Siempre quise ser mamá. Desde antes de tener las palabras para explicar por qué.
En 2023, a los 37 años, decidí congelar óvulos. Estaba de novia con quien hoy es mi marido, pero todavía era pronto para hacerlo juntos. Y después de que un chico con el que había salido cinco meses me ghosteara de la nada, entendí algo: no quería que mi deseo de ser mamá dependiera de encontrar a la persona indicada en el momento indicado. Quería tener el control de al menos una parte de mi futuro.
Nunca imaginé que esa decisión casi me costaría la vida.
El día de la extracción, quince minutos después de despertarme de la anestesia, me mandaron a casa. Sola. Con mucho dolor, pero me habían dicho que era esperable, así que confié.
Sin saberlo, me estaba desangrando por dentro.
Empecé a sentirme cada vez peor. Me desmayaba, volvía en mí, intentaba moverme. En un momento, arrastrándome por el piso y perdiendo el conocimiento, logré pedir ayuda.
Sobreviví de casualidad.
Había sufrido una hemorragia interna gravísima después de la punción. Cirugía de emergencia. Transfusión de sangre. Una semana internada, tratando de entender cómo algo tan común había estado a punto de matarme.
Y no sabía que eso era apenas el comienzo.
Me recuperé. Meses después, con mi entonces novio —hoy mi marido— decidimos que queríamos ser padres. Como parte de los estudios de rutina, me pidieron un Papanicolau.
Era un control de rutina. Nada más.
El resultado fue cáncer de cuello de útero.
La primera cirugía fue una LEEP, algo relativamente simple con lo que esperábamos cerrar el tema. No alcanzó. El cáncer era agresivo. Empezaron las resonancias, los PET, las biopsias, los oncólogos, palabras que nunca imaginé que iba a tener que aprender a pronunciar sin que me tiemble la voz.
Había una posibilidad de conservar mi útero: una traquelectomía. Sacar el cuello uterino e intentar preservar el resto, para que algún día pudiera gestar.
Entré al quirófano sabiendo que podía despertarme sin útero. Si encontraban que el cáncer se había extendido, me harían una histerectomía ahí mismo.
La noche anterior lloré muchísimo. Me abracé la panza y le hablé. Le pedí que aguantara. Que yo quería ser mamá.
Cuando desperté, mi útero seguía ahí. La cirugía había salido bien.
Pensé que lo peor había terminado.
Tres meses después, mi útero se bloqueó por la cicatrización de las cirugías. Me operaron para intentar abrirlo. No funcionó. Poco después tuvieron que volver a operarme de urgencia: dolores insoportables, un coágulo acumulándose dentro. Esa segunda operación fue apenas unos días antes de mi casamiento.
Esta vez funcionó.
Me casé. Volví a recuperarme. Y volví a intentar ser mamá.

Meses después empezamos un tratamiento de fertilidad. Durante semanas preparé mi cuerpo para recibir uno de nuestros embriones. El día anterior a la transferencia, cuando ya estaba todo listo, descubrimos que mi útero se había vuelto a bloquear.
Tuvimos que cancelar todo. Otra cirugía. Otra anestesia. Empezar de cero, de nuevo.
Me recuperé, seguimos adelante, y al fin transferimos.
El embrión prendió.
Fue un embarazo bioquímico. Y lo perdí.
No hay palabras para ese dolor. Un dolor inmenso que, con el tiempo, entendí que había sido lo mejor: no había hecho una cirugía llamada cerclaje, necesaria para sostener un embarazo de riesgo cuando no tenés cuello de útero. Si ese embarazo hubiera avanzado sin el cerclaje, podría haber sido mucho peor.
Tuve que enfrentar que, para volver a intentarlo, iba a necesitar otra cirugía laparoscópica para colocarlo.
Nada de eso me detuvo. Nada me importaba. Yo solo quería ser mamá.
Pero una vez más mi cuerpo me obligó a enfrentar algo que creía que ya había dejado atrás.
El cáncer volvió.
Estudios, miedo, quirófano. Varias cirugías más.
Llegó un momento en que tuvimos que aceptar algo muy difícil: quizás mi cuerpo no iba a poder llevar adelante un embarazo.
Pero yo seguía queriendo ser mamá más que nada en el mundo.
Entonces decidimos cambiar el camino, no el sueño.
Elegimos hacer una subrogación en Georgia, un país a más de 11.000 kilómetros de casa. Mandamos nuestros embriones al otro lado del mundo. Y por primera vez, después de tantos años de cirugías, tratamientos y malas noticias, sentí que por fin estábamos cerca.
Hicimos una transferencia.
No funcionó.
Fue otro golpe. Habíamos llegado hasta el otro lado del mundo, y otra vez tocaba empezar.
Pero al mismo tiempo yo había decidido volver a intentar producir óvulos. Tenía 40 años. Tres años, una hemorragia que casi me mata, un cáncer, un embarazo bioquímico y cirugía tras cirugía después de la primera vez que me había estimulado. Aun así, volví a hacerlo.
Conseguimos nuevos óvulos. Creamos nuevos embriones. Los mandamos a Georgia otra vez.
El 18 de mayo de 2026 transferimos uno de esos embriones.
Diez días después llegó el resultado que habíamos esperado durante años.
Positivo.
Hoy ese embrión —uno de los óvulos que saqué a los 40, cuando ya había perdido la cuenta de las cirugías— es mi hija. Se llama Olivia.
Está creciendo a miles de kilómetros de nosotros mientras contamos los días para el momento en que finalmente la tengamos en brazos.
Lo más increíble es que elegí su nombre antes de descubrir uno de los significados que se le atribuyen: resiliencia.
No podría haber sido más perfecto.
Porque después de años de miedo, cirugías, cáncer, intentos y pérdidas, ella es la prueba de que a veces los sueños encuentran otro camino para llegar.
Y cuando pienso en aquella mujer de 37 años que se abrazaba la panza antes de entrar a un quirófano, pidiendo desesperadamente poder ser mamá algún día, solo quisiera poder decirle una cosa:
Lo vas a lograr. Te van a hacer falta tres años, diez cirugías, una pérdida y viajar al otro lado del mundo. Pero un día vas a conocer a tu hija.
Y se va a llamar Olivia.



