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Asombro: herramientas para despertar esta emoción de alto impacto

Si pensabas que esta emoción solo estaba reservada para la niñez, te damos una pequeña guía de exploración para reconectarte con el WOW de la vida.


El asombro es una emoción aún más fuerte que el placer.

El asombro es una emoción aún más fuerte que el placer. - Créditos: Getty



Para acercarnos al asombro, te propongo arrancar con un experimento. Hagamos juntos un pequeño viaje de la imaginación y veamos qué sucede. ¿Por dónde empezamos? Leé la escena que sigue y luego cerrá los ojos y visualizala lo más nítidamente que puedas, disfrutándola y sin esforzarte.

“Es de noche. Estás acostada sobre un pasto suave y sedoso. Perdés la vista en el cosmos que se estira en todas las direcciones. Dejás entrar lentamente en tus retinas la oscuridad sembrada de purpurina. Se insinúa, apenas, la estela blanca de la Vía Láctea. En un rincón brilla un arabesco de luna. Te entregás a la inmensidad estremecedora. Permitís que el infinito te abrace”.

Listo: ahora cerrá los ojos y sumergite por unos minutos en esa escena. Después de hacerlo, tomate unos minutos para responder: ¿podrías decir qué pasó mientras mirabas ese cielo estrellado, con tu respiración? ¿Cuán grande o pequeña te sentiste? ¿Cuán conectada? ¿Cuánto tiempo sentís que pasó? Mientras estabas ahí, perdida en la vivencia, ¿te acordaste de la conversación que tuviste con tu jefe esta mañana? ¿Del llamado que tenés que devolver? ¿De esa preocupación que te venía rondando?

Me atrevo a adivinar que no. Quizás haya pasado algo parecido a esto: inhalaste profundo, contuviste un momento la respiración, ensanchaste el pecho. Acaso dijiste, para tus adentros, un “ah”, un “wow” o alguna otra onomatopeya. Puede, incluso, que se te haya puesto la piel de gallina en los brazos o en el cuello, al percibir la expansión de las fronteras de tu cuerpo. De haber estado mirando la escena, de hecho, podrían haberse dilatado tus pupilas.

Lo que sentiste se llama “asombro” y es una emoción de alto impacto, ya sea que la sintamos frente a algo que estamos presenciando en tiempo real, a través de un recuerdo, o por medio de la imaginación.

El asombro es una emoción que por siglos voló bajo el radar de la psicología, más abocada a emociones cercanas a la supervivencia como el miedo, el enojo, la depresión. Dice Michelle Shiota, investigadora de la Universidad de Arizona y autora del libro Emotion: “El asombro era la cartera Gucci de las emociones. Hermosa, pero prescindible”.  

Esta percepción cambió repentinamente, cuando una serie de investigaciones empezó a revelar los efectos transformadores de esta vivencia rica en tintes estéticos, morales, espirituales y epistémicos (o sea, vinculados con el conocimiento). De hecho, por lo compleja, algunos psicólogos debaten que se trate de una emoción, y en cambio catalogan el asombro como una “experiencia”, afín al mindfulness (atención plena) o al “flow” (absorción en una tarea).  

Por qué el asombro es clave para nuestro bienestar.

Por qué el asombro es clave para nuestro bienestar. - Créditos: Getty

¿Qué es este misterioso estado?

El asombro es la respuesta que emerge en presencia de algo que trasciende nuestra comprensión del mundo y nos expande. Puede ocurrir ante fenómenos de la naturaleza (un atardecer, una tormenta, un árbol añoso, una flor de intrincado diseño), sublimes actos humanos (grandes gestos de coraje, de resiliencia o de bondad), obras de arte, piezas musicales y otros estímulos. Y en su versión “negativa”, ante acontecimientos atemorizantes como un tsunami, una pandemia, un hecho de violencia. “El asombro vive en los escalones más altos del placer, y en la frontera con el miedo”, dice Dacher Keltner, uno de sus principales investigadores (y asesor de emociones en la película Intensamente). 

Pero cualquiera que sea la fuente que lo provoque, el asombro nos pone cara a cara con el Misterio –sí, así, con mayúscula–, esa cualidad inabarcable en el corazón de la vida, y expande nuestra mirada.

En estudios de laboratorio, personas en estado de asombro se dibujan más pequeñas con relación al entorno, denotando un cambio en su autopercepción. Pero, a diferencia de la desvalorización que a veces viene con la vergüenza o la depresión, en estado de asombro nos sentimos –comparativamente– insignificantes, pero a la vez parte del todo. Un “yo” pequeño, y una identidad del tamaño del cosmos: nada nos separa de ese cielo estrellado, esa sinfonía, esa proeza sobrehumana que acabamos de presenciar.

Es por eso que el asombro pertenece a un selecto grupo de emociones como la compasión y la gratitud, que de solo sentirlas nos liberan de la rumiación y la obsesión con los propios problemas y nos conectan con otras personas, la naturaleza, el mundo.

Vivir en asombro, una elección consciente

Pero acá está la cuestión clave: para obtener todos estos beneficios, no podemos sentarnos a esperar el próximo arcoíris o que salga un viaje a las Cataratas. El desafío –y el regalo– es aprender a vivenciar el asombro en cada día. Por suerte, ¡esto no es difícil! Volvamos, por un momento, a los asombros de tu infancia. ¿Eras de las que se detenían a observar absortas una fila de hormigas portando hojas? ¿Te extasiaba la magia de una pompa de jabón? ¿Te estremecía el silencio del teatro, justo antes de que subiera el telón? ¿Recordás el primer atisbo del mar, de la nieve, de atravesar las nubes en tu viaje inaugural en avión?

En la infancia, por lo general, el mundo está lleno de sorpresas, porque todo transcurre, literalmente, por primera vez. También la adolescencia y la juventud transcurren a puro estreno: la primera salida a solas, el primer beso, el primer trabajo, el primer sueldo, la primera libertad. 

En la adultez suele acontecer una merma en la maravilla: pasamos muchos años demasiado enfrascadas en cultivar una carrera, en criar hijos, en construir un futuro, para poder detenernos a admirar el misterio de la existencia. El asombro vuelve a aparecer alrededor de la sexta década, cuando la vida al fin nos da un respiro. En los “años de júbilo” (sentido original de la palabra “jubilación”) la brújula vuelve a marcar el norte del sentido profundo, y reaparece el aprecio de los pequeños sucesos cotidianos.

Pero aun con estas fluctuaciones, hay una diferencia clave entre el asombro de la infancia y el de la adultez: el primero es inevitable; el segundo es intencional. En otras palabras, para los adultos, vivir en estado de asombro es una elección. Podemos seguir de largo como si –en palabras del gran Einstein– “nada fuera un milagro”, o decidir que todo lo es. Para eso, tendremos que convertirnos en cazadoras del asombro.

10 beneficios de asomarnos al asombro 

1. Nos sumerge en un presente extendido. En palabras de la poeta y científica Diane Ackerman: “El asombro es el elemento más pesado de la tabla periódica del corazón; incluso un trocito de él puede detener el tiempo”. Esa suspensión no dura solo lo que el momento de asombro: en el tiempo que sigue experimentamos sensación de “riqueza de tiempo”. 

2. Libera oxitocina (la hormona del amor) y nos conecta con otros. A la vez, su cualidad expansiva nos vuelve más sensibles a las necesidades, problemas e intereses de los demás, y más solidarios. En esencia, fortalece nuestros vínculos. 

3. Activa el sistema parasimpático. También conocido como “de descanso y digestión”; nos calma y relaja; ayuda a disminuir la depresión y la ansiedad. También genera sensación de satisfacción con la propia vida.  

4. Nos ayuda a ver “con ojos nuevos”. Y también a dejar de lado prejuicios y preconceptos.  

5. Crea un estado de presencia. Muchas veces nos esforzamos por resolver algo mediante el esfuerzo, y terminamos agotadas. Entrar en estado de presencia allana el camino. 

6. Activa el pensamiento holístico (versus el analítico). A la vez, ayuda a percibir errores de juicio más que otros estados positivos, como la alegría (con la que tendemos a pasar por alto detalles). 

7. Promueve la curiosidad y la sed de aprendizaje. Cuando nos asombramos, enseguida nos saltan preguntas e inquietudes sobre el objeto de nuestro asombro. 

8. Ayuda a “hacer sentido”. Especialmente de los sucesos dolorosos, al ubicarlos en un contexto mayor. 

9. Nos vuelve más proclives a elegir experiencias. Por encima de consumos materiales. 

10. Beneficia la salud. Disminuye procesos inflamatorios y aumenta la inmunidad. 

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