Agustina Restucci es escritora y antropóloga argentina. El Origen del Sonido es la tercera novela de una trilogía que también integran El Origen de las Flores y El Origen de las Piedras. Las tres historias están conectadas por tres generaciones de mujeres: Cala, Jade y Seta. Cada novela puede leerse por separado, aunque juntas permiten encontrar nuevas relaciones y respuestas. En esta última historia, Seta es una científica que investiga la voz humana en busca de una frecuencia única. Esa pregunta sobre la voz la lleva hasta otra más profunda: cuánto de lo que somos comienza en nosotros y cuánto proviene de quienes estuvieron antes.
En sus novelas, Restucci tampoco busca construir mujeres ejemplares. Sus protagonistas pueden equivocarse, tener miedo, tomar malas decisiones y mostrarse vulnerables. Para la autora, una mujer fuerte no tiene que ser invulnerable. Le interesa que sus personajes puedan preguntarse cuánto de lo que son fue elegido por ellas y cuánto quedó definido por su familia, su historia, la sociedad o la biología. Desde esa pregunta, El Origen del Sonido cierra una trilogía que vuelve sobre la identidad y la transmisión entre generaciones.
- ¿Cuál es el diferencial de El Origen del Sonido, qué es lo que la hace distinta a otras novelas?
- Creo que parte de una pregunta que nos interpela a todos o por lo menos a mí: ¿qué hay detrás de lo que no vemos? ¿Existe algo que no vemos y que, sin embargo, nos afecta? ¿Podríamos encontrar una manera de traerlo a la luz? ¿Y qué significa hacerlo?
Si bien es una novela, es ficción, plantea esa posibilidad y creo que ahí está parte de lo que la hace diferente. Busca, a través de una ciencia posible, imaginar un escenario en el que pudiéramos descubrir lo imposible.
Personalmente busco experiencias que me cambien la mirada sobre la vida, aunque sea solo en mi imaginación. Eso, de alguna manera, me trae cierta paz. Me cuento la historia que me gustaría que me cuenten.
En El Origen del Sonido, Seta, una científica, busca en la voz humana una frecuencia única, una especie de huella imposible de falsificar. Pero su investigación empieza a revelar algo mucho más difícil de explicar: la posibilidad de que esa huella contenga información que no comienza con nosotros. Memoria, identidad, vínculos entre generaciones e incluso rastros de algo anterior a esta vida.
Me gusta pensar que la novela puede hacer lo mismo con quien la lee: dejarlo frente a una posibilidad que quizás nunca se había planteado.
Ahí está, para mí, su diferencial: usa una ciencia posible para intentar descubrir lo imposible. Me interesa mucho esa frontera. Porque muchas de las cosas que hoy podemos ver, medir y demostrar alguna vez fueron invisibles y es justamente ahí, en ese espacio entre lo que sabemos y lo que todavía no podemos explicar, dónde a mí me dan ganas de escribir una novela.

- ¿Cómo se relaciona con tus otros libros?
- Un día me propuse escribir una trilogía, una que se pudiera leer en cualquier orden y que me permitiera vivir en un mundo paralelo rico y completo, un lugar al que me pudiera ir con mis pensamientos y, con suerte, llevar al lector también. Principalmente fue para mí. El formato libro y trilogía fue una consecuencia.
El Origen del Sonido es la culminación de ese universo. Además me puse un desafío: que las tres novelas estuvieran conectadas, pero que pudieran leerse en cualquier orden, que cada una funcionara por sí sola y que, al leer las otras, aparecieran nuevas capas, conexiones y respuestas. Que la historia cambiara un poco según desde dónde se entra.
El Origen de las Flores cuenta la historia de Cala. En El Origen de las Piedras retrocedemos en el tiempo y conocemos a Jade, su madre. Y en El Origen del Sonido avanzamos hacia Seta, su hija. Tres generaciones de mujeres atravesadas por una misma historia, en diferentes tiempos.
También hubo una evolución en las preguntas que me interesaban. Primero apareció la genética. Después, la epigenética y la posibilidad de que ciertas experiencias dejaran marcas que fueran más allá de una generación. Finalmente llegué a la voz, al sonido y a la idea de buscar allí una huella de identidad todavía más profunda.
Y así apareció una idea: si heredamos rasgos, historias y marcas de quienes estuvieron antes que nosotros, ¿dónde termina exactamente una persona y empieza otra?
Creo que por eso El Origen del Sonido tenía que ser el último. No solo cierra una historia. Lleva la pregunta sobre el origen hasta el lugar más difícil de explicar: quiénes somos.
- ¿Qué sucede con la era de la digitalización de los libros? ¿Cómo impacta en la lectura, según tu mirada?
- La digitalización puso una biblioteca entera dentro de un objeto que podemos llevar en el bolsillo. Eso es impresionante, pero hay algo del libro físico que sigue siendo difícil de reemplazar: tenerlo en la mano, pasar las páginas, mirar cuánto falta para terminarlo, usar un marcador o cometer el sacrilegio de doblarle la punta en un triángulo.
A veces me resulta comodísimo leer en digital y otras veces me molesta. Si tuviera que elegir, sigo prefiriendo el libro físico. Aunque lo digital tiene ventajas indiscutibles: es práctico, accesible, ocupa poco espacio y muchas veces es más económico.
El problema aparece cuando el dispositivo en el que estamos leyendo es también el lugar donde viven WhatsApp, Instagram, TikTok, los mails, las noticias y una cantidad bastante obscena de cosas diseñadas específicamente para interrumpirnos. Entonces el desafío ya no es solamente acceder a un libro. El desafío es quedarse.
Por eso uso una frase que se convirtió casi en una declaración de principios para mí: leer es desobedecer. Vivimos rodeados de algoritmos que deciden qué mostrarnos, intentan determinar cuánto tiempo vamos a mirar algo y enseguida nos ofrecen lo siguiente. Frente a eso, abrir un libro y permanecer cuarenta minutos dentro de una historia, sin deslizar el dedo hacia otra cosa, empieza a parecer un comportamiento bastante anómalo.
No sé si lo digital nos hizo leer más. Sí creo que hizo los libros muchísimo más accesibles. Pero, al mismo tiempo, vivimos en una época que convirtió nuestra atención en uno de los territorios más disputados. Si todos quieren decidir qué merece nuestra atención, elegir conscientemente dónde ponerla también es una forma de libertad. Un libro físico es un territorio impenetrable para los algoritmos. Eso tiene un poder inmenso y me encanta pensarlo.
- ¿Qué opinión tenés sobre el universo de las autoras mujeres, que creció en este último tiempo?
- Siempre hubo mujeres contando historias. El problema es que durante mucho tiempo les faltó permiso, espacio y legitimidad para contarlas. Eso dejó huellas bastante absurdas: mujeres que publicaban con seudónimos masculinos, autoras a las que se recomendaba esconder o neutralizar su nombre, como si ser mujer pudiera condicionar de antemano el valor de lo que habían escrito.
Eso cambió. No sé de estadísticas de mujeres frente a hombres publicados y leídos pero, más allá de si quien escribe es una mujer o un hombre, a mí hay algo que me interesa especialmente: qué hacemos hoy con los personajes femeninos.
Mis protagonistas no están intentando convertirse en heroínas. Tampoco quiero que sean mujeres ejemplares. Quiero que tengan derecho a ser contradictorias. A equivocarse, tener miedo, tomar malas decisiones, ser fuertes en algunas cosas y tremendamente débiles en otras. Ser víctimas en algún momento y responsables de sus decisiones en otro. En definitiva, ser personas.
A veces pareciera que para escribir una mujer “fuerte” hubiera que hacerla invulnerable. Y para mí es exactamente al revés. La fortaleza de un personaje aparece cuando puede ser frágil sin que eso la defina.
En mis novelas hay algo que atraviesa a todas las protagonistas: están intentando descubrir cuánto de lo que son fue realmente elegido por ellas y cuánto fue decidido antes, por su familia, por su historia, por la sociedad o incluso por su propia biología.
Quizás por eso escribo mujeres, no porque quiera contar cómo deberían ser, sino porque me interesa todo lo que sucede cuando empiezan a preguntarse por qué son cómo son.
- Como escritora, ¿con qué problemas y desafíos te encontrás?
- Me encuentro con dos desafíos muy identificables: uno, conseguir que alguien se entere de que existe mi libro. Como autora independiente aprendí bastante rápido que cuando terminás de escribir empieza otro trabajo. De golpe sos escritora, editora, productora, distribuidora, encargada de marketing y creadora de contenido.
El otro desafío me representa una dificultad todavía mucho más grande y es bastante más personal: aprender a pedirle a alguien que me lea. Porque uno no escribe para ser leído. Al menos yo. Pero cuando llega el momento de promocionar un libro aparece una contradicción extraña: tenés que vender algo que hiciste vos, que salió de tu cabeza, de tus ideas, pensamientos, emociones. No estás vendiendo un objeto cualquiera. Estás diciendo: “Esto que imaginé tiene algún valor. Dame unas horas de tu vida y leelo”. Y eso tiene algo que todavía me resulta muy difícil de manejar. Podría terminar el libro y guardarlo en un cajón, porque lo valioso para mi fue el proceso. Pero ahora que es un objeto, un producto, ¿qué hago? ¿Lo comparto con el mundo? ¿Con qué objetivo? Todas esas preguntas me invaden y muchas veces no sé qué responderme.
Además, hoy competimos por la atención no solamente con otros libros. Competimos con Netflix, las redes, los podcasts, los mensajes del teléfono y un algoritmo que conoce bastante bien nuestra debilidad por seguir deslizando el dedo. Entonces, pedirle a alguien que elija tu novela entre todo eso es pedirle algo bastante valioso: su tiempo.
La independencia, sin embargo, también tiene algo que valoro muchísimo: la libertad.
- ¿Cómo concebís la escritura, para qué lo hacés?
- Creo que a veces es terapéutica, pero no necesariamente porque cure. A veces escribir hace exactamente lo contrario: abre algo que estaba perfectamente cerrado.
Escribir te obliga a quedarte un rato frente a cosas de las que en la vida cotidiana quizás escaparías. Miedos, deseos, recuerdos, contradicciones. Después uno puede transformar todo eso en una mujer encerrada en un sótano, un experimento genético o una científica buscando rastros de otras vidas en una voz.
Escribir me permite mirar cosas que de otra manera probablemente se evitarían. Tira todo sobre la mesa. Lo hace visible. No necesariamente resuelve. A veces alcanza con poder mirar desde otro lugar.
- Si tuvieras que aconsejar a una mujer que recién comienza con la escritura de novelas, ¿qué le aconsejarías?
- Que escriba antes de preguntarse si tiene derecho a llamarse escritora. Perdemos muchísimo tiempo esperando autorizaciones imaginarias: que alguien publique, que alguien valide, que alguien diga que somos buenas, que tengamos suficientes lectores para sentir que podemos usar esa palabra. Le diría que escriba primero. Y que escriba la historia que ella quiera, no la que cree que debería escribir.
Que lea. Que desconfíe de las fórmulas. Que no intente gustarle a todo el mundo porque probablemente termine escribiendo algo que tampoco le guste demasiado a ella. Y que acepte algo bastante liberador: a algunas personas no les va a gustar lo que escriba. No pasa nada. Quizás escribir también consista en dejar de buscar aprobación para empezar a encontrar una voz propia. Y, sobre todo, que termine os proyectos que empieza.
Una novela imperfecta terminada existe. Una novela perfecta en tu cabeza, no. Después habrá tiempo para corregir, publicar, fracasar, volver a intentar y hacer todas las cosas poco glamorosas que también forman parte de escribir. Pero primero hay que sentarse y contar la historia.
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