
Trabajar entre mujeres: el mito de la rivalidad y la potencia de lo colectivo
Durante años, la idea de que “entre mujeres es más difícil” circuló como una verdad incuestionable. Hoy, nuevas formas de liderazgo y culturas laborales más conscientes invitan a revisar ese prejuicio y a poner en valor la potencia de lo colectivo.
16 de abril de 2026 • 13:43

El equipo de mujeres que hace de OHLALÁ! - Créditos: Sol Schiller
Durante años escuchamos la misma frase, dicha casi en susurro pero con tono de advertencia: “entre mujeres es más difícil”. Más competencia, más tensión, más conflicto. Una idea que circuló tanto que terminó pareciendo verdad. Pero ¿qué pasa cuando miramos la experiencia concreta, cuando escuchamos a quienes trabajan todos los días en equipos conformados mayoritariamente por mujeres?
Lo que aparece no es una utopía sin diferencias, sino algo mucho más interesante: redes de apoyo, conversaciones honestas, liderazgo empático y una potencia colectiva que desarma el mito de la rivalidad. El problema nunca fue trabajar juntas, sino la narrativa sobre cómo debíamos vincularnos. Hoy, con organizaciones más conscientes y liderazgos en transformación, el foco empieza a correrse: menos competencia heredada, más colaboración elegida.
Prejuicios heredados
La idea de que las mujeres no podemos trabajar juntas sin competir tiene raíces profundas. Durante siglos, los espacios de poder fueron escasos para nosotras. Si había un solo lugar en la mesa, parecía lógico que la otra fuera una amenaza. El sistema no estaba diseñado para la colaboración femenina, sino para la excepcionalidad: podía haber una, no muchas.
Gaby Hostnik, especialista en neurociencia aplicada, que durante años trabajó como coach laboral y es nuestra experta consultada para esta nota, lo explica con claridad: este prejuicio nace en contextos históricos donde las oportunidades de liderazgo eran limitadas. Cuando los lugares eran pocos, la competencia se volvía casi inevitable. También se instaló el estereotipo de que la mujer que llegaba alto “se masculinizaba” y perdía rasgos vinculados con lo colaborativo.
Hoy la realidad es otra: se observan organizaciones mucho más conscientes. “La calidad de los vínculos depende mucho más de la cultura organizacional que del género”, sostiene nuestra experta. Las creencias culturales persisten, sí, pero empiezan a ser revisadas.
Lo que sí ganás
Trabajar entre mujeres no es una utopía sin conflictos. Es, como cualquier equipo, un entramado humano. Pero cuando el entorno es saludable y consciente, aparece algo mucho más potente: la posibilidad de red.
En su experiencia acompañando equipos, la especialista señala que no hay una única dinámica que caracterice a los equipos femeninos. Lo que más influye es el estilo de liderazgo, el clima organizacional, la seguridad psicológica y la claridad en roles y procesos. Cuando esas condiciones están presentes, suelen emerger fortalezas valiosas: cooperación, escucha, empatía, creatividad y cuidado de los vínculos.
Estos climas favorecen el aprendizaje colectivo y se traducen en mayor compromiso y coordinación. La competencia —cuando existe— no responde al género, sino a sistemas de evaluación o culturas empresariales que la promueven. “Muchas narrativas sobre competencia entre mujeres tienen más que ver con contextos históricos que con la realidad actual”, subraya Hostnik.
Entendernos más y mejor
Algo profundo ocurre cuando dejamos de mirarnos como amenaza. Aparece la curiosidad en lugar de la comparación. La pregunta en lugar del juicio. En culturas saludables se construyen espacios de diálogo donde las diferencias no se niegan, sino que se trabajan. De este modo, la sensibilidad interpersonal y la disposición a acompañar procesos ajenos fortalecen el tejido del equipo.
Entendernos más implica también revisar sesgos propios: ¿somos más duras con otras mujeres? ¿Esperamos de ellas estándares imposibles? La transformación colectiva empieza por esa conciencia individual.
Work-life balance
En entornos liderados o integrados mayoritariamente por mujeres suele haber mayor sensibilidad frente a imprevistos familiares, maternidad, cuidado de personas mayores o crisis personales. No porque el género garantice empatía, sino porque la experiencia compartida amplía la mirada.
Pero esto no se da per se sino que depende, sobre todo, del liderazgo. Antes era frecuente escuchar comparaciones generacionales: “Yo lo pasé así y nadie me ayudó”. Mensajes duros que respondían a otras épocas. Pero, por suerte, cada vez hay más empatía.
Hoy se percibe mayor conciencia emocional. Cuando los líderes son sensibles y la cultura es más humana, las personas se sienten acompañadas. El equilibrio entre vida personal y trabajo deja de ser culpa individual para convertirse en conversación organizacional.
La vulnerabilidad es fortaleza
En muchos equipos femeninos aparece algo que aún incomoda en culturas laborales tradicionales: la vulnerabilidad. Decir “no sé”, “no puedo”, “necesito ayuda”. Cuando eso es posible, el aprendizaje se acelera y la confianza crece.
Ser resiliente no significa ser invulnerable. Al contrario: reconocer límites puede ser un indicador de liderazgo consciente y madurez emocional. En entornos donde el error no se penaliza sino que se analiza, la cohesión aumenta y el rendimiento mejora. “Mostrarse vulnerable es una base de la seguridad psicológica”, explica Hostnik.
Trabajar entre mujeres no elimina conflictos. Las diferencias existen. Los desacuerdos también. El punto no es romantizar, sino comprender que el problema nunca fue el género en sí, sino la cultura organizacional.
No es idealización, es cultura
Idealizar puede ser tan dañino como estigmatizar. Pensar que por el solo hecho de ser un equipo femenino las dinámicas serán armónicas es desconocer la complejidad humana. Pueden aparecer diferencias de estilo, expectativas y formas de trabajo, igual que en cualquier equipo.
Pero la clave está en la comunicación, los acuerdos y el liderazgo consciente. Cuando estos elementos se trabajan, los desafíos se transforman en oportunidades de crecimiento colectivo para todas las personas del equipo.
Si una empresa quiere fomentar mayor colaboración, el primer paso es revisar su cultura: cómo se reconocen los logros, cómo se toman decisiones, qué vínculos se promueven. Los líderes determinan la norma emocional del grupo. Si el liderazgo modela respeto y cooperación, esa dinámica se expande. La diferencia es que, como decíamos antes, al haber más líderes mujeres hoy, también es más fácil la empatía con las colaboradoras en relación con situaciones que puedan suceder con los hijos, la familia o cuestiones de salud que nos caracterizan.
La potencia de lo colectivo
Tal vez el verdadero desafío no sea demostrar que las mujeres podemos trabajar juntas. Eso ya sucede todos los días. El desafío es dejar de contarlo como excepción y empezar a narrarlo como lo que es: una forma posible —y poderosa— de habitar el trabajo. Cuando la competencia deja de ser mandato y la colaboración se vuelve elección, algo cambia en profundidad. El éxito deja de percibirse como un recurso escaso. La mesa se amplía.
El mentoreo entre mujeres, por ejemplo, tiene un impacto transformador: facilita aprendizaje, construye confianza y abre oportunidades. No hay nada más nutritivo que la compañía de otra mujer que ya transitó el camino. Las redes sólidas generan entornos más sostenibles.
El mentoreo entre mujeres no solo impacta en el desarrollo profesional individual, sino también en la transformación cultural de las organizaciones.
Cuando una mujer comparte su experiencia, sus aprendizajes y también sus errores, habilita un camino más claro para otras. Se acorta la distancia entre el “no sé si puedo” y el “sí, es posible”. El mentoreo construye referentes reales, derriba el aislamiento que muchas veces acompaña el crecimiento profesional y refuerza la idea de que el éxito no es un logro solitario, sino una trama que se teje en red.
La potencia de lo colectivo no borra la individualidad, la amplifica. Nos recuerda que crecer no implica desplazar a otra, sino crecer junto con otras. Y en tiempos en los que el trabajo exige adaptación constante, creatividad y resiliencia, los equipos que se sostienen en vínculos de confianza tienen una ventaja decisiva.
Quizá la pregunta ya no sea si podemos trabajar entre mujeres, sino cómo elegimos hacerlo. Con qué cultura, con qué liderazgo, con qué conciencia. Porque cuando la colaboración deja de ser discurso y se vuelve práctica cotidiana, el mito de la rivalidad pierde fuerza. Y en su lugar aparece algo mucho más poderoso: comunidad.
¿Cómo construir equipos colaborativos femeninos?
- Revisar la cultura y los sistemas de reconocimiento. Muchas lógicas competitivas no nacen de las personas sino de los modelos de evaluación. Diseñar objetivos compartidos reduce la rivalidad interna.
- Promover seguridad psicológica. Crear climas donde se pueda opinar, preguntar y equivocarse sin miedo. La confianza es la base de la colaboración.
- Modelar desde el liderazgo. Los líderes determinan la norma emocional del grupo. Compartir información, reconocer aportes y escuchar activamente instala una práctica cotidiana de cooperación.
- Claridad en roles y acuerdos. Las diferencias se gestionan mejor cuando las responsabilidades están definidas y las expectativas son explícitas.
- Fomentar el mentoreo entre mujeres. Acompañar y compartir experiencia fortalece redes profesionales sostenibles. Nos hacemos fuertes apoyando la fortaleza de los demás.
- Desarrollar habilidades socioemocionales. Empatía, comunicación asertiva y gestión de conflictos son competencias clave para equipos saludables.
Cuando estos pilares están presentes, la colaboración entre mujeres no se fuerza: emerge de manera natural y se sostiene en el tiempo.
El núcleo de la comunidad, por Agustina Vissani

Agustina Vissani, directora de OHLALÁ! - Créditos: Sol Schiller
Alguna vez le dijimos a alguien que se incorporó en el equipo: “OHLALÁ! es como un tren que no para, y que, aunque al principio te da un poco de vértigo, rápidamente te acomoda en un vagón ideal para vos”. OHLALÁ! es de esos entornos a los que adaptarte es fácil. Sobran las risas, las cosas ricas y los “lo estás haciendo bien”.
OHLALÁ! es, por sobre todas las cosas, un equipo. Sin equipo no hay mística, no hay corazón, no hay OHLALÁ! Y es un equipo femenino (perdón, Herni y Juli) que piensa el universo femenino a través de las vivencias propias, las emociones, los deseos, los miedos y los amores de cada una. Nos toca ser el núcleo de una comunidad y, por eso, parte de nuestro trabajo es pasarla bien juntas.
Porque no se puede crear contenido para una comunidad si nosotras no somos comunidad, si no somos red. Nos bancamos cuando una llega más tarde porque está en la adaptación del jardín del hijo, analizamos el Tinder de la otra y recomendamos estrategias, nos abrazamos cuando nos llaman al laburo para darnos una mala noticia y brindamos cuando hay logros personales o colectivos. Construimos recuerdos juntas y para eso hacemos muchísimos planes: desde ir a cantar a un karaoke en Flores hasta tomar el té juntas en una casona señorial junto a un montón de señoras que festejaban un cumple de 80. Y siempre, donde sea, nos divertimos.
¿Si esto tiene que ver con que seamos todas mujeres? No estoy del todo segura, aunque la empatía, el disfrute de lo compartido y la sensibilidad para descubrir cuando la otra necesita a alguien que la aliente o a alguien que la materne un rato son propias de nuestra esencia femenina y agradezco que así sea.
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