
Incontinencia urinaria: por qué no es “normal” y cuándo consultar, según una ginecóloga
Es frecuente, pero no es normal. La ginecóloga Lorena Pacienza desarma los mitos más comunes sobre la incontinencia urinaria y explica cuándo consultar y cómo abordarla.
2 de marzo de 2026 • 15:59

Incontinencia urinaria: te contamos cómo tratarla. - Créditos: Getty Images
Muchas mujeres llegan al consultorio con la misma frase: “Doctora, no es grave… son solo unas gotitas”. Pequeños escapes al toser, reír o estornudar. Ganas urgentes de ir al baño. Aumento en la frecuencia urinaria. Síntomas sutiles que se minimizan, se comentan entre amigas o se naturalizan como si fueran parte inevitable de la vida.
Para la ginecóloga Lorena Pacienza, ese es el primer error que hay que desarmar. “La incontinencia urinaria es la pérdida involuntaria de orina. Es frecuente, sí. Pero frecuente no es lo mismo que normal”, afirma. Y subraya que esta confusión es una de las ideas más instaladas que encuentra tanto en el consultorio como en los relatos cotidianos entre mujeres.
Mitos que retrasan la consulta
“No, no es parte de ser mujer”, enfatiza Pacienza. Sin embargo, alrededor de la incontinencia todavía circulan mitos persistentes: que solo aparece con la edad, que si son pocas gotas no importa, que no tiene solución o incluso que cortar el chorro al orinar fortalece la vejiga.
Desde su experiencia médica, la especialista observa que estas creencias llevan a minimizar un síntoma que merece evaluación. La incontinencia puede aparecer después de un embarazo o un parto, durante la menopausia, en mujeres jóvenes o en cualquier etapa de la vida. Y, en la gran mayoría de los casos, existen opciones para mejorarla o resolverla.
Qué pasa en el cuerpo
Los cambios que favorecen la aparición de pérdidas urinarias tienen explicaciones concretas. Durante el embarazo, el aumento de la presión abdominal impacta sobre el suelo pélvico, el conjunto de músculos y ligamentos que sostienen los órganos pelvianos. En la menopausia, la caída de los estrógenos afecta la calidad del tejido urogenital y predispone a la aparición de síntomas.
A esto se suman otros factores como el sobrepeso, la constipación, el sedentarismo, ciertos hábitos al ir al baño o actividades físicas mal realizadas. Para Pacienza, comprender estas causas es clave: no se trata de resignarse, sino de entender qué está pasando para abordarlo a tiempo.
Cuando el autocuidado no alcanza
Muchas mujeres intentan manejar el problema solas. Reducen demasiado la ingesta de líquidos, van al baño “por las dudas”, hacen ejercicios sin supervisión, se automedican o evitan actividades que disfrutan. Con buena intención, pero con resultados que no siempre ayudan.
La ginecóloga advierte que estas estrategias pueden aumentar la ansiedad y el malestar. El abordaje correcto, explica, siempre es personalizado y depende del tipo y grado de incontinencia.
Opciones de tratamiento
El tratamiento puede incluir reeducación del suelo pélvico con kinesiología especializada, ejercicios guiados como los de Kegel, cambios en los hábitos de alimentación e hidratación, tratamientos hormonales locales, medicación específica o, en algunos casos, procedimientos mínimamente invasivos o cirugía.
Además, hoy existen herramientas para el manejo cotidiano —como productos absorbentes diseñados especialmente para pérdidas urinarias— que permiten sostener la rutina con comodidad y discreción mientras se avanza en el tratamiento, sin resignar calidad de vida.
Más allá del síntoma físico
“La incontinencia no afecta solo al cuerpo”, señala Pacienza. También impacta en la autoestima, la sexualidad, los vínculos y la vida social. Muchas mujeres dejan de viajar, de hacer ejercicio o de compartir momentos por miedo a un escape. Y ese silencio suele sostenerse en la misma idea que se repite: “es normal, a todas les pasa”.
Para la especialista, si hubiera que derribar una sola creencia sería esa: pensar que la incontinencia es normal y no tiene solución. “Es la idea que más daño hace y la que más retrasa el cuidado”, afirma.
A lo largo de los años, ha visto a muchas pacientes postergar la consulta por vergüenza o por creer que no había nada para hacer. Cuando finalmente se animan, aparece el alivio: entienden que hay opciones, que no están solas y que no tienen que adaptarse al malestar.
Perder orina no debería naturalizarse. Debería interpretarse como una señal del cuerpo que merece ser escuchada. Consultar, informarse y ocuparse a tiempo es, en palabras de la ginecóloga, una forma de cuidado personal y de libertad. Y, en la mayoría de los casos, también el primer paso hacia una solución.
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