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 • Historias

Perdieron su casa en un incendio y hoy reconstruyen su vida bajo una filosofía sustentable

Cande y Tatán construyeron su casa con sus manos en Córdoba. Un incendio feroz la redujo a cenizas durante la pandemia, pero ellos no se rindieron: hoy están reconstruyendo una nueva vida bajo su filosofía sustentable.




“Fue una aventura desde el comienzo” 

Nos conocimos en Alta Gracia, por amigos en común, cuando éramos adolescentes. Pero nuestra historia, la del amor y el compañerismo, empezó unos años después. Arrancó muy informalmente en 2010, éramos “huesos” y, al principio, teníamos que escondernos, porque mi familia no aprobaba nuestra relación. Igual, nada nos frenó, seguimos saliendo, usando miles de estrategias: buscábamos lugares escondidos para encontrarnos después del boliche, teníamos códigos en común, nos acordábamos los números de celular de memoria, borrábamos los mensajes de texto que nos mandábamos... Fue una aventura desde el comienzo.

Así estuvimos durante dos años, en parte también porque Tatán ya tenía planeado un viaje en bici desde Alaska con dos amigos y sabíamos que no tenía sentido ponernos de novios si nos íbamos a separar durante dos años. Durante ese viaje, nos encontramos en San Francisco, una de las rutas de la travesía en bici, porque yo estaba ahí trabajando. Esos 10 días juntos, sin trabas, fueron clave para lo que vendría después. 

“Hacer tu propia casa te da otra conexión”

Una vez que ya consolidamos nuestra relación, empezamos con el proyecto de nuestra casa, a la que quisimos llamar Casa Casera (@casacasera), porque queríamos hacerla nosotros, con nuestras manos. La empezamos a construir en 2015. Durante nuestros viajes habíamos conocido mucha gente que construía y veíamos que la relación de las personas con la casa que habían hecho era completamente diferente a lo que sucede cuando comprás una ya hecha, hay otra conexión con la obra. Si la hacés vos, la conocés entera, hasta sus defectos, sabés dónde está lo bueno y dónde está lo malo y cada cosa tiene una historia. Le dimos para adelante.

“Armamos ahí nuestro fuerte, nuestro refugio”

La casa la hicimos toda con pallets de la industria automotriz, de 3 x 2 metros. Y usamos, en todo lo que se pudo, materiales reciclados. Por ejemplo, habíamos armado un ventanal grande que miraba al arroyo con las puertas del colegio de Dean Funes. Además, utilizamos materiales de demolición y las vigas eran de madera compensada. Tatán era el que más conocimiento tenía porque fue a un colegio técnico y siempre le gustó trabajar con madera, con herramientas.

Mientras la hacíamos, empezábamos a trabajar a la mañana y terminábamos a la noche; al final del día, nos alejábamos para mirarla, verla crecer en el proceso. También recibimos mucha ayuda de amigos, porque a veces era muy difícil manipular materiales pesados. Fue una experiencia increíble, un viaje en sí mismo. La terminamos en un año y medio y creamos una conexión muy especial. 

Nos mudamos en julio de 2016 y armamos ahí nuestro fuerte. Siempre decimos que la vajilla buena hay que usarla con todos, así que Casa Casera fue la casa de todos: muchos amigos han festejado su cumpleaños ahí, la disfrutamos en comunidad. Era pequeña, porque nuestra idea era armar un refugio para estar entre viajes y nos enamoramos de ella. En el medio de la pandemia, también ahí recibimos a nuestra hija, Río, y la disfrutamos cerca del arroyo, en un clima de mucha tranquilidad. 

“Fue terrible el fuego, pero también liberador”

Todo cambió el 6 de junio de 2021, en pleno invierno. Había sido un día normal, nos fuimos a dormir y a eso de las dos de la madrugada, me desperté porque vi algo raro y empecé a gritar. Salimos como estábamos, en pijama, con Río en brazos, y nos encontramos con la galería de nuestra casa prendida fuego. Tatán agarró una manguera, pero no salía el agua, tampoco pudimos prender la bomba de la pileta porque era imposible acercarse a una ficha. El fuego cada vez era más grande y, en la desesperación, Tatán intentó sacar su moto, que estaba en la galería. Cuando agarró las manoplas para moverla, estaban derretidas, se le pegó el plástico a las manos y, para frenar el dolor, se tiró directo a la pileta. Se quemó la cara y los brazos.

De repente, empezó a llegar gente, los bomberos no sabían dónde estaba la entrada, por eso se demoraron, y a los veinte minutos, nuestra casa ya era una bola de fuego. Fue muy surrealista, como si le hubiéramos puesto llave para salir y cuando volvimos ya no existía nada. Materialmente, volvimos a cero, fue un reseteo completo. Fue terrible el daño del fuego, porque adentro había años y años de esfuerzo y de cosas que fuimos logrando, como la moto o pequeños recuerdos que guardábamos como tesoros. Sin embargo, también fue liberador. 

 

“Hicimos el duelo como pudimos y decidimos seguir adelante y volver a empezar de cero”

Al otro día del incendio, mucha gente que ni siquiera conocíamos empezó a juntar cosas y plata para nosotros. Cuando recuperamos los celulares, teníamos 5000 mensajes en Instagram y 2 millones de pesos en la cuenta del banco, fue una locura. Tuvimos que frenar porque no sabíamos ni siquiera qué necesitábamos, no sabíamos qué íbamos a hacer. Estábamos tan en cero que llegamos a analizar si esto no era una oportunidad para irnos del país o mudarnos a otra provincia... De golpe, se abrían miles de opciones. 

En el medio de este lío, nos hicieron una nota en Córdoba y justo la vio alguien que tenía una empresa de construcción de prefabricadas y nos llamó para regalarnos una casa y ponerse a disposición. No lo podíamos creer. Había muchas cosas para hacer, teníamos que tomar decisiones. Hicimos el duelo como pudimos y avanzamos. Unos amigos que se habían quedado varados en España por la pandemia nos prestaron su casa y nos fuimos a vivir dos meses ahí, mientras se construía la prefabricada en un terreno de mi familia. 

Nosotros nos acostumbramos a todo; creemos que los viajes en bici nos hicieron muy maleables. En realidad, el ser humano se acomoda a cualquier cosa. La vida sigue y nos queda mucho por vivir, lo racionalizamos rápido y dijimos: “Ya está, ya pasó, ya no lo podemos cambiar, vamos para adelante”. Por otro lado, hicimos la cuenta y nos pusimos a pensar que cinco años antes tampoco teníamos nada. Habíamos empezado de cero, por ende, podíamos volver a empezar; además, ya habíamos adquirido experiencia y conocimiento. Los dos sabemos que perdimos algo que queríamos mucho, pero ya está: ahora para adelante. 

“Nuestra vida es sencilla y la vida sencilla es necesariamente ecológica”

Después del sacudón del incendio, volvimos a acomodarnos y a seguir con la vida que tanto nos gusta. Siempre tuvimos mucho foco en las 3 R: reducir, reutilizar, reciclar. Con esta filosofía hicimos nuestra primera casa, porque nos dimos cuenta de que cuando tomás conciencia, está bueno hacer cambios; y cuando los hacés, te das cuenta de que no solamente está bueno para el planeta, en términos genéricos, sino que también es muy bueno para uno. Vas generando un valor y contagiándolo. Nuestra vida es sencilla y la vida sencilla es necesariamente ecológica, porque gastás menos, consumís menos, generás menos..., vas dejando una menor huella porque te movés más despacio y tocás menos cosas. Para nosotros, incluso el vivir en provincia ya genera menos: usás menos trasporte, te movés menos, consumís más local. 

En nuestra familia tratamos de mantener los costos fijos muy bajos y, como tenemos mucho tiempo, hacemos el pan, el yogur, los arreglos de la casa. Hacer todas esas tareas, además, genera un valor extra, que es seguir aprendiendo, seguir destrabando habilidades. Porque una vez que uno hace algo y nota que lo logra, sube la autoestima, te das cuenta de que podés y no necesitás contratar a nadie. Es un mimo a uno mismo. 

“Ningún proyecto es tan grande”

Nuestro propósito es ese: mostrar que cualquiera puede hacer lo que quiera. Nosotros 5 o 6 veces al año nos preguntamos dónde estamos, si somos felices, si hay algo que queremos cambiar..., y si aparece algo que no nos está gustando, lo cambiamos. Ningún proyecto es tan grande como para no hacerlo. Nos embarcamos en todas y nos gusta mostrar en nuestras redes el proceso entero, porque el “durante” siempre es caótico, pero una vez que termina, es maravilloso. Invitamos a soñar sobre eso. Más ahora, que podemos contar que estamos embarcados en el mejor de nuestros proyectos: estamos esperando a nuestro segundo hijo o hija. 

Resurgir de las cenizas (literal)

Cuando Casa Casera se incendió, el duelo fue importante. Rápidamente la ayuda llegó y Cande y Tatán consiguieron una prefabricada para vivir. Pero no la construyeron en el mismo lugar, porque no querían ocupar el terreno original, ya que desde el primer momento soñaron con volver a levantar su propio hogar. Hoy, con el espacio que ardió ya limpio, ponen manos a la obra: Casa Fénix está en marcha. 

Un grupo de arquitectos de Alta Gracia los llamó no bien se quemó su casa y les ofreció ayuda. Cande y Tatán, siguiendo su lógica de reciclar todo lo que se pueda, les dieron unos materiales que habían comprado de una demolición de una cárcel de Córdoba para que se convirtieran en la base del proyecto. “Ahora tenemos los planos y hay que empezar a laburar, a construir. No es fácil, porque tenemos que seguir viviendo y ocupándonos de otras cosas: la casa actual, las redes, la bebé..., pero estamos muy entusiasmados”, cuentan. De a poco, Casa Fénix comienza a ser una realidad.

Más info: podés seguirlos en @ratatrip

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