Agostina Vega tenía 14 años cuando salió de su casa a las 22.30 del sábado 23 de mayo. Dijo que iba a la rotisería del abuelo a unos metros, pero tomó un remís que alguien ya había pagado. Esa misma noche la mataron. Todo lo que vino después —los rastrillajes, los 250 efectivos, los perros, los drones, las 240 hectáreas peinadas en el barrio Ampliación Ferreyra— fue la búsqueda, tardía, de lo que quedaba.
Los nombres, las historias y las geografías cambian, pero el guión lo sabemos de memoria. Una mujer, grande o niña “desaparece”. Encuentran el cuerpo, entero, o por partes. Policia, perros, ambulancias. Padres en un auto camino a la morgue a confirmar si es su hija lo que viaja en esa bolsa. Cámaras apostadas afuera esperando captar el dolor más profundo, la frase más temida. Lo repetimos con cada Agostina, como un rito que no interrumpimos nunca, y cada vez que lo repetimos estamos diciendo, sin decirlo, que esto es inevitable, que no hay solución. Que a las chicas nos las matan así y el mundo sigue porque no podemos hacer nada. Que el dolor inconmensurable de una familia es un hecho aislado que sirve de materia prima para el noticiero de las once y después se archiva.
Hay una palabra para este tipo de rito y no es tragedia, sino pedagogía. Cada femicidio enseña que hay cuerpos que pueden ser tomados, usados, descartados; y que hay vidas cuya desaparición activa protocolos tardíos, alertas que demoran cuatro días, búsquedas que empiezan cuando ya no hay nada que salvar. La filósofa italiana Adriana Cavarero llama horrorismo a la violencia que deshace la forma humana del cuerpo, que convierte a una persona en cosa. Una violencia que no se agota en quien muere sino que produce un efecto sobre todas las que siguen vivas, y ese efecto es el miedo como regulación. No el miedo al extraño en la oscuridad, sino algo más fino y permanente, la conciencia de que el propio cuerpo, nuestro cuerpo de mujeres, es un territorio sobre el que otros pueden ejercer poder. Que movernos, salir, confiar, tiene un precio que puede cobrarse en cualquier momento. Agostina salió de noche, tomó un remís, fue hacia alguien conocido. Hizo exactamente lo que hacemos todas cuando confiamos, y esa confianza fue la trampa.
Claudio Barrelier, el principal sospechoso, era ex pareja de la madre de Agostina y tenía antecedentes graves por violencia de género, pero igual lo dejaron libre. En el 84% de los femicidios registrados en Argentina entre enero y abril de 2026, la víctima conocía a su agresor. Esta cercanía entre víctima y victimario se complejiza en los barrios populares, porque las redes de contención y las redes de violencia se superponen. Irse tiene un costo material que no todas pueden pagar, y la violencia machista opera también como un régimen económico que regula quién puede moverse y quién no.
El umbral de lo que cuenta como peligro real se corre según el barrio, la clase y la geografía. Agostina vivía en General Mosconi, un barrio obrero de la ciudad de Córdoba, y la respuesta institucional tardó más de cuatro días en llegar. Pero una adolescente de Recoleta que desaparece activa otros protocolos, genera otras urgencias. Y sin embargo, mientras en Argentina se seguía el caso de Agostina, en Eldorado, Misiones, Dulce María Beatriz Candia de 17 años, llevaba más de diez días desaparecida sin que casi nadie lo supiera. La encontraron asesinada en una obra abandonada, sin detenidos. La clase determina quién recibe protección, quién genera urgencia institucional, quién ocupa la tapa de los diarios. Para las pobres, las respuestas llegan más tarde. Para las pobres de la periferia del país, a veces ni llegan.
De las ochenta mujeres asesinadas entre enero y abril de este año, quince habían hecho denuncias previas, algunas incluso tenían medidas cautelares vigentes. Y mientras tanto, en el Congreso, la senadora Carolina Losada avanzaba con un proyecto que propone penas de hasta seis años de prisión para quienes denuncien “falsamente” violencia de género. Un proyecto construido sobre una premisa que los datos desmienten: sobre más de ocho millones de causas penales analizadas en 17 provincias, apenas el 0,09% correspondió a investigaciones por supuestas falsas denuncias, y ese porcentaje ínfimo refiere en su mayoría a conflictos patrimoniales y laborales, no a violencia de género. Lo que el proyecto de Losada hace, con toda precisión, es convertir la denuncia en riesgo, que quien ya tiene miedo tenga una razón más para callarse.
Por eso es tan importante seguir defendiendo la Educación Sexual Integral. Porque va mucho más allá de hablar de sexo, permite poner en el centro el consentimiento como concepto pedagógico, da un lenguaje para pensar el deseo propio en relación con la voluntad del otro, y construye en las escuelas un espacio donde los vínculos se examinan, se cuestionan y se nombran. Enseña que el cuerpo ajeno no es un territorio disponible, y que la masculinidad no se construye naturalmente sobre la dominación. Que hay formas de relacionarse que hacen daño y que ese daño tiene costos. Cuando se ataca la ESI, se ataca exactamente eso: la posibilidad de que un varón llegue a adulto habiendo incorporado que el otro cuerpo tiene límites que no le corresponde cruzar. Se deja a las próximas generaciones sin las herramientas conceptuales para construir relaciones donde la violencia no sea una opción válida, y se lo hace con el argumento del adoctrinamiento, como si enseñar respeto fuera ideología, la violencia fuera naturaleza, y los delitos contra las mujeres destino.
El miércoles se cumplen once años del primer Ni Una Menos, Agostina tenía tres años en ese entonces. Creció en un país donde las plazas dijeron basta, donde el lenguaje cambió, donde el femicidio dejó de ser una palabra rara y se volvió una categoría legal, política y cotidiana. Creció en ese país pero la mataron igual, lo cual no invalida once años de movimiento, pero lo complejiza. Nos obliga a preguntarnos qué pasa entre la plaza y el día siguiente, entre el nombre que le ponemos a la violencia y la arquitectura institucional que la sostiene. El 3 de junio volvemos a salir, no porque tengamos la respuesta, sino porque el silencio es la única derrota que no nos podemos permitir.










