Te estás poniendo un pantalón y necesitás sentarte para pasar la segunda pierna. Te sacás una zapatilla y buscás una pared para apoyarte. Bajás un escalón y lo hacés con más precaución que antes.
Son situaciones pequeñas, de esas que casi nunca asociamos con el entrenamiento. Sin embargo, tienen algo en común: necesitan fuerza, coordinación y equilibrio.
Muchas veces pensamos en movernos para bajar de peso, mejorar la figura o sentirnos con más energía. Pero hay capacidades menos visibles que también merecen nuestra atención. El equilibrio es una de ellas: nos permite movernos con seguridad y seguir haciendo por nosotras mismas muchas de las cosas que hoy damos por sentadas.
Una prueba sencilla puede ayudarnos a observar cómo estamos: mantenernos de pie sobre una sola pierna.
Un gesto simple que pone al cuerpo a trabajar
Cuando levantás un pie del piso, tu cuerpo tiene que reorganizarse para sostenerte sobre una base mucho más pequeña. La pierna de apoyo, la cadera y el tronco trabajan de manera coordinada, haciendo pequeños ajustes para mantenerte estable.
Aunque parezca que estás quieta, hay mucho sucediendo.
Esta prueba evalúa principalmente el equilibrio. La fuerza participa, pero el tiempo que lográs sostenerte no mide por sí solo cuánta fuerza tenés ni cuánta masa muscular conservás. También intervienen la coordinación, la percepción de la posición de tu cuerpo y la información que recibís a través de la vista y del oído interno.
Por eso, dentro de una evaluación profesional, este gesto puede aportar información útil sobre cómo controlás tu postura.
Por qué prestarle atención a los 50
No significa que al cumplir 50 vayamos a perder el equilibrio. Pero sí es una buena etapa para mirar cómo nos estamos moviendo y qué capacidades estamos entrenando.
Quizás caminás todos los días, pero hace tiempo que no trabajás fuerza. Tal vez entrenás con frecuencia, aunque nunca incluís ejercicios de estabilidad. O empezaste a evitar ciertos movimientos porque te generan inseguridad.
El equilibrio merece un lugar propio en nuestra rutina. No hace falta esperar a sentirnos inestables para empezar a cuidarlo.
Además, observar el cuerpo desde lo que puede hacer nos abre una perspectiva diferente. Más allá de cómo se ve, podemos preguntarnos: ¿me sostiene con confianza?, ¿puedo moverme con seguridad?, ¿qué necesita para seguir acompañándome?
Cómo hacer la prueba
Elegí un momento tranquilo, un piso firme y un espacio despejado. Ubicate junto a una mesada o un apoyo sólido que puedas alcanzar fácilmente.
- Parate con los pies separados al ancho de las caderas. Mirá un punto fijo frente a vos y mantené los ojos abiertos.
- Levantá un pie apenas del piso. No necesitás subir mucho la rodilla: alcanza con que el pie deje de tocar el suelo.
- Intentá mantenerte estable, con el tronco erguido, sin contener la respiración ni endurecer todo el cuerpo.
- Registrá el tiempo, hasta un máximo de 30 segundos. Terminá antes si necesitás agarrarte, apoyás el pie o sentís que perdés el control.
- Descansá y repetí con la otra pierna.
Si tenés mareos, caídas recientes o mucha inseguridad al estar de pie, conviene hacerlo con supervisión profesional. Y si aparece dolor, detené la prueba.
Qué mirar, además de los segundos
Es tentador convertir el resultado en una calificación: “Llegué, estoy bien” o “No pude, estoy hecha un desastre”. Pero una observación aislada no define tu estado físico.
El tiempo es un dato. También importa cómo sostenés la posición: si necesitás apoyarte enseguida, si inclinás mucho el tronco o si encontrás una diferencia marcada entre una pierna y la otra.
No hay un único número que todas las mujeres de 50 debamos alcanzar. Si te cuesta, puede ser una oportunidad para incorporar ese trabajo. Si la dificultad es importante, persiste o apareció de manera reciente, una consulta puede ayudarte a entender qué está pasando.
La idea es que esta prueba te dé información para cuidarte, sin sumar otra exigencia.
Cómo empezar a mejorar
El equilibrio se puede entrenar. Y el primer paso tiene que ser lo suficientemente accesible como para que puedas practicar con confianza.
Empezá con apoyo. Sostenete de una mesada firme, levantá un pie y mantené la posición unos segundos. Alterná las piernas. A medida que te sientas más segura, reducí gradualmente la ayuda de las manos.
Buscá control antes que duración. Es preferible sostener cinco segundos con buena postura que llegar a veinte haciendo esfuerzos desmedidos para no caerte.
Sumá ejercicios de fuerza. Sentarte y levantarte de una silla, subir un escalón bajo o elevar los talones son movimientos que pueden formar parte de una rutina adaptada a tu capacidad. La fuerza y el equilibrio se complementan, y ambos necesitan práctica.
Dale continuidad. Unos minutos, repetidos con frecuencia y en un entorno seguro, pueden ayudarte a incorporar este hábito. No necesitás empezar con ejercicios complicados ni superficies que se muevan.
Lo que realmente queremos sostener
Cuando entrenamos equilibrio, también estamos cuidando la posibilidad de entrar y salir de la bañera, esquivar un obstáculo en la calle, caminar por la arena o jugar con nuestros mascotas con más seguridad.
Son gestos cotidianos que quizás hoy parecen pequeños, pero hacen una enorme diferencia en nuestra autonomía.
Andrea Ritzer Es psicóloga y especialista en movimiento y bienestar.



