"No doy más". A veces la dice una madre de un bebé que no duerme. A veces, un padre que trabaja diez horas por día y siente que se está perdiendo la infancia de sus hijos. A veces, una mujer que intenta sostener su trabajo, su pareja, su casa, sus padres que envejecen y sus hijos que todavía la necesitan para todo.
Y, casi siempre, después de decir "no doy más", aparece otra frase: "Pero no debería sentirme así". Y ahí aparece la culpa.
Porque pareciera que, además de criar, tenemos que hacerlo agradecidos, felices, pacientes, presentes y conscientes las veinticuatro horas del día. Como si la crianza ocurriera en un laboratorio.
Como si no existieran las preocupaciones económicas, los trabajos que se extienden más de la cuenta, los grupos de WhatsApp que no paran de sonar, el cansancio acumulado, los padres que necesitan cuidados, las parejas atravesando sus propias dificultades o la sensación permanente de estar llegando tarde a todo.
A veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiéramos criado como se criaba hace cien años. Y no hablo de métodos ni de teorías. Hablo de tribu. De una abuela sentada en la cocina. De una vecina entrando por la puerta de atrás. De alguien que sostuviera a un bebé mientras una madre dormía una hora. De un adulto más mirando, acompañando, ayudando.
Porque la verdad es que la crianza nunca estuvo pensada para hacerse en soledad. Sin embargo, muchas familias intentan hacerlo así. Y después se preguntan por qué están agotadas.
No creo que estemos frente a una crisis de amor. Creo que estamos frente a una crisis de sostén. Madres y padres que aman profundamente a sus hijos, pero que viven exhaustos.
Y cuando estamos exhaustos es más difícil escuchar, más difícil jugar, más difícil regularnos, más difícil poner límites con calma. No porque no sepamos hacerlo. Porque estamos cansados.
Después de más de treinta años trabajando con familias aprendí algo que me gustaría que más madres y padres escucharan.
No todo depende de ustedes. No todo lo que sale mal es consecuencia de un error de crianza. No todo requiere una intervención inmediata. Y no todo se resuelve haciendo más.
A veces se resuelve haciendo menos. Menos exigencia. Menos culpa. Menos comparación. Menos presión por convertir cada momento en una oportunidad de aprendizaje.
Y más presencia en lo importante. Mirar a los ojos cuando nos cuentan algo. Escuchar de verdad, aunque sea durante diez minutos. Elegir una o dos batallas y dejar pasar el resto.
Pedir ayuda antes de desbordarnos. Aceptar que descansar también es una forma de cuidarnos.
Quizás una de las tareas más difíciles de esta época sea aceptar que nuestros hijos no necesitan una versión perfecta de nosotros.
Necesitan una versión real. Un adulto que a veces se equivoca. Que a veces pierde la paciencia. Que puede pedir perdón. Que puede reparar. Que puede decir: "Hoy estoy cansado". Que puede pedir ayuda. Que puede volver.
Porque los vínculos no se construyen desde la perfección. Se construyen desde la presencia. Y la presencia no significa estar disponibles todo el tiempo. Significa que, incluso en medio del cansancio, nuestros hijos sepan que hay alguien que sigue ahí. Mirándolos. Escuchándolos. Intentándolo.
Por eso, cuando una madre o un padre me pregunta cómo hacer para criar mejor, muchas veces me encuentro pensando otra cosa.
Antes de preguntarnos cómo criar mejor, quizás tengamos que preguntarnos cómo acompañar mejor a quienes están criando.
Porque nadie debería tener que sostener semejante tarea en soledad. Y porque, muchas veces, lo que una familia necesita no es más información. Necesita más apoyo. Más red. Más tribu. Más humanidad.
Tal vez, entonces, la pregunta no sea cómo se supone que criemos así. Tal vez la verdadera pregunta sea cómo hicimos para convencernos de que podíamos hacerlo solos.
Laura Krochik Licenciada en Ciencias de la Educación y puericultora especialista en crianza y vínculos. Es fundadora y presidenta de la Asociación Civil Argentina de Puericultura (ACADP).
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