Cohousing: las amigas que eligen envejecer juntas, pero sin perder su independencia

El cohousing propone una nueva forma de vivir la adultez: amigas que deciden compartir espacios, cuidados y proyectos para envejecer juntas, pero conservando su autonomía e independencia.

Por Karina Carreño

4 de octubre de 2026, 00:00

mujeres amigas disfrutan juntas en el mar
Cohousing: las amigas que eligen envejecer juntas, pero sin perder su independencia. - Getty

Hay hogares hechos de paredes y hay otros, mucho más invisibles, hechos de conversaciones, recuerdos, cuidado y presencia.

Durante mucho tiempo aprendimos que la palabra familia tenía una arquitectura casi inamovible: una pareja, hijos, hermanos. Como si los vínculos verdaderamente importantes estuvieran determinados por la sangre, el matrimonio o el apellido. Pero nuestras vidas cambiaron y también la manera de interpretar qué significa pertenecer.

No se trata de reemplazar a la pareja ni de abandonar la familia de origen. Se trata de ampliar el mapa afectivo.

Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Psychology por Pezirkianidis, Galanaki, Raftopoulou, Moraitou y Stalikas, investigadores de universidades de Grecia, analizó 38 investigaciones sobre amistad y bienestar en adultos. Se encontraron asociaciones positivas entre la calidad de las amistades, la interacción social y diferentes dimensiones del bienestar. Los resultados, a su vez, señalaron la importancia del apoyo emocional, instrumental y de la autonomía que pueden brindar los amigos.

La salud mental no se construye solamente dentro de una pareja o de una familia biológica: se construye en una red de vínculos significativos.

Cómo construimos la convivencia desde el cuidado

mujer alegre en el jardin
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Convivir mejor consiste en construir relaciones basadas en el reconocimiento y la responsabilidad compartida. Y aquí aparece una herramienta fundamental: el pacto.

Un pacto de convivencia no necesariamente es un contrato jurídico. Puede ser una conversación entre personas que se eligen y deciden cómo quieren acompañarse. Se acuerda quién estará cuando alguien enferme, qué gastos podrán compartirse, cuánto espacio privado necesita cada uno y cómo se tomarán las decisiones. Son aspectos de la convivencia que, en realidad, hablan de algo mucho más profundo: cómo queremos cuidarnos.

En España, por ejemplo, existe el llamado cohousing o viviendas colaborativas, donde grupos de amigas deciden organizar su envejecimiento juntas, pero manteniendo su independencia. También encontramos proyectos similares en Uruguay y el Reino Unido.

El cerebro es un órgano social: necesitamos interacción, reconocimiento, sentido de pertenencia y vínculos capaces de ofrecernos seguridad. Una conversación, una comida compartida o una mirada conocida pueden convertirse en experiencias psicológicas de sostén.

Quizá uno de los grandes desafíos de la adultez contemporánea sea dejar de pedirle a una sola persona que sea todo: pareja, mejor amigo, confidente, compañero de aventuras, cuidador y única fuente de intimidad. Una red afectiva diversa puede distribuir esas funciones.

No necesitamos cientos de vínculos. Necesitamos algunos suficientemente profundos como para poder decir “te necesito”, sin sentir vergüenza. Y también poder responder con un “estoy acá”, sin sentir que estamos haciendo un favor. Considero que la verdadera riqueza en la adultez no es acumular contactos, sino construir presencias.

Personas que conocen nuestra historia y deciden permanecer. Que respetan nuestra autonomía, pero saben cuándo necesitamos una mano. Que pueden celebrar nuestros logros y también sentarse a nuestro lado cuando atravesamos una pérdida.

La familia del futuro quizás no sea “menos familia” porque incluya amigos. Tal vez sea, simplemente, una familia más elegida.

Karina Carreño

Karina Carreño Doctora en Psicología PhD con mención en Sistémica, Cognitiva y Neurociencias. También es sexóloga y perito forense.