Pensá en la última vez que el mundo se te derrumbó por completo. Llorando, mandaste un audio a las once de la noche. No era un llanto prolijo. Era ese sonido espantoso que hacemos cuando ya no podemos fingir que somos fuertes.
Tenías la garganta seca y el pecho tan apretado que dolía respirar. Intentaste disimularlo. Inútil. Del otro lado, alguien reconoció tu tristeza incluso antes de entender qué había pasado. Y, en menos de un minuto, aparecieron tres palabras en la pantalla: "Voy para allá". Tu mamá.
La mujer que conoce el sonido de tu tristeza desde mucho antes de que aprendieras a ponerle nombre. La que alguna vez distinguió tu llanto entre otros tantos y que, todavía hoy, puede escuchar en tu silencio lo que no te animás a decir.
Pero hay algo que quizás nunca te preguntaste.
¿A quién llama tu mamá cuando se le derrumba el mundo? ¿Quién sostiene su propia tristeza? ¿Quién le responde a ella: "Voy para allá"?

Esa mujer que para vos siempre fue mamá tiene una historia que empezó mucho antes de tu nacimiento y que nunca dejó de escribirse. Vivió amores inolvidables, despedidas que todavía llora en silencio, deseos que cumplió y otros que quizás guarda intactos en algún rincón de su memoria. Hubo noches en las que se sintió dueña del mundo y otras en las que apenas podía sostener el suyo.
Se enamoró. Se equivocó. Tuvo miedo. Fue valiente. Y mientras vos aprendías a vivir, ella también.
Porque tu mamá no empezó a existir cuando naciste vos. Y tampoco dejó de ser mujer cuando empezó a ser tu mamá.
Y, sin embargo, qué poco sabemos de esa mujer.
Sabemos cómo le gusta el café, qué prepara de rico cuando quiere mimarnos, qué palabras se le escapan cuando pierde la paciencia. Reconocemos sus pasos por el pasillo, su perfume en un pañuelo, esa manera tan suya de reirse hasta quedarse sin aire.
Pero quizás no sabemos cuál fue el día más feliz de su vida antes de nosotras. Quién le rompió el corazón por primera vez. Qué decisión la mantuvo despierta noches enteras. Qué locura hizo por amor. O cuál fue el sueño al que renunció sin contárselo a nadie.
Quizás porque creemos que ya la conocemos. O porque cuesta aceptar que nuestras madres también tienen secretos, deseos que no nos incluyen y una vida que nunca llegamos a conocer del todo.
Una misma madre puede ser tu lugar seguro y, a la vez, tu herida más profunda. Toda madre arrastra sus propias sombras. En el mismo cuerpo donde habita un amor inmenso conviven también los silencios que aíslan, las palabras que desarman y esos abrazos que faltaron cuando más se necesitaban.
El pasado es inamovible; lo que dolió, dolió. Pero honrar la historia de tu madre y respetar el dolor que ella misma no pudo resolver puede abrir un camino de vuelta hacia vos misma. Alumbrando sus sombras, también podés rescatar sus luces y, desde ahí, elegir qué heredar y de qué preferís despedirte. Comprender, al fin, que hay una versión de ella que nunca conociste. Una mujer que vivió historias que jamás te contó y que, en silencio, fueron moldeando a la madre que hoy te duele y te salva.
Pero aquella noche su historia fue otra. Una que nunca escuchaste.
Volvé a las once. Al audio que mandaste llorando. A la respiración cortada, a esas tres palabras que llegaron justo cuando sentías que todo se derrumbaba: "Voy para allá".
Hasta ahora, recordabas esa noche desde tu propio dolor. Desde el alivio de saber que alguien venía a rescatarte.
Pero esta vez, mirá lo que pasaba del otro lado.
Tu mamá en su casa. Quizás lidiando con sus propias sombras, con sus propios días eternos. Le llega tu audio. Escucha tu voz quebrada. Y en ese segundo, la mujer cansada desaparece para cederle el paso a la fuerza más antigua del mundo.
No importa qué dejó sobre la mesa al tomar las llaves. Aquella noche, mientras vos sentías que el mundo se te venía abajo, ella descubrió que todavía tenía el poder de sostener el universo entero para que no te cayeras.
En ese refugio donde todavía podías ser chica, entendiste que su cuerpo no solo te sostenía a vos; sostenía también el peso invisible de su propia historia. Hay un quiebre en el que dejamos de verlas solo como madres y empezamos a descubrir la vida entera que cargan. ¿Cuántas veces miramos a nuestras madres sin registrar que son mujeres que sobrevivieron a tormentas de las que nunca nos enteramos?
Esa sospecha es una invitación. Hoy nos toca a nosotras dar el paso y cambiar la mirada. Sentémonos con mamá y hagámosle la pregunta que quizás nunca nadie le hizo:
—Mamá, si hoy pudieras volver a tus veinte años por un solo día... ¿a dónde irías y qué te animarías a hacer que en ese momento no hiciste?
Escuchala. De mujer a mujer. Dejá que te abra la puerta a sus deseos, a sus secretos guardados, a la persona que respira debajo del título de mamá. Porque después de una vida entera creyendo que la conocías, te vas a dar cuenta de que todavía te queda la historia de amor más increíble por descubrir: la de conocer, por fin, a tu propia madre.
Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.



