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De por qué no debe ganar el miedo


Créditos: Ohlalá



Juan,
Qué linda canción elegiste para tu última carta. Me refiero a la de Joy Division "Love will tear us apart". También me gustó cuando pusiste que ""Siempre fui de los que dice que las mujeres cuando más lindas se ven, es cuando no están pensando en verse lindas, como por ejemplo a la mañana. Porque entran otros detalles y vislumbramientos que amplifican aún más la belleza de la otra persona."
Pero a pesar de lo bello de tu expresión, te confieso que muchas mujeres sí estamos pensando en vernos lindas a la mañana cuando estamos ante un hombre. Quizás no queremos que se note, pero no podemos evitar estar un poco pendientes. Es el momento donde queremos vernos "naturalmente bellas" y hacemos cosas locas como ir temprano al baño con un corrector, por si amanecimos con alguna alergia rara que conviene cubrir o un granito maleducado.
Sí, son esos pequeños secretos que tenemos, tal vez producto de una sociedad que nos exige tanto a través de infinitas imágenes que se reproducen en papel, en gigantografías de la calle, a través de la pantalla y en publicidades huecas. Sinceramente, creo que es difícil escapar de la trampa de la apariencia, pero se puede y siempre tiene que ver con la confianza.

Sabés, a veces cuando no puedo dormir hago algo muy insólito: agarro mi tablet y me pongo tutoriales de maquillaje en Youtube. Hay un algo del ritual de esa transformación que me fascina, me seda y me duerme. Esas blogueras usan colores claros y oscuros para afinarse la cara, resaltar sus pómulos, agrandar sus ojos y su boca y perfilar una nariz perfecta. Aún cuando enseñan cómo hacer un maquillaje para todos los días, elijen ponerse pestañas postizas, que las hace verse seductoras y casi como muñecas.
Siempre me pregunto cómo será para esas chicas el momento de la mañana siguiente con un hombre al que están conociendo. Cómo será ese momento cuando la cara angulosa surge redonda, cuando hay que arrancar las pestañas falsas, cuando aparece la verdad ineludible por debajo de la máscara. La misma persona, pero otra.
Quizás no sea justo a la mañana, pero por supuesto que hay muchos momentos en los que me olvido completamente de cómo me veo. Uno es en la playa, en el mar, saltando olas, riéndome por la cantidad de arena que me entró en la bikini. Mi pelo está hecho un nudo, mi cara tiene sabor a sal, pero por algún motivo no me importa nada. Supongo que es porque en ese estado me siento feliz y eso me hace sentir hermosa, más allá de cómo me vea a los ojos de los demás.
En general, cuando viajo me siento así: viva, feliz, bella.
Para lo que sigue, te dejo un hermoso tema viajero:
Una vez, de mochilera, me perdí en Roma. No me daba una ducha desde hacia un par de días, mi ropa estaba terriblemente sucia y no sé cómo, con mi amiga caminamos colina arriba, exactamente en la dirección opuesta a la que se suponía que debíamos ir. Fue hace muchos años, no había celular, ni mail. Hacía cuatro días -por lo menos-, que no me comunicaba con mi familia. Pero era normal.
Me acuerdo que se hizo de noche; no importaba el camino que tomáramos, siempre nos chocábamos con una autopista imposible de cruzar. Yo tenía sangre coagulada en la ropa por haberme clavado una rama en el camino. De pronto, a la vuelta de una esquina surgió una mansión imponente. En la majestuosa entrada, podían apreciarse Ferraris, Lamborghinis; hombres vestidos de etiqueta negra y mujeres de gala.
Recuerdo que nos escondimos detrás de un arbusto para espiar y fantasear. Me sentía Cenicienta, pero sin siquiera la calabaza. Me acuerdo mirar mis jeans duros por la mugre y mi campera noventosa y desear que llegue mi hada madrina para convertirme en una princesa con pase a la gran fiesta. Eso que estábamos presenciando, era puro glamour del más alto nivel. Qué lindo hubiera sido poder entrar aunque sea un segundo a ese universos lleno de brillos y celebridades.

El frío y la oscuridad nos trajeron a la realidad. Estábamos perdidas, sin una Lira, y mi amiga ya estaba entrando en pánico. De pronto encontramos un puesto de flores. ¡Un ser vivo que nos podía ayudar! El buen hombre nos preguntó hacia dónde queríamos ir. Le contamos que dormíamos en la pensión Sebastapoli, pegada al Vaticano. "Oh, están lejos y alto", creo que dijo en italiano. Entonces nos indicó que nos asomáramos por entre los árboles. "¿Ven ese monumento del Ángel?", preguntó. Cómo no verlo. Estábamos a mayor altura de lo que imaginaba y en ningún momento habíamos tenido la oportunidad de ver. De mirar de verdad. La vista era simplemente sublime. Ya no importaba si estábamos perdidas, ya no importaba cuánto nos iba a tomar la vuelta. La vida nos había regalado un paisaje inolvidable. Ese día me enamoré de Roma.
Cuando el Universo me regala un paisaje inolvidable, siento que no importa lo que suceda, siento que la vida ya valió la pena.
"Vayan bajando", nos dijo el hombre de las flores, "y mientras lo hacen traten siempre de buscar al Ángel como guía. Mientras lo vean y cuanto más cerca lo vean, estarán por buen camino".

Llegamos sanas y salvas. En la pensión nos esperaba Regina, una mujer robusta, bien italiana, de esas que lucen vestidos de colores vivos y floreados, ceñidos y con escotes generosos. "Gelatas", me dijo mientras me agarraba las manos y las frotaba para que entraran en calor. En los tres días que vivimos ahí, Regina se paseaba con una sonrisa y su loro en el hombro (¡Sí, un loro!).
En ese viaje, también entraron a robarnos a nuestro compartimento del tren mientras dormíamos. Creo que espanté al ladrón con mis gritos. Y sobrevivimos a un nudista (esa historia es desagradable) y a varios locos.
Pero en ningún momento me dejé vencer por el miedo. Tenía 19 años. Nos sentíamos inmortales y el mundo nos pertenecía.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque soy mujer. Porque soy de las que viajó desde muy chica, sola, o con una amiga, o en grupo. Y soy de las que dice: nunca hay que dejarse vencer por el miedo, nunca hay que dejar de viajar. Nunca debemos frenar a los demás a que lo hagan. Todo lo contrario. Hay que alentarlo, nunca hay que dejar de hacerlo.
Desde que el mundo es mundo, está lleno de predadores. Y el más peligroso somos nosotros. Pero no podemos ni debemos permitir que los que cultivan el miedo nos ganen. Dejar de viajar, dejar de lanzarse a las aventuras, vivir puertas para adentro, postergar sueños…….. todo eso equivale a que los peligrosos ganen, a que el MIEDO gane.
Es igual que cuando dejamos de tomar mate o jugar a la pelota en la vereda por temor. Lo único que logramos es ceder el espacio a los malintencionados y que los que se animan a salir, se hallen cada día más solos y vulnerables. Y, sin darnos cuenta, le restamos cada día un poco más de sentido a la vida. Eso creo que es sobrevivir. Yo quiero vivir.
¡Tuve tantas aventuras viajeras! Hasta ahora salieron bien, pero podría no haber sido así. Somos seres muy vulnerables. Y la única certeza de la vida, es la muerte.
Puede suceder lejos o cerca. En mi propia casa. Puede suceder hoy, puede ser mañana. O dentro de muchos muchos años. No lo sé. Lo que sí sé, es que si mis ojos tuvieron la dicha de ver unas cuantas maravillas del mundo, si mi corazón tuvo la fortuna de sentir una emoción extrema ante paisajes inolvidables, y mi persona tuvo la oportunidad de encontrarse con otros seres maravillosos y diversos para compartir desde el amor, entonces mi vida estuvo bien vivida. No importa cuan larga haya sido. Se trata de calidad de vida, no cantidad de vida, ¿no?

Cuando viajo me siento libre y bella. Sin maquillaje.
Los que cultivan miedo no deben ganar.
Hoy, más que nunca, viajar es vivir.
Beso,
Cari

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