Si la maternidad trae por defecto un sentimiento de soledad difícil de explicar, maternar en el exterior redobla la apuesta. Así y todo, ellas lo eligen, construyen comunidad y exploran su nuevo rol en un entorno diferente.
De esto hablamos con cuatro madres HAND que encararon el proyecto de convertirse en madres lejos de sus hogares y echando raíces en Reino Unido, Australia, Países Bajos y Estados Unidos respectivamente.
El choque cultural y la crianza
Estar lejos de casa cobra otro peso cuando el test de embarazo da positivo, y aunque sean familias que llevan años construyendo una vida en el exterior, cada kilómetro se siente más. Son conscientes, hasta cierto punto, de que la decisión de estar lejos tendrá un impacto inevitable en la vida del nuevo integrante.
Los contrastes en la crianza

Bella en brazos de su mamá con el Sydney Tower Eye de fondo. - Prensa
Natalia es argentina, vive en Australia hace 8 años y está en pareja con un italiano llamado Alessandro con quien tuvo a su hija de nombre Bella. Para Nati el mayor contraste sobre la forma de criar en Sídney empezó durante su embarazo. Mientras que ella siente que en Argentina la embarazada tiene un lugar importante y prioritario, en Australia vivió la falta de empatía en su día a día.
Para Stefania fue similar en Ámsterdam, donde vive hace 5 años junto a su marido Federico y a Lara, su hija de 2 años. Remarcó que sintió la distancia impuesta por el propio sistema:
“Sos una más. Tenés que aprender a entrar en el sistema de salud: respetar los controles (que son menos que los de Argentina), los días y los horarios”.
La experiencia de Trini fue diferente. Actualmente vive en Miami junto a su marido australiano Justin, con quien tienen a Ethan de 16 meses. Aunque ella sí sintió ese trato amoroso y diferencial durante su embarazo, lo que destacó fue lo distinto que es al momento de incluir a los chicos en el día a día.

Alejandra, José y Azul frente al icónico Tower Bridge en Londres. - Prensa
“Hay una rigidez alrededor de las rutinas. A las 6pm los chicos se convierten en calabaza. Los espacios son muy delimitados: este es un espacio para adultos y este para chicos.”
Alejandra está casada con José, ambos colombianos y residen en Londres junto a su hija Azul de 20 meses. Su punto de inflexión fue la alimentación: mientras que en UK ella percibe que las familias suelen optar por comida industrializada o soluciones rápidas, Alejandra prioriza lo casero y lo nutritivo, por sobre lo cómodo.
Mantener vivas las tradiciones

Trini, Justin e Ethan en su casa en Miami. - Prensa
Trini reía al admitir que su ‘argentinidad’ se exacerbó desde que vive fuera (admitió que madruga para ver a Colapinto correr). Y aunque no espera que su hijo herede esa pasión, sí le gustaría ver reflejados ciertos rasgos más ‘latinos’. Para ella juntarse, compartir con la familia, tener vínculos cercanos y poder ser lo suficientemente flexible para improvisar una juntada, son cualidades que le gustaría poder transmitirle.
En el caso de Nati y Stefi, ambas coincidieron en escuchar canciones de María Elena Walsh en sus casas. Compartir con sus hijos ciertas reminiscencias de sus infancias en Argentina las hace sentir más cerca de sus costumbres. Y por supuesto, al momento de introducir la comida en la vida de las criaturas, la gastronomía argentina es una tradición que no se negocia.
Para Alejandra, el baile y la música es lo que no falta en su casa, haciéndole honor a sus orígenes colombianos.
La lengua materna

Stefi y Lara en los campos de tulipanes de Keukenhof. - Prensa
Es curioso que a la primera lengua que una persona aprende en su vida se le llame ‘lengua materna’. Su nombre tiene algo de hereditario, casi genético.
Pero ¿qué pasa cuando en casa se habla un idioma pero fuera otro? ¿Puede ser el idioma una barrera entre un hijo y una madre? La respuesta fue unánime: para ellas el idioma terminará siendo un puente y planean inculcarles el español como parte identitaria.
A diferencia del resto de las madres, Stefi vive en un país en el que no domina el idioma oficial. Si bien en los Países Bajos la gente se comunica perfectamente en inglés, Stefi sabe que cuando su hija se escolarice, su primer idioma será el neerlandés. Y, probablemente, ella y su marido tendrán que hacer el esfuerzo por aprender al menos lo básico.
En el caso de Nati, aunque ella entienda el italiano, y su marido entienda el español, su dinámica familiar creó su propio idioma:
“Entre nosotros hablamos en inglés y después es una mezcla. Sídney es una ciudad muy cosmopolita y tenemos amigos de distintos países. Cada uno habla su idioma”
Natalia también remarcó la fuerte influencia que ejerce el contexto en los niños, y reconoce que su hija terminará siendo más del país donde se la críe.
Para Alejandra, propiciar el espacio de su casa como un lugar donde se hable en español es fundamental. De esta manera su hija podrá discernir entre ambas lenguas y entenderá que el idioma para comunicarse con sus padres es el español.

Azul junto a sus padres disfrutando de un día primaveral londinense. - Prensa
Trini tiene la limitación de que su marido, al ser australiano, no hable del todo fluido el español, por lo que elegir ese idioma en su casa lo dejaría fuera de las conversaciones. Es por eso que modera la elección del español por sobre la del inglés.
La red de contención
Tribu, red de contención, apoyo, familia, amigos son solo algunas de las maneras para referirse al entorno más cercano. A esas personas que dan una mano, que ayudan, que cuidan a los niños un rato, que los pasan a buscar, que los reciben en sus casas. Pero ¿qué pasa cuando se está lejos?
Criar sin red
Emigrar y tener un hijo puede sentirse como una caída libre, pero en lo que todas las madres coinciden es que de alguna manera se sobrevive.
“Te volvés muy autosuficiente. Al no tener la cotidianidad con otras personas, volcás toda tu atención hacia el bebé. Y ahora me parece raro inclusive que alguien venga a ayudarme”, cuenta Natalia.
También el vínculo con la pareja es diferente cuando no se cuenta con una red de contención. No sólo se pierden los espacios individuales, sino también los de pareja:
“De pronto hay que trabajar la pareja, porque la unidad familiar se vuelve más endogámica. Acá vas teniendo otros obstáculos”, reflexiona Stefi.
La experiencia de cada madre en el exterior por supuesto que es condicionada por la propia personalidad y experiencia, pero también por el lugar donde residen.
“Te armas una red de apoyo muy endeble. Allá (en Argentina) el amigo se convierte en familia, acá nadie va a venir a cuidarte el bebé, no hay tribu” sostiene Natalia.
Las distintas culturas representan una infinidad de formas de habitar el mundo, y no necesariamente siempre tienen que confluir. Vivir en el exterior deja expuestas estas diferencias.
La familia lejos
Las madres coinciden en que la presencia física de la familia se echa en falta principalmente frente a alguna emergencia médica. En esos momentos, el sentimiento de soledad se profundiza porque se suelen necesitar más manos y algún abrazo de que “todo va a estar bien”.

Lara a upa de su mamá señalando dónde viven sus abuelos. - Prensa
Stefi tuvo que enfrentarse a un diagnóstico de convulsiones febriles de su hija y, fue en ese momento, que vio materializado lo solos que estaban con su pareja:
“La familia se vuelve mucho más chiquita y la exigencia es permanente”.
Por otra parte, las RRSS pueden ser una forma de compartir con quienes están lejos, pero lo cierto es que muchas veces también acrecientan ese sentimiento de soledad. La ‘añoralgia’ (un estado de ánimo que podría entenderse entre añoranza y nostalgia) aparece principalmente los fines de semana. Durante el sábado y domingo el reloj se frena, los compromisos menguan y de pronto hay tiempo para pensar y vivir en hipotéticos.
“Haríamos tal cosa, iríamos a tal lugar, vendría mi hermano y tal cosa. Pero te terminás acostumbrando a vivir sin la familia: cumpleaños, navidades, festejos. Está siempre esa nostalgia” relata Natalia.
Estar cómoda con la decisión de criar lejos suele pasar por muchas etapas diferentes. Por momentos las madres priorizan poder brindarles a sus hijos herramientas para su futuro, idiomas, contextos cosmopolitas y nuevas oportunidades para el mundo que les espera. En momentos un poco menos optimistas, son conscientes de que la decisión de vivir lejos incluye la privación de criarse entre abuelos, tíos y primos, y de pronto aparece la pregunta: ¿Qué es lo mejor para mi hijo o mi hija? ¿Estoy decidiendo por él o ella?
Alejandra ha llegado a encontrarse frente a la pregunta que muchas veces acecha “¿Y si nos volvemos?”.
Pero es determinante al encontrar el motivo por el cual eligen quedarse:
“Quedarnos significa darle una nueva nacionalidad que le abrirá más puertas. Al final, todas las razones son por ella, nos olvidamos un poco de nosotros mismos. Estamos dejando nuestras comodidades”.
Todas concluyen en que no hay respuesta correcta respecto a lo que es lo mejor para sus hijos, lo importante es que el motivo que impulse sus decisiones sea desde el amor.

Ethan junto a sus padres en uno de los tantos viajes de visita - Prensa
Tejer redes
Es difícil y lleva tiempo. No se puede apurar el proceso de conocer gente, pero sí se puede estar más abierta a que eso suceda.
“Es más difícil que encarar un chabón a los 20”, admite Trini entre carcajadas.
Cuando la cultura local ofrece una resistencia para que esa chispa suceda, la afinidad latina actúa como una fuerza gravitatoria. Y no solo eso, curiosamente la maternidad también es un gran catalizador de encuentro. Las 4 madres comparten la visión de que las coincidencias en las maneras de maternar aglutinan a mujeres independientemente de sus orígenes.
Identidad dual
Ser de acá y de allá. Esa indefinición podría confundirse con permanecer en un limbo, pero no fue casualidad la elección del conector ‘y’. Una identidad escindida entre lo que se es y lo que se elige.
La idiosincrasia está embebida en el ADN de cada uno, es el prisma con el que se ve el mundo, con el que se forjan vínculos humanos, con el que un chiste hace gracia, con la manera de trabajar. Y de pronto, esa identidad tiene que flexibilizarse para encajar en un nuevo ambiente con nuevas reglas.
El legado
Estas mujeres y madres que eligieron emigrar, luchan con la mirada ajena que romantiza la idea de que afuera se está mejor. Pero también pelean consigo mismas porque siempre en una elección hay un punto a contraluz.
“Cuando uno elige está perdiendo otras cosas. Lo bueno de lo que elijo es que es más fuerte de lo que pierdo —dice convencida Natalia —. Sé que las diferencias culturales van a nutrir a mi hija. Aprenderá sobre tolerancia, empatía y adaptabilidad. Es la mejor herencia que le puedo dejar”.
Bella en brazos de su mamá con el Sydney Tower Eye de fondo.
A veces, la motivación principal viene por la posibilidad de darles las oportunidades que ellas mismas no tuvieron de pequeñas. Como en el caso de Alejandra, que se crió en un pueblo pequeño de Colombia:
“Quiero enseñarle a mi hija que el mundo es demasiado grande y que, si ella se lo propone, podrá explorarlo”.
Muchas veces no se necesita otro motivo más que el de allanarles el camino a sus hijos para confirmar la decisión de vivir lejos.
La libertad y la resiliencia
Empezar de cero en un lugar nuevo, aún con el desafío que significa echar raíces, también permite ser una nueva versión de uno mismo. Una versión despojada de roles y casilleros. Y así es como concibe la identidad Trini:
“La identidad de mi hijo no depende del lugar donde nació. Él podrá generar su identidad y nosotros seremos sus raíces”.
La falta de historial previo y anécdotas en común para algunas madres puede representar un obstáculo a la hora de enraizar, mientras que desde esta otra perspectiva significa poder volar alto sin anclajes que frenen el viaje.
Sin dudas emigrar disecciona la resiliencia en muchas maneras diferentes, pero convertirse en madre en el exterior lo hace de manera exponencial. Porque no significa no darse el lugar para cuestionar las propias decisiones, sino tener la capacidad de seguir adelante aún sin tener todas las respuestas.
Y si el día de mañana estos niños eligen los países de origen de sus padres, tampoco sería un problema. La clave para estas madres está en que sus hijos sean poseedores de una de las herramientas más valiosas en esta vida: tener la libertad de poder elegir.
María Golé María Golé es pediatra, especialista en trasplante hepático del Hospital Garrahan.
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