El vínculo con la madre es el primero en la historia de cada persona y deja marcas que se van resignificando. A lo largo de toda la vida, tenemos miles de charlas con ella, así como nuestros hijos tienen con nosotras.
A veces, vienen acompañadas de risa; otras, de llanto e incluso de asombro. “En determinadas situaciones puede reaparecer algo de la niña que fuimos, de la adolescente que necesitó oponerse, de la adulta que quiere ser reconocida como tal”, explica la psicóloga Bárbara Abadi, nuestra experta consultada para esta nota.
“Quizá lo que sostiene un vínculo importante y duradero sea su posibilidad de transformarse: tolerar los cambios, las diferencias, los momentos de mayor y menor cercanía, y aceptar que ni una madre ni una hija permanecen siempre en el mismo lugar. Y sobre todo, que la otra no siempre sea quien esperamos o necesitamos que sea”, agrega.
Te invitamos a recorrer cinco de esas conversaciones fundamentales y qué hacer en cada una.
La infancia y la adolescencia

"MAMÁ, ¿por qué nos morimos?"
Vas manejando, la radio de fondo, tu hijo de cinco años mirando por la ventanilla en silencio. De repente, sin ningún aviso: “Mamá, ¿por qué nos morimos?”. Vos seguís mirando el semáforo, ganando tiempo, tratando de armar una respuesta que no lo asuste ni te desarme a vos. O es a la hora del baño, con la cabeza llena de espuma, cuando suelta: “¿A dónde van los que se mueren?” o “¿por qué existe el mundo?”. Ese tipo de preguntas que no vienen con ningún manual, que aparecen en los momentos menos pensados y te dejan improvisando sobre la vida y la muerte con una toalla en la mano.
¿Qué hacer?
Hay preguntas, sobre la muerte, el amor, el origen, para las que los adultos tampoco tenemos respuestas definitivas. Lo importante es escuchar qué está preguntando ese chico en particular: detrás de “¿te vas a morir?” puede esconderse otra pregunta, como “¿me vas a abandonar?” o “¿vas a seguir estando conmigo?”. Antes de responder, mejor devolver: “¿Vos qué pensás?”. Y decir “no sé” también sirve, siempre que no sea para cerrar el tema. No hace falta tener las respuestas, sino saber escuchar.

"Ya lo sé, ma. No hace falta que me lo expliques. ¡Lo ví en Youtube!"
Tu hija de 13 años deja el celular boca abajo cuando entrás a su cuarto, un segundo demasiado rápido. Vos no viste nada, pero algo te dice que ya no estás a tiempo de ser quien le explica “de dónde vienen los bebés”. La conversación que te imaginabas (vos del lado del saber, ella escuchando con cara de espanto) ya no existe: ella llegó antes, sin filtro, sin nadie que le diera contexto a lo que vio. Y ahora la pregunta no es qué contarle, sino cómo ayudarla a ordenar lo que ya tiene adentro.
¿Qué hacer?
Lo que cambió hoy es la velocidad y el tipo de material al que se accede sin ninguna mediación: un adolescente puede haber visto y escuchado muchísimo y, sin embargo, comprender muy poco acerca de lo que implica un encuentro sexual con otro. La pornografía muestra cuerpos, pero no enseña sobre consentimiento, deseo o cuidado. El desafío para las madres hoy no es recuperar un lugar de saber, sino estar disponibles para ayudar a poner palabras alrededor de lo que el adolescente ve, cree o espera. El error más común es convertir la charla en sermón o interrogatorio: si el adolescente siente que hay control o juicio, se cierra. Lo que más ayuda es transmitir disponibilidad sin invadir: que, si tiene una duda, hay un adulto con quien puede hablar sin ser inmediatamente juzgado.
La adultez sin hijos

"¿Y vos para cuándo?"
Es diciembre, estás en la sobremesa familiar y entre el brindis y el postre aparece la pregunta de siempre: “¿Y para cuándo?”. La tiran con cariño, como al pasar, entre el turrón y el café, pero vos sentís que te pesa distinto cada año. El año pasado te dio gracia. Este año te quedaste callada dos segundos de más.
Todavía no sabés si querés tener hijos, o si querés casarte, o si te querés quedar en este trabajo, o si en marzo vas a seguir viviendo en la misma ciudad, y mientras vos todavía estás construyendo esas respuestas, tu mamá ya tiene opinión formada sobre tu pareja, tu mudanza y tus tiempos. “Yo a tu edad ya…”, empieza, y ahí sabés que la sobremesa recién arranca. Vos seguís comiendo el postre, calculando cuántas preguntas más faltan hasta que alguien cambie de tema, o hasta que se acabe el flan, con ganas de salir corriendo de ahí.
¿Qué hacer?
Que mamá pregunte no significa que una tenga que responder. Nuestra experta explica por qué cuesta tanto soltar esa opinión desde el otro lado: “Que un hijo crezca no implica necesariamente que el vínculo cambie. Para una madre también hay un trabajo en aceptar que ese hijo al que acompañó y cuidó ahora puede elegir de una manera que ella no elegiría”. Muchas veces, detrás de la insistencia, hay mandatos propios sobre cómo “debería” ser una vida adulta, que se confunden con lo que el hijo realmente quiere. Para poner un límite sin que se viva como pelea, se puede ser afectuosa y firme al mismo tiempo: “Sé que te preocupa y entiendo que tengas una opinión, pero esta decisión necesito tomarla yo”. Poner un límite, aclara, no es tomar distancia: es la forma de que el vínculo pueda seguir existiendo sin volverse invasivo.
La adultez con hijos y la vejez

"Ma, ¿me podés cuidar a los chicos el sábado?"
Llamás a tu mamá un martes para pedirle que te ayude con los chicos el fin de semana, y te contesta que no puede: tiene pilates, después se junta con sus amigas, y el domingo se va a Tigre con su pareja. Vos cortás el teléfono con una mezcla de bronca y culpa por sentir bronca. En tu cabeza tenías otra imagen: la abuela que aparece siempre, que se muere por tener a los nietos, que reorganiza su vida entera alrededor de la tuya, tal como (creés) hacía tu abuela con vos. La realidad es otra: tu mamá tiene agenda, ganas y una vida que no gira en torno a la crianza de tus hijos.
¿Qué hacer?
Que tu mamá tenga vida propia no es abandono, es el mismo derecho que vos también reclamás para vos misma. Muchas veces no estamos necesitando una abuela determinada para nuestros hijos, sino una determinada madre para nosotras. El nacimiento de un hijo reactiva necesidades y recuerdos de nuestra propia experiencia como hijos. La diferencia entre lo que se espera y lo que hay puede generar enojo o tristeza. Hacé un duelo por esa expectativa y empezá a relacionarte con esa persona que está disponible y el vínculo que sí es posible construir.
"Ahora me toca ayudarte a mi. Te quiero mucho, ma"

Notás que tu mamá repite una pregunta que ya te había hecho hace diez minutos. O que en la última consulta el médico bajó un poco la voz al hablar con vos, aparte, en el pasillo. Sabés que en algún momento van a tener que hablar de esto en serio (de qué pasa si un día no puede vivir sola, de qué es lo que ella querría para el momento en que muera), pero cada vez que juntás el coraje para empezar, encontrás una excusa para postergarlo un poco más. No es que no quieras hablar: es que no sabés por dónde empezar sin que se sienta como una despedida.
¿Qué hacer?
Hablar de la muerte de nuestros padres es también hablar de nuestra propia finitud. Empezar a cuidar a quien durante mucho tiempo ocupó el lugar de quien cuidaba implica un cambio de posiciones que no siempre es fácil de asumir. Postergar indefinidamente el tema, advierte nuestra experta, tiene un costo: puede hacer que después haya que tomar decisiones importantes en momentos de urgencia, sin saber qué quería realmente esa persona, y eso suele generar conflictos, angustia y culpa. No existe una única charla solemne sobre el final: se puede ir hablando de a poco, en ocasiones concretas, incluso con una frase tan simple como “me cuesta hablar de esto, pero quiero saber qué preferís”. No necesitamos eliminar la angustia para poder conversar, alcanza con poder hacerle lugar juntas.
Experta consultada: Lic. Bárbara Abadi. Psicóloga especialista en vínculos, autora de El amor en los tiempos del odio. abadibarbara@gmail.com.
Nathalie Jarast Es periodista, licenciada en Letras y magíster en Gestión de Contenidos. Desde hace más de diez años escribe en diversos medios como La Nación, Brando, Maleva. Actualmente, es editora en Revista Ohlalá y asesora en comunicación de sellos literarios.


