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Mapaternidad tóxica: consejos para habilitar espacios más autónomos en la crianza de nuestros hijos

En la crianza, a veces se instalan patrones de desigualdad, control y poder entre los adultos que no son sanos para nadie ¿Cómo habilitar espacios más conscientes y autónomos para ambos?


¿Qué es la mapaternidad tóxica? Foto: Canva

¿Qué es la mapaternidad tóxica? Foto: Canva



Durante mucho tiempo, todo lo que tenía que ver con la crianza y las tareas del hogar estaba inscripto en la agenda de la mujer. Era una crianza con un modelo claro: las tareas de cuidado eran de las mujeres, más allá de que trabajaran fuera de casa o no. Claro que esto es una generalización, un factor común en las familias de generaciones anteriores, y que marcan uno de los tantos aspectos de haber crecido (y todavía vivir) en un mundo patriarcal.
Mientras que las mujeres fueron teniendo vidas extrafamiliares mucho más activas, la flexibilidad con la que contaban para criar empezó a tener fronteras: “El amor es infinito, pero hasta acá me ocupo yo”. Entonces, salió a la superficie algo tan simple como natural: la crianza será compartida porque somos dos, y además los chicos lo necesitan. Pero al construir una crianza de a dos, hay patrones que se arman sin que nos demos cuenta, en los que uno de los dos siente que no puede (o no quiere) resolver solo y el otro lo controla o critica cada vez que hace algo. Entonces, ninguno logra autonomía en la tarea y el costo puede ser alto. ¿Cómo ajustar estos patrones para que la crianza sea pareja, sana y disfrutable para ambos?

Todo comienza el día cero

Está claro que ningún padre o madre es “tóxico/a” en sí mismo. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Por eso, lo que suele fallar no es uno ni el otro, sino la dinámica que se arma entre los dos. Esto suele comenzar apenas nace el bebé, con la premisa de que “como estuvo nueve meses en la panza, con mamá se calma rápido”. Con el riesgo de convertirse en un esquema circular: el papá no se anima a acercarse, o la mamá se lo saca sin darles tiempo a que se conozcan. Entonces, él no llega a darse cuenta de que sí puede entender lo que le pasa, calmarlo y entretenerlo. Cuanto más hace la mamá, menos espacio le queda al papá; a la vez, si el papá se rinde y entrega al bebé, nunca llega a confiar en sus propias capacidades. Así, se perpetúa un modelo viejo, en el que los hijos eran de la mamá y se perdía la oportunidad de que el padre fuera una figura de apego a la par suya. En la mayoría de los casos, la mamá no lo hace por controlar sino porque la angustia de que el bebé lo pase mal puede más.

¿Cuándo nos volvemos “toxi”? 

  • Cuando solo registrás lo que hacés vos y no tenés en cuenta lo que hace el otro. Cuando son las diez de la mañana y ya cambiaste dos pañales, limpiaste el desayuno que volcaron en el piso, llevaste a uno al cole, pusiste ropa a lavar y contestaste mensajes de tu laburo, empezás a resentirte. Entonces, le mandás un mensaje diciéndole que “no hace nada” –ojo, quizá sea real esto– o pensás en todo lo que le vas a decir cuando lo vuelvas a ver. Pero estás cansada –quizá ya un poco enojada también–. ¿Qué tal si reajustan el reparto de tareas en los momentos de caos?
  • Cuando querés controlar absolutamente todo. Te sobrecargás yendo y viniendo al colegio porque a tu hijo no le gusta quedarse a almorzar, querés bañar vos al bebé porque sabés con exactitud la temperatura ideal del agua y, si vas a salir con amigas, dejás una lista con indicaciones, la comida ya lista y estás las dos horas que estuviste afuera mandando whatsapps para ver que está todo OK. Es tal la sensación de miedo que te defendés con esa sensación de omnipotencia (“yo sé”, “yo entiendo”, “correte, el único buen camino es el mío”).
  • Cuando te convencés de que sabés y tenés toda la razón. Muchas veces sentís que vos sos la única que puede entender lo que les pasa a tus hijos, y también quien puede calmarlos y aconsejarlos mejor. Así perdés flexibilidad, capacidad de integración y de enriquecerte (y enriquecer a los chicos) con otra mirada. Preguntate, quizá: ¿qué hay detrás de proyectar en el otro el no saber ni entender? ¿Qué estás ganando con quedarte con la otra mitad, la “supuesta” seguridad y certeza? 
  • Cuando pensás “nadie lo hace mejor que yo”. Lo más probable es que sí, que nadie lo haga como vos, pero porque la otra persona seguramente tenga otro modo de hacerlo. Pero, claro, muchas veces gana la “acaparadora”: querés ser vos quien los duerma a la noche, quien los consuele cuando se lastiman y quien los viste y abriga. Obvio, porque también son hábitos y momentos que se disfrutan. Pero ahí te cerrás a la opción de que sea tu pareja quien resuelva estas cosas básicas, cuando hasta hace poco –antes de tener hijos– confiabas en su criterio para una infinidad de cosas. La clave es poder seguir haciéndolo y confiar en la diferencia. Lo va a hacer distinto que vos, pero tus hijos también necesitan ese mood.
  • Cuando no comparten “la carga mental”. Aunque trabajes la misma cantidad de horas que tu pareja, quizás vos seas la que tiene en la cabeza: llamar al pediatra, comprar el mapa para el lunes, comprar el regalito para el compañero que cumplió años y encargar el buzo del colegio porque ya va a empezar el frío. Convencida de que el otro no sabe ni entiende, estás segura de que no va a servir de nada compartir esa carga mental. Pero lo que esto genera es que –cada vez más– todo recaiga sobre vos, y entonces, el padre puede llegar a entrar en crisis de desesperación porque no sabe ni dónde se guarda la leche para la mamadera. ¿A veces el otro se vuelve dependiente de nuestra presencia para resolver, activar o gestionar la crianza? Ahí hay algo para ajustar juntos.

Herramientas para una crianza más consciente

La fórmula ideal para resolver la ecuación de la mapaternidad y crianza no existe. Cada familia funciona diferente y los roles que toma cada uno dependen de su salud mental y de los conflictos irresueltos de su propia historia. Se juegan muchas variables como la división de tareas, el estilo parental que tenga cada uno, la división de la economía y la cantidad de horas de trabajo de cada uno. Lo importante es que el esquema funcione bien para esa familia. Por ejemplo, mamá está más tiempo con los chicos porque trabaja menos horas, pero papá se encarga de las tareas de matemáticas y es quien los lleva a dormir y les cuenta los cuentos de noche. Acá van llaves prácticas para una crianza de a dos:
  1. 1

    Compartir desde muy chiquitos la vida diaria: el baño, el cambio de pañales, el momento de ir a dormir. Todo lo que ambos puedan hacer y que les permita conocer y entender a su hijo es bueno compartirlo.
  2. 2

    Compartir las tareas y el acompañamiento de los hijos: se aprende haciendo, incluso equivocándose, no van frases como “le quedó mal la colita del pelo”, “no le limpiaste bien la cola” o “le pusiste el pañal al revés”.
  3. 3

    Dar tiempo y confiar en el otro y su capacidad de resolver: si nos toca ser la que se queda afuera de algunas situaciones, está bien. ¿El papá entra en crisis porque no encuentra el chupete? Y bueno..., que resuelva solo.
  4. 4

    No criticar: si no te gusta lo que ves, podés retirarte y dejar que el otro resuelva o decir: “Yo me hago cargo”, pero sin criticar. Lo peor que le podés hacer al que está superado por una situación es ir con el dedito levantado.  
  5. 5

    Que las tareas no sean tan prefijadas: “A veces mamá me lleva al pediatra, a veces me lleva papá”. “A veces mamá me ayuda a estudiar, a veces papá”. Así van a lograr que si uno de los dos necesita ausentarse, la necesidad de los chicos puede ser cubierta por el otro.

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