar lugar a un insoportable sentimiento de culpa, que luego se traduce en la dificultad para sentir placer.
Así, la culpa es aquello de lo que el personaje huye sistemáticamente.
Lo «sucio» es el sometimiento sistemático a la violencia sexual de una niña por parte de un adulto que debía cuidarla. Guardar este tipo de secretos para un niño o una niña es más violencia: es un trabajo para el psiquismo que debería estar destinado al disfrute de su infancia y un condicionamiento de todos sus vínculos, que pierden espontaneidad y confianza.
Por otro lado, el juego con su madre, previo a los abusos, sirve de metáfora: la madre que no ve, no escucha, no observa, no pregunta y le ordena a su hija una obediencia quieta justo antes de los abusos sexuales.
Habría más para decir. Me interesa dejar muy claro, para las personas que fueron víctimas de violencia sexual en la infancia, que todo sometimiento —el sexual en particular— es violencia. Deja huellas psíquicas y condiciona las reacciones eróticas a futuro.
Por sobre todo, es importante saber que cada víctima hace lo que puede con lo que dispone frente a las violencias vividas en la infancia. Siempre es mejor hablar cuanto antes, creerles a los niños y las niñas cuando expresan haber atravesado situaciones de violencia sexual, pedir ayuda a personas que crean en lo sucedido, buscar acompañamiento profesional y respetar la singularidad de cada uno.
Y que la culpa esté siempre del lado de quienes ejercieron la violencia.
Referencias bibliográficas
- Tres ensayos sobre la teoría sexual. Sigmund Freud (1905).
- Pulsiones y destinos de pulsión. Sigmund Freud (1915).
- Después del abuso sexual. Andrea Aghazarian (2024). Ed. CICCUS.
Andrea Aghazarian Lic. en Psicología de la UBA, psicoanalista. Especializada en terapias sobre abuso sexual.



