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Rape Academy: la red de violencia sexual con 82 millones de visitas en un mes

Una investigación de BBC News revela cómo “Rape Academy” expone la expansión de la violencia sexual en internet: comunidades abiertas, contenido extremo y un dato alarmante que evidencia la escala de los abusos contra las mujeres.


Gisele Pelicot

Gisèle Pelicot, en el tribunal de Aviñón durante el juicio a su exmarido Dominique Pelicot acusado de drogarla durante casi diez años e invitar a extraños a violarla en su casa en el sur de Francia. - Créditos: Archivo LN



Una investigación reciente de BBC News puso en evidencia algo inquietante: la violencia sexual contra las mujeres no solo persiste, también se moderniza. Bajo el nombre de “Rape Academy”, periodistas detectaron comunidades online donde se comparten contenidos, discursos y hasta “guías” que normalizan el abuso. Lejos de tratarse de espacios marginales, parte de estas conversaciones circula en plataformas abiertas y canales de mensajería, lo que vuelve el fenómeno más masivo y difícil de ignorar.

82 millones de visitas en un mes

Uno de los puntos más alarmantes es la escala. Solo en marzo, este circuito digital registró 82 millones de visitas. Esa cifra no equivale automáticamente a la misma cantidad de personas, pero sí da cuenta de algo clave: no se trata de un espacio irrelevante, sino de un ecosistema con una llegada masiva. 

Las alertas, de hecho, ya existían. En 2025, el regulador británico Ofcom abrió investigaciones sobre plataformas por posibles contenidos ilegales vinculados a este tipo de prácticas.

En sitios como Motherless —mencionado en distintas investigaciones— aparecen categorías de contenido extremo. Entre ellas, una llamó especialmente la atención de periodistas: “sleeping” (“dormir”), donde se agrupan videos y conversaciones vinculadas a mujeres inconscientes. A partir de ahí, también se detectaron grupos en Telegram donde usuarios hablaban abiertamente sobre violar a sus parejas mientras dormían, cómo hacerlo e incluso dónde conseguir sedantes.

La tecnología amplifica la violencia

Tal como lo plantea el informe, el problema no es solo el contenido: es también cómo circula. Los sistemas de recomendación de muchas plataformas tienden a amplificar lo más impactante, lo más extremo, lo que genera más interacción. En ese contexto, el contenido misógino encuentra terreno fértil para expandirse.

Organismos como UN Women vienen alertando que la violencia facilitada por la tecnología alcanza niveles cada vez más altos. A nivel global, casi la mitad de las mujeres y niñas no cuenta con protección legal suficiente frente al abuso digital.

Los datos refuerzan esta desigualdad: según reportes de Ofcom, el 98% de las imágenes íntimas denunciadas corresponden a mujeres, al igual que el 99% de los casos de abuso sexual con deepfakes. Además, el 77% de las mujeres evita expresar opiniones políticas online por miedo al hostigamiento.

No es deseo, es poder

Tal como se plantea, reducir este fenómeno a una cuestión sexual sería un error. Lo que aparece, una vez más, es una lógica de poder y deshumanización. La violencia sexual —online u offline— se sostiene en la idea de que el cuerpo de las mujeres puede ser apropiado, expuesto o violentado.

Las cifras fuera del mundo digital también lo muestran: en Estados Unidos, entre el 10% y el 14% de las mujeres casadas han sido violadas por sus parejas, y un 34% reporta haber tenido relaciones sexuales no deseadas dentro del vínculo. Durante años, incluso existieron vacíos legales en algunos estados cuando la víctima estaba inconsciente o incapacitada.

Gisèle Pelicot, violada durante 10 años por su marido y una red de otros 51 hombres

El cruce entre lo digital y lo real no es teórico. Un caso que volvió a poner el tema en agenda es el de Gisèle Pelicot, quien reveló que durante años fue drogada por su marido, que además invitaba a otros hombres a violarla mientras ella estaba inconsciente. Su historia, contada en el libro Un himno a la vida, mi historia (Lumen), se convirtió en un símbolo global. “La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo públicamente, en una frase que recorrió el mundo. Por ese motivo decidió que el juicio fuera a puertas abiertas, para, justamente, exponer a sus agresores.

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A esto se suma otra tendencia detectada recientemente: en TikTok, en Brasil, algunos hombres publican videos “entrenando por si ella dice que no”, practicando ataques físicos. Investigaciones difundidas por Deutsche Welle vinculan este tipo de contenido con casos reales de violencia, donde el rechazo es leído como una amenaza al ego y deriva en agresiones.

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Regulaciones en Internet: ¿por qué no son suficientes?

Aunque existen regulaciones —especialmente en Europa— que obligan a las grandes plataformas a evaluar y mitigar riesgos como la violencia de género, el problema es que las normas no se ejecutan solas. Muchas veces, la reacción llega después del daño.

Las expertas reflexionan acerca de que hay una dimensión social que excede lo tecnológico. La circulación de estos contenidos también habla de cómo se construyen ciertas masculinidades: en la indiferencia, en la complicidad o en el silencio.

Porque no alcanza con decir “yo no soy así”. La neutralidad también tiene efectos. No cuestionar, no denunciar, no frenar la circulación de estos contenidos contribuye a que sigan existiendo.

Una conversación necesaria y urgente

Cada vez que surge un caso así, son mayormente mujeres las que alertan, denuncian y explican por qué es grave. Pero el problema es colectivo. Y también lo tiene que ser la respuesta.

Discutir cifras puede ser importante para no desinformar, pero no debería desviar el foco: la red existe, la violencia existe y, sobre todo, existe una normalización que sigue encontrando nuevos canales. Entender cómo opera hoy —en el lenguaje y en las lógicas de internet— es un paso clave para poder frenarla.

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