Culpa materna: dónde se origina y cómo reconocerla

¿Qué mandatos la sustentan y qué función ejerce en nosotras? Conversamos con Violeta Vázquez, terapeuta y directora de BioRizoma y con la psicóloga transpersonal Amparo Palma, para encontrar respuestas desde distintas perspectivas.


Culpa materna: qué es, cómo detectarla, qué hacer.

Culpa materna: qué es, cómo detectarla, qué hacer.



Si no sabemos de dónde viene la culpa materna ni cómo opera en las mujeres que se convierten en madre, resulta muy difícil poner un límite al sentimiento constante de “estar en falta” o de “no ser lo suficientemente buena”. Y eso es muy agotador.

En busca de respuestas conversamos con Violeta Vázquez, puericultora, escritora y terapeuta, y con Amparo Palma, psicóloga transpersonal, para comprender desde distintas perspectivas de análisis porque la culpa es algo que nos atraviesa a todas las mujeres madres.

Como dice Violeta en su libro Leche de Madre, “las madres podemos ser muy diferentes, pero todas compartimos el paraguas de la culpa. Tenemos la culpa. Tragamos saliva y digerimos culpa. Y somos las únicas culpables porque fuimos prácticamente las únicas testigos y protagonistas, encargadas de las noches, donde las vidas de los adultos se apagan y los ojos de nuestros niños se encienden. Si la culpa es mía por haber hecho lo que pude con lo que tuve, aun sabiendo lo que debería, entonces sí, la culpa es mía”.

Qué entendemos por culpa materna

“La culpa de las madres (y de las mujeres en general) es estructural en todos los ámbitos de la vida, tal vez porque crecemos en el mensaje de que no somos suficientes o que hay algo mal en nosotras. Es verdad, no somos suficientemente buenas para hacer todo como nos gustaría. Hacemos daño, a nosotras y a los que más queremos. Es cierto, desbordamos, comemos, retamos, gritamos, dormimos, vacacionamos y todo eso nos hace sentir fatal y en falta. La culpa nace de un criterio del hacer bien y del ser bien, en contraposición al hacer mal, la culpa es una garantía de repetición, sirve como un refuerzo a la creencia básica: soy mala, soy pecadora, no sirvo”.

Dice también que la culpa es “una de las herramientas más poderosas del sistema hegemónico y dominante para achicarnos, sublevarnos y dejarnos pequeñas sin posibilidad de dar respuesta a ninguna situación”.

Muchas veces, la culpa es una máscara para no ver ni mostrar que estamos cubriendo una falta de otro. Nos culpamos para que no se note que están dañándonos y que nosotras somos las víctimas. La culpa nos enrolla con la anécdota (dije, me dijiste, te hice, me hiciste, vos tendrías, yo tendría, los dos tendríamos que…), y la anécdota tapa el origen de los sucesos, que suele ser ese hilo conductor de la propia vida que se manifiesta cada vez que nos sentimos atacadas o en peligro. Conocer y amigarse con nuestra trama (todas tenemos una o dos tramas o temáticas que nos desafían que son como botones rojos con los que saltamos) es el principio de lo que llamo autohonestidad”, detalla Violeta, y explica a la autohonestidad como “la capacidad de decirnos la verdad ante nuestras acciones y elecciones grandes y chiquitas”.

La mirada psicológica

Desde una perspectiva psicológica, Amparo explica que “la culpa es una emoción secundaria que viene de la mano de la socialización y se origina cuando nuestras acciones entran en conflicto con nuestros valores o pensamientos, es decir, cuando hicimos algo que creemos que no deberíamos haber hecho”. 

También sostiene que está enraizada en la cultura y en el inconsciente colectivo y que el gran objetivo servir al sistema preestablecido: al capitalismo y al sistema familiar. “La culpa es un modo de control y sumisión; una manifestación más de violencia al que nos vemos sometidas las mujeres desde que nacemos”.

 La maternidad, por su parte, es “un constructo social”, y entre las trampas que activan el sentimiento de culpa se encuentra el "ideal de perfección”.

“Al llegar a la maternidad, el sistema nos exige estar al servicio de la familia todo el tiempo y anteponer las necesidades familiares antes que las propias. Y además, no fallar en todas las tareas y deberes que se le atribuyen al rol. La culpa también aparece en esa respuesta que no podemos dar porque, por supuesto, el mandato presupone una demanda inviable: Culpa si no se prende a la teta, si llora, si tiene fiebre y no estaba ahí, o si estabas ahí y no lo ´hiciste del todo bien´, o no te esforzaste lo suficiente”, ejemplifica. “Siempre estamos en falta según la mirada patriarcal”, expresa.

“Responder al mandato implica estar al servicio y anteponer las necesidades familiares ante la nuestras. Amar más que a nosotras mismas, postergarlo todo (trabajo, salidas, independencia económica, incluso dormir) y, cuando no logramos cumplir con todo eso, aparece la trampa: el sentimiento de culpa”.

¿Cómo liberarnos de la culpa materna?

Según Violeta, una manera de enfrentar la culpa materna es a través del permiso que nos damos para conocernos de nuevo: saber qué nos pasa, qué necesitamos, por qué estamos como estamos y, sobre todo, reconocer la capacidad de tomar responsabilidad. “Responsabilidad significa capacidad de respuesta o responder por, es tomar una situación y amasarla teniendo en cuenta nuevas variables”.  

Responsabilizarse es un rasgo de salud. Responder es hacer. En cambio, culpar/se es latigar/se. Culpar nos impide decir y nos obliga al secreto porque si no... qué van a pensar, sino soy un monstruo”, advierte.

Según la mirada de Amparo, que está en sintonía con la de Violeta, la autovaloración y la revisión de los mandatos es clave para empezar a desarmar esa culpa. 

Una mirada atenta y amorosa nos permite destejer y volver a tejer nuestras creencias. En cambio, desde la culpa sólo hay castigo, sufrimiento y sumisión: la culpa materna patriarcal es incapacitante y empobrecedora, nos aleja de nuestra intuición y de la observación vincular diaria y concreta con nuestros hijos. Somos mucho más que nuestra maternidad, poder darnos los lugares que necesitamos nos permite vincularnos con nuestros hijos de otra manera”, sostiene.

Por último, concluye en que el amor, según su experiencia, “no debería estar en oposición al amor hacia nosotras mismas, es decir, hacia el amor propio. Si queremos transmitirles a nuestros hijos la valoración por el autocuidado es fundamental respetarnos y poder tomar consciencia de nuestras necesidades y así también de nuestra propia vulnerabilidad”.

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