Enojo: la razón de por qué es clave entender qué nos pasa

El enojo, como todas las emociones, no es necesariamente malo. Expertos hablan de que lo importante es aprender a manejarlo y que hasta podríamos convertirlo en un estímulo positivo.


Enojo: las claves de por qué es aprender a entender qué nos pasa.

Enojo: las claves de por qué es aprender a entender qué nos pasa.



“¡No te enojes!”, lo dijiste, te lo dijeron, pero esa frase nunca ayuda, ¿o no?. Es más, seguramente tuvo el efecto contrario. Pero, ¿qué es el enojo? ¿por qué lo sentimos? ¿es malo enojarse? ¿cómo evito enojarme de todo? Te contamos sobre esta emoción tan común y tan poco comprendida mientras nos tomamos un tecito de valeriana.

¿Qué es el enojo?

El enojo es una emoción básica que experimentamos todas las personas. Aparece como respuesta a situaciones que consideramos injustas, cuando sentimos que alguien no está respetando nuestros derechos o cuando las cosas no salen como esperábamos. Al enojo la podés reconocer en tu cuerpo a través de la tensión muscular, el aumento del ritmo cardíaco, el calor repentino o cuando de adentro te sale el impulso de prender fuego todo.

Las emociones no se dividen en buenas o malas

Existen emociones que nos gusta experimentar más que otras. Seguramente prefieras sentir alegría, amor y entusiasmo a estar triste, que algo te de asco o enojarte. Es a partir de esa experiencia que las clasificamos en placenteras y displacenteras, pero nunca las emociones son buenas o malas, positivas o negativas.

Tus emociones cumplen una función importante: para tener una vida sana es necesario sentirlas y expresarlas. El enojo, aunque te resulte molesto, cumple un rol clave: es la alarma que se activa para avisarte de un peligro y te da fuerza para protegerte. En otras palabras, te prepara para pelear por tu vida. Tené en cuenta que este tipo de respuestas fueron desarrolladas por nuestros antepasados en la época de las cavernas y, como les funcionaron tan bien, pasaron a formar parte del cerebro humano.

Si estuvieras en la prehistoria, toda esa tensión y energía que sentís cuando te enojás te permitirían enfrentarte a un depredador o competir con otro animal por los recursos que necesitás. En la actualidad, tu cuerpo y tu mente responden de la misma manera y se preparan para una pelea que tal vez nunca suceda.

Gestionar el enojo

Esta emoción puede desatarse por varios motivos: puede ser por algo que está pasando en el presente, una situación del pasado o lo que imagines que puede llegar a pasar. A veces es una, a veces la otra… pero muchas veces es la combinación de varias cosas.

Si bien es necesario que experimentes tu enojo para que cumpla con su función de alarma y autoprotección, no significa que sea un pase libre para que te descargues sin pensar en las consecuencias. No vale enojarse por todo y con todo el mundo. Tus acciones pueden herir a otros, física o emocionalmente. Si no lo controlás incluso podés maltratar a personas que no tienen nada que ver con el motivo del enojo. Ser responsable en la expresión de tus emociones va a evitar escaladas en conflictos, el desgaste de tus vínculos y la frustración por resultados indeseados.

Educar al cuerpo

El enojo en una conducta. Ojo, cuando decimos “conducta” no estamos hablando solamente de acciones pensadas y planificadas, sino también del conjunto de respuestas que tu cuerpo y tu mente tienen ante un estímulo. La buena noticia es que estas reacciones se pueden educar. ¿Cómo? Pensemos como ejemplo el hambre. Esta sensación es una respuesta de tu cuerpo ante la falta de nutrientes. Sin dudas la vas a sentir y eso no lo podés modificar, pero la forma en que respondés a este aviso depende de vos. Cuando sentís hambre, la mayoría de las veces, no atacás con urgencia lo primero que ves, sino que elegís qué comer y cuándo hacerlo. Es más, para anticiparte a los gruñidos del estómago, tenés organizados horarios de comidas todos los días. 

Lo mismo pasa con el enojo. Podés anticiparte, comprenderlo y entrenarlo para que cuando lo sientas lo puedas expresar sanamente.

La práctica hace al maestro

  • Respirar es la clave: hacé ejercicios de respiración a diario, aún cuando no experimentes ninguna emoción en particular. De esta forma vas a entrenar la capacidad de concentrarte en tu propio cuerpo, comprenderlo y regular sus respuestas. El enojo cumple una función de supervivencia y como tal, necesita ser intenso e inmediato, casi instintivo. Con la respiración podés darle tiempo al cerebro para activar su parte racional, detener el impulso y así actuar más calmada.

  • Entender qué te enoja: a veces, una situación estresante activa en tu mente frustraciones y enojos pasados. Esto a la larga se transforma en una bola de nieve de emociones que te pasa por arriba. Cuando se te confunden los motivos presentes con el pasado o con preocupaciones futuras, tus reacciones pueden ser desmedidas. Explorá cuáles son tus enojos más comunes y trabajá sobre ellos.

  • Medir: llevá un registro de la frecuencia de tus enojos y su intensidad. Vas a poder saber cada cuánto te enojás, cuánto te molesta algo y el tipo de respuestas que das. Con toda esa información, tal vez descubras cosas que necesites cambiar en tu rutina para estar menos estresada.

  • No evitar: el enojo es parte tuya y necesita cumplir su función de alejar las amenazas. Acostumbrarte, que deje de importarte o intentar relajarte sin hacer nada más no hace que el enojo desaparezca. Si no le hacés frente a esta sensación a tiempo, la energía se acumula y explota cuando estás desprevenida

  • Ahorrar males peores: es cierto que la sensación de enojo no es agradable y que el primer impulso es dejarla salir de inmediato. Gritar, golpear o romper puede sonar tentador, pero esta descarga sólo sirve para liberar tensión y hacer que te sientas mejor en el momento. El problema está en que, si no la regulás tus respuestas, es probable que después tengas que lidiar con las consecuencias de tus acciones.

Nunca me enojo, ¿eso está bien?

Todos los días nos enfrentamos a situaciones de estrés, conflictos o expectativas que no se cumplen. En pocas palabras, hay mil razones para enojarse y lo más probable es que en algún momento lo sientas con mayor o menor intensidad. Si sos de las personas que “nunca se enojan”, puede ser que lo hayas entrenado para que no se exprese o siquiera lo sientas. Es posible que lo estés evitando y, como dijimos más arriba, eso no es bueno y tiene consecuencias a largo plazo.

Una paso a la vez

Si sentís que no podés controlar tus emociones, que la sensación de enojo te supera, no entendés qué te enoja o tus reacciones se te van de las manos, tranquila, es normal. Gestionar las emociones implica desarrollar habilidades con las que no nacimos. Aprenderlas toma tiempo, energía y tal vez la ayuda de alguien más experimentado. No dudes en consultar a un profesional de salud mental, ellos tienen las herramientas para ayudarte en este proceso de crecimiento.

Experto consultado: 
Federico Pucheta, Lic. en Psicología. Este es su Linkedin

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