El último penal de la final pasada. Un país entero conteniendo el aire. En una casa llena de gente, una mujer se tapó la cara con las manos. No podía mirar. Creyó que era por el penal.
Esa mujer era yo.
Querida yo del Mundial pasado: esa tarde, cuando el estadio gritó y vos abriste los ojos, se te llenó el pecho de una felicidad que no entraba en el cuerpo. Estaban todos. Los miraste un segundo y volviste a mirar la pantalla. Era lógico: el partido estaba ahí. Lo que no sabías es que tu mejor partido no era la selección de Argentina. Era tu equipo. Esos que estaban apretados en tu sillón como si fuera la tribuna.
Estabas segura de que tu vida ya tenía su forma y que no iba a cambiar. Tenías algunos proyectos, algunos miedos, algunos problemas de pareja, mucho sueño por tus hijos tan chiquitos. Estabas llena de ilusión, no solo por Argentina.
Y en un suspiro y cuatro años, ese chiquito que festejaba los goles sin entender qué pasaba hoy te explica el offside. La chiquita que se dejaba pintar la cara de celeste y blanco, feliz porque quedaba igual a vos, hoy se la pinta sola, con el celular apoyado en el espejo, y les manda la foto a sus amigas. El que saltaba abrazado a vos hoy lo ve con amigos, y a los diez minutos te escribe: "¿viste el gol, ma?".
Crecieron. Y todavía te buscan.
Crecer era inevitable. Que te sigan buscando, no. Ese gol es tuyo.
La mesa también cambió. La silla donde se sentaba tu papá hoy está vacía. Tu mamá sigue preguntando quién juega. Antes le contestaba él. Ahora le contestás vos, despacio, con una paciencia que aprendiste de ella.
Y no todo lo que cambió duele. Hay alguien que hace cuatro años no existía en tu vida y hoy grita goles en tu sillón. Un proyecto que era una idea de sobremesa y hoy tiene nombre. Una decisión que te daba miedo tomar. La tomaste. Salió muy bien. Brindaste por deseos que ni sabías nombrar. Se cumplieron igual. Hasta ese que no te animabas a decir en voz alta.
Porque hay deseos que no se dicen por miedo a que no se cumplan. Y hay otros que no se dicen por miedo a que se cumplan.
Y ahora la camiseta volvió. Volvió la tele demasiado fuerte, el "no digas nada", el "sentate donde estabas", esa fe ridícula y preciosa de creer que una remera puede ganar un partido del otro lado del mundo.
Todo volvió igual. Menos vos.
Y esa es la emoción que ningún relator sabe contar: cuánto viviste sin darte cuenta de que estabas viviendo.
Porque el Mundial es la única visita que llega puntual cada cuatro años. No toca timbre. Entra con la canción de siempre y, sin pedir permiso, te muestra todo lo que cambió. Quién está. Quién falta. Quién ya no llama. Quién volvió. Y también quién llegó, quién se quedó, quién sigue diciendo "venite a casa".
Hasta acá, la carta era mía.
Ahora ya no.
El mismo gol. Dos mujeres llorando. Una llora por el gol. La otra llora otra cosa. Si sos la primera, gritá tranquila: hay goles que valen todas las lágrimas. Pero si sos la segunda, quedate un minuto más acá. Este año no lloraste ni una vez. No porque no hubiera motivos. Porque no había lugar: todo estaba bien, todo salía bien, todo tenía que seguir estando bien. Y cuando todo está bien, ¿qué vas a llorar? Llorar era abrir una puerta sin saber si después ibas a poder cerrarla.
Y un día, un gol. El estadio explota, la casa explota, y algo tuyo se suelta. Vos, que sostuviste el año entero con una sonrisa, estás llorando delante de todos. Y nadie te pregunta nada, porque lloran todos. Fijate lo que es el fútbol: la única vez en el año que llorás, llorás acompañada.
Las lágrimas son tuyas. El motivo es prestado.
Porque adentro de esa lágrima que parece del gol va todo lo que no tuvo su momento: la charla pendiente, el abrazo que quedó corto, el "te extraño" que nunca mandaste, la voz de tu papá gritando un gol que todavía escuchás. El Mundial tiene esa generosidad: te deja llorar todo junto. Y lo firma el fútbol.
Lo veo todo el tiempo en mi consultorio: no siempre nos quiebra lo extraordinario. A veces nos quiebra lo que vuelve. Una canción. Una camiseta. Un perfume. La memoria no ordena los recuerdos por importancia: los ordena por temperatura. Guarda lo que tuvo calor. Y pocas cosas en este país tienen más temperatura que un Mundial.
Las cosas no valen a pesar de que se terminan. Valen porque se terminan. Un Mundial dura un mes. Por eso entra tan hondo. Por eso, cuando suena la canción, no sabés si el nudo en la garganta es ilusión o memoria.
Las dos cosas. Siempre fueron las dos cosas.
Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.













